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Durante los lluviosos días de la Semana Santa, miraba como mi hijo de poco menos de dos años, jugaba a meter los pies en los charcos de una plaza en la que el agua formaba estéticas lagunas.
Al fondo, mientras pensaba el hilo de esto que os estoy contando, oía la voz de mi madre que me gritaba que no le permitiera al niño mojarse los pies, que luego se iba a enfriar y después vendrían las fiebres y las toses.
Pero a mí se me iban los pensamientos hacia todo el barro y la nieve que he pisado, sufrido y disfrutado este invierno. Y me acordaba de cómo he llegado a casa de tal forma que casi no me reconocía en el espejo, mientras hacía auténticos malabares para no llenar el suelo de tierra y agua.
Luego, ¿qué autoridad moral tengo para decirle a mi hijo que no pise los charcos? Me refiero al hecho de decirle que no disfrute del placer de pisar los charcos. ¡Decididamente no puedo! ¡Yo, en ese aspecto, soy peor que él!
Es cierto que los bajos de sus pantalones estaban ya llenos de agua, pero él seguía riéndose sin parar, corriendo de un lado a otro dando saltos y viendo como el agua salpicaba a bastante distancia haciendo ruidos y formas, y -de paso- espantando a las pocas palomas que se acercaban a comer el mojado pan que le dejan los jubilados de los astilleros.
Y mientras mi madre seguía pidiéndome que regañase al niño, yo pensaba en el cambio generacional que se había producido. Evidentemente mi madre no hace ni hizo jamás BTT. Ella nunca llegó a casa llena de barro hasta las cejas, con lo cual ella sí pudo reprenderme a gusto cuando yo tenía la edad que tiene ahora mi hijo. ¡Y doy fe que sí lo hizo! Otra cosa es que sus enseñanzas no calaran más que la afición a la montaña y la bicicleta. Por eso pienso que algo está cambiando en las generaciones de ciclistas. Yo no provengo de una familia de ciclistas, pero quizá, muchos de vosotros sí. Ahora bien, casi la totalidad serían ciclistas de carretera, mucho menos dados al barro y la suciedad.
Mi hijo me mira atentamente siempre que lavo la bici en casa a la vuelta de una ruta mientras dice "¡bicicleta de papá!". Y me pregunto: ¿qué pensará? Cuando yo era un niño, para mí la bici era un juguete, pero los mayores no tenían juguetes, luego… ¿porqué papá tendrá un juguete?
Creo que el barro y el polvo son parte indispensable de la bici de montaña, y por ello las rutas en las que volvemos a casa con una buena cantidad de uno u otro (o ambos) tienen un sabor y un color especial que nos hacen disfrutar doblemente del recuerdo.
Por eso y por algo más, he decidido que no me enfadaré con mi hijo porque pise los charcos. No tengo autoridad moral para hacerlo.
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Amigosdelciclismo.com/JF
Fecha de publicación: Abril 2005
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