Federico Martín Bahamontes ha sido indudablemente uno de los ciclistas más sugestivos que ha tenido el deporte español. Retrocediendo a otras épocas, tras la segunda guerra mundial, nuestros representantes, en verdad, eran poca cosa en el campo internacional. Fueron por suerte, paulatinamente, abriendo sus ambiciones.
Recordamos, entre algunos otros, a Bernardo Ruiz, tercero en la Vuelta a Francia del año 1952, un fogonazo inédito en aquellos viejos tiempos; a Miguel Poblet, vencedor de varias etapas en las pruebas más importantes del calendario, y a Jesús Loroño, forjador de buenas gestas tanto en nuestra tierra como en el extranjero.
Pero surgió un tal Alejandro Federico Martín Bahamontes, esta era su identificación completa, aunque siempre se le conoció más popularmente como Bahamontes, es decir, el apellido materno. Alguien había dicho que desde el punto de vista publicitario este apellido tendría más eco cara al exterior. No era uno de tantos.
Entre una cosa y otra Bahamontes pronto destacó por sus hazañas plasmadas en la ronda gala. Concurrió en diez ocasiones, logrando adjudicarse la edición del año 1959. Además, por seis veces, se permitió el lujo de ganar el Gran Premio de la Montaña, algo que no era fácil de conseguir en aquellas épocas en las que abundaban escaladores de categoría. Fue él y no otro el que abrió las puertas al ciclismo español en el Tour. Le seguirían en el camino de la fama Luis Ocaña, Perico Delgado y Miguel Induráin, que también fueron vencieron en la cotizada prueba por etapas. Bahamontes había dado a entender que todo era posible en tierras de Francia.
Pero quisiéramos en nuestro comentario centrarnos más en los inicios un tanto difíciles y desconocidos que debió afrontar el intrépido ciclista castellano, aquel que más tarde sería admirado por las multitudes. Había nacido en una pequeña localidad de apenas 1.700 habitantes conocida por Val de Santo Domingo, en el año 1928. Su padre, que se llamaba Julián Martín, ejerció de peón caminero hasta que decidió por su cuenta y riesgo trasladarse a la ciudad de Toledo, en donde, decían las gentes, había dinero (!). Encontró trabajo en un cigarral, denominación común en aquellos contornos y que consiste en una extensa huerta cercada, con árboles frutales y casa amplia, que se situaba en las afueras de la ciudad. Era el sacrificio continuo de un padre por sus hijos.
A los diecisiete años, Bahamontes comenzó a trabajar como carpintero sin mucha suerte. Dentro del deporte se aficionó por la práctica del fútbol y con chavales de su edad jugaba en un basto solar. No lo hacía mal, pero aún así sus compañeros de fatigas le empujaron a que se comprara una bicicleta de segunda mano y les acompañara en algunas excursiones ciclistas. Su padre accedió a realizar el dispendio económico de rigor. Le costó nada menos que 50 duros. La bicicleta, además, le fue de gran utilidad para trasladar fruta de un lado a otro, poderla vender y obtener algún dinerillo. También de madrugada ejercía dura labor en el mercado en el trasiego de cajas.
En Toledo, había una cuesta muy empinada que se hacía notar. Se la conocía como Cristo de la Luz. Allí desafió a sus amigos y allí se vislumbró su facilidad sobre los pedales. Sin embargo, en un reconocimiento médico como consecuencia de haber sufrido una tifoidea, un galeno le detectó una clara insuficiencia torácica que no le presagiaba un buen porvenir. Se cernía sobre él un oscuro horizonte que no lo fue.
Su primera carrera ciclista de cierta consistencia fue la Toledo-Torrijos-Toledo. No ganó, pero sí consiguió el segundo puesto. Más tarde se afianzaría adjudicándose el Circuito del Sardinero y la Vuelta a Málaga. Su estrella comenzaba a brillar.
En la Vuelta a Asturias del año 1953, se empezó a hablar de él con más contundencia al conquistar el Gran Premio de la Montaña. El vencedor absoluto de la prueba fue el malogrado mallorquín Antonio Gelabert. Es bueno que se sepa que Bahamontes, al no contar con medios económicos suficientes -sólo 100 pesetas-, se trasladó en bicicleta a las tierras del norte, recorriendo 700 kilómetros en tres días para poder participar en aquella competición. Lo hizo con otros animosos compañeros. Un hecho inaudito. El ciclismo de aquel entonces era una actividad poco considerada y los ciclistas un tanto modestos se veían obligados a hacer esa clase de locuras. Viajaban montados en su bicicleta y luego competían. Son hechos que enaltecen a los héroes.
En aquel mismo año, Bahamonde -en un principio así le llamaban los cronistas-, se alineó en la Vuelta a Cataluña. Ganó el Gran Premio de la Montaña con autoridad manifiesta. En referencia a esta ronda catalana si recordamos un acontecimiento digno de mención, dado que tuvimos la oportunidad de vivirlo en directo. Se trataba de la etapa Tarragona-Berga, con llegada a la cumbre del Tibidabo -primer sector-, adosada a Barcelona. Con un ímpetu y facilidad extraordinaria se despegó del gran pelotón en las mismas calles de la gran ciudad, adoquinadas todavía en parte y llenas de un público entusiasta al borde de las aceras. Llegó a la cima con tres minutos de ventaja. Al verle, todos nos preguntábamos con cierta sorpresa quién era aquel ciclista madrileño, enjuto y de pedaleo agitado, con un físico de apariencia endeble, que en aquella jornada había cautivado tanto a los aficionados. Aquella gesta, aquella imagen, perdura en nuestra mente como uno de los mejores recuerdos que nos ha brindado la bicicleta.
Autor: Gerardo Fuster de Carulla
Fecha de publicación: Marzo de 2005