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Introducidos en el otro Tour del año 1952, se produjo un segundo triunfo de Fausto Coppi, que contó con los servicios de Gino Bartali. Es obligado situarnos en la etapa alpina Bourg d´Oisons-Sestrière, en la cual los ciclistas afrontaron las ascensiones de Croix-de-Fer, Telegraphe, Galibier (2.558 metros de altura) y el Mont Genèvre como puntilla final. Coppi, autor de un solemne recital, llegaría a la meta con más de siete minutos de ventaja sobre el español Bernardo Ruíz. El belga Ockers fue tercero. Salvo el puerto del Telegraphe, Coppi coronó todos los "cols" de la jornada en cabeza.
En esta etapa se vivió una escena que fue captada por un avezado periodista gráfico en la ascensión al imponente Galiber, documento que ha dado varias veces la vuelta al mundo por su alto significado deportivo. Se aprecia la complicidad sincera mantenida por estos dos ases, intercambiando una simple botella de agua en un momento decisivo de la etapa. Se ha dicho que fue Bartali el que cedió el agua al “campionísimo”, el ciclista de Castellanía. Pero la incógnita ha quedado sin respuesta, en el aire, sin aclararnos más este gesto. Lo importante por encima de todo estaba en la acción protagonizada por estos dos honorables atletas de las dos ruedas y plasmada de forma tan elocuente en un instante de la carrera. Así se escribe la historia. Nosotros afirmamos que sobran las palabras. El hecho quedó para la posteridad.
El buen entendimiento se volvió a repetir en la etapa que concluía en Mónaco. Coppi sufrió un pinchazo, Gino automáticamente le cedió su rueda. Asimismo, en la jornada en que los ciclistas se trasladaron de Aix-en-Provence a Avignon (14ª).
Nos centramos en el curso de la ascensión al célebre Mont Ventoux, lugar en el cual Bartali no tuvo inconveniente en apearse una vez más de la bicicleta ante otro pinchazo de Coppi. Este, sin embargo, le indicó que siguiera adelante, al recibir los auxilios de su fiel servidor, Andrea Carrea, que con anterioridad, un poco gracias a la casualidad, había vestido la camiseta amarilla de líder, siquiera por un día, en este Tour de referencia.
A todo esto sí cabe afirmar que Fausto Coppi conquistaría su segundo Tour, con la ventaja increíble de más de 28 minutos sobre el belga Constant Ockers, el segundo clasificado, y más de 34 minutos sobre el tercero, que fue nuestro compatriota Bernardo Ruiz, el ciclista de Orihuela, que abría las esperanzas a favor del ciclismo español.
Los documentos gráficos que acompañan este reportaje son lo suficientemente elocuentes para que el lector pueda constatar que no siempre la rivalidad existió entre estos dos leales campeones del pasado, un pasado admirable que muchos de nosotros tuvimos la feliz oportunidad de poder presenciar muy de cerca. Los colores de Italia prevalecían por encima de todas las cosas. Se disipaban los egoísmos personales.
Coppi no me escondió aquella realidad tan palpable cuando nos dijo que la rivalidad había existido y existía, pero no bajo los ribetes sensacionalistas que muchos periodistas quisieron reflejar en sus rotativos. Hemos querido aclarar esta situación dado que no han sido pocos los aficionados al ciclismo que nos han formulado preguntas al respecto; y más sabiendo la estrecha amistad que mantuvimos con Fausto. Con Gino Bartali, bien es verdad, no tratamos este tema.
Hay cosas que las gentes bien no saben o bien son maleadas a su manera, según un recóndito interés. Han oído campanas, ¡valga la palabra!, pero no se sabe de dónde; sin contrastar las fuentes de información, su procedencia. Murmullos sin base. Por nuestra parte hemos tenido la suerte de poder enlazar datos y tener la confirmación a través de la voz autorizada de Fausto Coppi, aquel campeón surgido en la época heroica.
Sirvan pues estas líneas para rendir un justo homenaje a estos dos famosísimos atletas del pedal, únicos casi, dignos caballeros, repetimos, del deporte. Su comportamiento no puede ser olvidado con el paso de las hojas del calendario. En cierto modo quisiéramos que este escrito sirviera de ejemplo a muchos corredores de menos prestigio que les ha faltado o les falta en su fuero interno este sentido de compañerismo que tantas veces ha sido necesario para alcanzar los laureles del triunfo de tal o cuál corredor.
Aunque los ciclistas españoles han logrado en el transcurso de los tiempos un merecido prestigio, un nombre, en la ronda gala, no podemos pasar por alto el de que en más de una ocasión la falta de esta colaboración entre unos y otros ha truncado unos posibles buenos resultados; unos vuelos más positivos.
La gloria de uno requiere muchas veces el sacrificio desinteresado de varios compañeros de fatigas que luchan en silencio a favor de su jefe de filas. Estos héroes anónimos, que los ha habido y los hay, se mantienen casi siempre en la penumbra del éxito. Las flores y los elogios no irán para ellos.
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Gerardo Fuster de Carulla es colaborador del portal Amigosdelciclismo.com, autor de varios artículos sobre historia del ciclismo y comentarista de las grandes citas del calendario anual de competición.
Fecha de publicación: Enero de 2007.
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