Por Gerardo Fuster de Carulla.
Nos llegó de sorpresa la noticia escueta de agencia que nos confirmaba el fallecimiento de Charly Gaul, el famoso ciclista de otros tiempos, oriundo del Ducado de Luxemburgo, que le vio nacer hacía ya 72 años, en la pequeña localidad de Asch.
En este pequeño territorio europeo no había campeones. Como excepción cabía señalar a un tal François Faber, que se permitió el lujo de ganar el Tour del año 1909, y más tarde a un tal Nicolás Frantz, más conocido, que llegó a París como vencedor en los años 1927 y 1928. En aquel diminuto país, sin apenas tradición ciclista, surgió en el firmamento la estrella de Gaul, que daba vitalidad a un pasado más bien gris.
Para los que hemos tenido la oportunidad de seguir de cerca las hazañas vividas en aquellos años de antaño, cuando el deporte de la bicicleta se valía más de hechos individuales, sin los medio publicitarios que hoy rodean a la caravana multicolor, nos es fácil recordar con cierto entusiasmo aquellas gestas un tanto heroicas escritas sobre el asfalto por los esforzados del pedal. Es por esta razón que queremos hacer mención ahora de la desaparición de este atleta del pedal de facultades innatas y tan desenvueltas que contribuyó en gran manera a dar tanta gloria al ciclismo mundial.
Cabe afirmar sin lugar a dudas que Gaul ha sido el corredor de más prestigio que ha dado Luxemburgo. Es suficiente el anotar sus dos victorias absolutas en el Giro de Italia y una en el Tour de Francia, en el corto período comprendido entre los años 1956 y 1959, su época de oro.
El luxemburgués tenía una capacidad de resistencia frente al esfuerzo fuera de lo normal; cultivando su mejor arma que era la alta montaña. Daba gusto verle pedalear con una velocidad frenética cuando atacaba sin piedad a sus adversarios, imprimiendo a sus piernas un ritmo acelerado. Nuestro representante Federico Martín Bahamontes, su rival más directo en el terreno empinado, sabe bien de sobras lo que Gaul le obligaba. Sin pecar de exagerados, diremos que los dos han marcado un hito importante en aras al ciclismo.
A Charly Gaul los cronistas le asignaron variados adjetivos de elogio. Pero quizá el más conocido fue aquel que se traducía como “el ángel de las montañas”. Parecía, efectivamente, con su rostro inmutable y frío, que no sufría cara al esfuerzo que realizaba cuando la carretera se enfilaba hacia la cima de un puerto perdido. Imaginábamos, al contemplar su ágil pedaleo, que tenía alas invisibles en los pies. Era un espectáculo digno para ser contemplado.