Como cada día, salí esta mañana enroscado en mi bufanda y calzándome
los guantes dispuesto a coger mi bicicleta para ir a la estación de
tren de Azuqueca. Es un viaje de ocho minutos (2,5 kms.), de noche,
pero despejadísimo de tráfico, por calles tranquilas y llanas,
exceptuando una sola bajada. Suelo salir con tiempo suficiente, para
tomármelo sin prisas, pedaleando suavemente cuando los músculos están
aún desesperezándose.
Cuando abrí la puerta, justo en ese momento, un copo de nieve que se
soltó del tejado cayó frente a mí, y tras él, la visión de la parte
delantera de mi jardín, totalmente inundada por la nieve. No había
visto tanta nieve junta desde aquella excursión de Pedalibre por el
Puerto de la Quesera, cerca de Majaelrayo.
Me entró una mezcla de alegría por tanta belleza y desasosiego por el
miedo a llegar tarde a coger el tren (salen cada quince minutos, y si
pierdo el de las 6,55, llego tarde al trabajo).
Lo primero que pensé fue en ponerme la capa de lluvia, pues estaba
nevando todavía, suave, pero nevando. Pero me dije que no, que la capa
me quita algo de visibilidad y yo quería verlo todo, todo tan
diferente, como si fuera un camino nuevo, intuyendo por donde debo ir.
Cogí mi bicicleta, que estaba debajo del techado, y la llevé a la calle.
Allí se me llenó el pecho de una tremenda ilusión. La calle estaba
totalmente cubierta de algo más de cinco centímetros de nieve, y la
única huella que había era la de mi vecino que también va en bici y
que sale quince minutos antes que yo, pero incluso ésa se estaba
borrando, debido a la nieve que caía encima.
Estaba deseando lanzarme a pisar la nieve con las ruedas de mi
bicicleta, así que la lancé hacia adelante y comencé a pedalear.
Oía el ahogado sonido del contacto de la rueda con la nieve, como
pequeños crujidos y, al mismo tiempo, un trasfondo que se asemeja a un
susurro. Comencé a hacer eses por el camino.
Miré para atrás: la huella de la bicicleta había dejado una bonita
estela que zigzagueaba de un lado a otro de la calle. Me imaginaba las
personas que pasaran al cabo de un rato por ahí y vieran esas
huellas... se iban a preguntar muchas cosas ;-)
Por la vereda de Vallehermoso me puse a gritar de alegría, seguro de
que no me oiría nadie.
Más adelante, una muchacha iba andando en la misma dirección que yo,
oyó el sonido de mi bicicleta y se apartó. Me miró un poco
sorprendida. Mientras me sonreía, me saludó con la mano, sintiendo que
algo nos unía, que éramos dos afortunados compartiendo el mismo
momento mágico. Yo le dediqué la más enorme de mis sonrisas.
La nieve seguía cayendo, y el cristal de las gafas se me iba llenando
de nieve que me impedía ver, por lo que tenía que hacer con un dedo el
gesto de un limpiaparabrisas.
En la cuesta abajo de la calle de la Noguera tocaba ir muy despacio,
porque la nieve y los frenazos no son muy buenos amigos.
Al llegar a la estación decidí que no iba a aparcar la bicicleta en el
mismo sitio de siempre, fuera, en una farola, sino dentro, en la
barandilla de unas escaleras en el mismo andén. Según estaba nevando,
tenía la sensación de que, si la dejaba fuera, por la tarde quizás no
la encontraría, cubierta por la nieve como podría estar.
Pasé el vestíbulo, hacia el andén. La gente estaba allí esperando al
tren, huyendo del frío y de la nieve. Todo el mundo se me quedaba
mirando muy sorprendidos, algunos algo divertidos, casi todos
sonreían. Yo me imaginaba que era por la locura de ir en bici con esta
nieve. La gente se apartaba y me hacían un pasillo.
Al llegar a la puerta, y antes de abrirla para salir fuera, me vi
reflejado: Era todo un número, parecía el hombre de las nieves. La
ropa, los guantes, el pelo, la bufanda, parte de las gafas, todo
blanco. Hasta el manillar de la bici, en las partes que no había
fijado mis manos, estaban cubiertas por una ligera capa de nieve. Miré
hacia atrás, hacia la gente. Todos me miraban y tenían una enorme
sonrisa.
Seguro que alguno se apunta a coger la bici en la próxima nevada,
aunque sólo sea para recibir tantas sonrisas juntas.
Autor: Juan Merallo.
Fecha de publicación: 23 de febrero de 2005.