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Vale la pena mencionar su record mundial de la hora, alcanzado en el año 1942, en el anillo mágico del Vigorelli de Milán, bajo la amenaza constante de los bombardeos. Cubrió en sesenta minutos la distancia de 45,798 kilómetros. Fue hazaña inaudita. Aquella marca parecía inexpugnable hasta que llegó el francés Jacques Anquetil, en 1956, para alzar la codiciada gesta. Hicieron falta que pasaran catorce años para derrumbar lo que parecía una quimera maldita. Aparte, el ciclista transalpino Fausto Coppi, consiguió tres camisetas en los mundiales, sea en carretera (1953) y sea en persecución sobre 5 kilómetros (1947 y 1949). No podemos olvidar sus victorias destacadas en varias carreras clásicas, tales como la Milán-San Remo, la París-Roubaix, la Flecha Valona y la Vuelta a Lombardía, y, evidentemente, sus cinco triunfos en el Giro de Italia (1940-47-49-52-53) y sus dos en el Tour de Francia (1949-52).
Su primera victoria como ciclista aficionado se la apuntó en el año 1938, en la población de Castelletto d´Orba (Alessandria). Llegó notablemente destacado, con una nueva bicicleta que le costó 570 liras (un equivalente en aquella época a 51 pesetas). Sus últimos éxitos se anotan en la Vuelta a los Apeninos (1955) y en el Trofeo Baracchi, formando pareja con Ercole Baldini, en la modalidad de contrarreloj (1957).
Cabe consignar también que fue el mentor y asesor directo de Federico Martín Bahamontes, cuando éste ganó sin paliativos el Tour de Francia del año 1959, una gesta que en aquel entonces parecía inalcanzable para los españoles. Coppi supo orientarle y ponerle en la senda que emocionó a infinidad de aficionados. Las calles y plazas de Toledo, abarrotadas de público, nunca habían experimentado un acontecimiento así. Nuestro héroe, además, se calzó el triunfo montando una bicicleta “Coppi”, una joya que casi nadie tuvo la fortuna de poder presumir.
No quisiera concluir estas líneas de homenaje sin hacer mención de unas circunstancias que también le fueron adversas a Coppi a lo largo de su loable historial. Es elocuente resaltar su fragilidad física. Incluso se llegó a decir que sus huesos eran tan quebradizos como el cristal, todo un contraste con la soberanía majestuosa que Fausto desplegaba en sus jornadas victoriosas que no fueron pocas. Sufrió alternativamente siete fracturas más o menos graves que le obligaron a renunciar a competiciones que de antemano tenía ganadas. Añadimos a esta fatalidad un tanto cruel otras cinco caídas, todas ellas lo suficientemente dolorosas como para apartarle de cualquier otra esperanza. Se pudo comprobar como valor positivo con qué ilusión volvía a la ruta, una vez recuperado, superando en silencio y denodada voluntad lo que a otros tantos atletas les hubiera sumergido definitivamente en la penumbra. Fausto nunca renunció a la lucha. Tuvo recursos y encendida pasión para volver a tomar la bicicleta y enfrentarse contra la adversidad para seguir pedaleando, ilusionado, sobre su caballo de acero, que tanto estimó.
Otra característica que queremos anotar era su complexión física, la morfología, que transparentaba Coppi. A primera vista, viendo su silueta, se dibujaba claramente un contraste en las formas de su cuerpo que se apartaban de la normalidad contrastada con respecto al patrón de otras personas. Se tenía la sensación de que su carcasa, su esqueleto, era algo deforme. Destacaba, por ejemplo, la longitud de sus piernas y el pecho más bien abombado, encerrando unos pulmones de inmensa capacidad. Alguien llegó a decir que Coppi, y con toda la razón, que toda su estructura, toda su complexión, incluyendo extremidades, formaban un conjunto plenamente armónico, sin fisuras, con la bicicleta. Tal para cuál.
Hacemos punto final, habiendo tratado de hilvanar de forma sucinta unos textos con la única intención de enaltecer, repetimos, la figura de Fausto Coppi, que mostró durante muchos años en la competición, fueron algo más de 22, una desenvuelta facilidad en el pedaleo y un poder incontenible cuando se decidía a ir por la victoria. Su temperamento era extremadamente eficaz, usando la cabeza y las piernas al unísono, con un alto sentido táctico y con un fiel equipo de servidores, los llamados “gregarios”, siempre dispuestos a empujarle a la gloria deportiva. Su colaboración, la de los escuderos, nunca pudo medirse.