Por encima de todo, Gaul, aparte de ser un escalador excepcional de los que apenas hubo, se desenvolvió más holgadamente en las carreras por etapas, de largo kilometraje; es decir, las que requerían más exigencias a la hora de la verdad. Aunque sus prestaciones eran ya conocidas, destacó su tercer puesto en el Tour de Francia del año 1955, tras el francés Bobet y el belga Brankart. Consiguió, además, el Gran Premio de la Montaña, título que repitió al año siguiente. El Tour que le fue más propicio fue el de la temporada del 58, que venció sin paliativos sobre el italiano Favero y el francés Geminiani, con sendos triunfos en las dos etapas de contrarreloj individual con meta en la cima del Mont Ventoux y, días más tarde, en Dijon. Más un recital victorioso llevada a cabo en el corazón de los Alpes, en el trazado que finalizaba en Aix-les-Bains.
Recordamos también el protagonismo llevado a cabo por aquel dúo invencible: Bahamontes-Gaul, con una estocada certera lanzada por ellos en el collado de Romeyère, en la etapa Saint-Étienne-Grenoble. Fue en aquella memorable jornada en donde el toledano Bahamontes vistió la camiseta amarilla como líder del Tour, que llevaría con toda honra hasta París ante el pasmo de miles y miles de aficionados.
El Giro de Italia fue una prueba siempre apetecida por el corredor luxemburgués. Dio la campanada en el año 1956, gracias a la célebre etapa de las Dolomitas, que afrontó el temido Monte Bondone. En aquella jornada dantesca hubo de todo: lluvia, granizo, nieve y borrascas de viento. El resultado es que más de la mitad de participantes abandonaron la contienda, incapaces para poder resistir las condiciones climatológicas. Gaul, el gran vencedor del día, pasó de ocupar una vigésimo cuarta posición anodina en la clasificación general a conquistar la camiseta rosa que distinguía al líder, llegando a Milán en apoteosis. Tenía tan sólo 24 años. Volvió a ganar en 1959. Logró por dos veces el tercero, en los años 1958 y 1960, y un cuarto en 1961.
Abandonó pronto el duro deporte ciclista. A los 30 años decidió de sorpresa colgar la bicicleta sin hacer ruido, en silencio. Se puede afirmar, para los que tuvimos la suerte de conocerle, que era un hombre sencillo, sin alardes. Era un hombre modesto y a la vez impenetrable; con esa frialdad que su faz reflejaba frente a los sufrimientos que ofrece la ruta. No se nos olvida su diminuta figura cuando se perdía como una exhalación en la sinuosa carretera que cobraba altura ante nuestra mirada como seguidor de las proezas ciclistas.
La pérdida de Charly Gaul supone un duro golpe para los que sentimos de cerca las grandezas de este deporte. Experimentamos con todo una satisfacción al haber podido plasmar, siquiera brevemente, algo en torno a la semblanza de este campeón a través de las páginas de Amigosdelciclismo.com.