Hace unos días “saltó la noticia” –más desagradable que ninguna- y de nuevo el ciclismo saltaba a las portadas de todos los medios de comunicación por aquello que ya viene siendo habitual, el mundo de las drogas, las trampas y las endemoniadas locuras sobre la salud de los ciclistas, por encima de la que se pasa como una apisonadora en pos de la consecución final del objetivo último, los méritos, el espectáculo y la gloria.
Si nos sigues desde hace tiempo, habrás comprobado que no solemos hablar mucho de este tema. Si nos sigues desde hace tiempo también habrás podido comprobar que no es porque no nos interese ni porque lo queramos silenciar, nada de eso. De hecho, el otro día, en reunión de equipo de redacción, valoramos nuevamente si publicábamos la correspondiente noticia, si entrábamos o no en la “vorágine” de la actualidad.
Finalmente decidimos que no, que no valía la pena, entre otras cosas ¡nadie lo iba a leer! Todo el mundo que quisiera información la encontraría y por exceso en los ríos de tinta de los periódicos de ámbito general o en los extraños minutos y minutos de “telediario” dedicados en todas las cadenas de radio y televisión.
Pero hoy, cuando ya han pasado unos días y seguramente tengamos la mente más fría (nosotros y vosotros), no queremos dejar pasar la oportunidad de abrir una ventana a la reflexión. Y repetimos reflexión, porque consideramos que con ella debemos atender este tema que hoy está sobre la mesa de nuestra afición favorita.
Primero ¿por qué pasa? El origen del problema es fácil de descubrir ¿verdad? Todos competimos en la misma carrera, pero uno hace “trampas” para correr más. Los demás sólo tenemos dos salidas: denunciarlo o hacer las mismas trampas que él. Es un razonamiento muy simple, casi de niños, pero en el fondo refleja fielmente la realidad, que no olvidemos, está detrás de todo esto, por mucho que queramos envolverla con lo de "los vampiros de la noche” o con la “caza de brujas”. Entrenando mucho no se consiguen los mismos resultados que entrenando "con ayuda química".