Por Gerardo Fuster de Carulla.
Mucho se ha escrito acerca de las gestas de los ciclistas españoles en el campo internacional, en donde un día se nos abrieron las puertas que nos llevarían a conquistar una fama que no teníamos. Los primeros pasos no fueron nada fáciles para nuestros corredores, que sin apenas medios materiales se lanzaron a una aventura de gran envergardura en la que los éxitos han acabado llegando.
Es nuestra intención el introducirnos en la historia de aquellos otros tiempos un tanto heroicos en los cuales unos audaces, sólo unos pocos, a golpes de pedal, forjaron un prestigio que nunca había podido imaginar. El ir al extranjero para los españoles era una temeridad, una aventura con mucho riesgo. El objetivo principal perseguido por los ciclistas era el concurrir en el Tour de Francia, que constituía el máximo exponente, la más codiciada ambición deportiva. El Tour era, y lo es hoy, el máximo acontecimiento vivido por las dos ruedas.
Aunque nuestro escrito gira en torno a los dos protagonistas que nombramos en nuestro encabezamiento, hemos deseado hermanar también una serie de otros hechos estrechamente vinculados a la trayectoria llevada a cabo por los corredores hispanos.
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Fue en el Tour de Francia del año 1910, cuando un tal Vicente Blanco, se inscribió en la prueba con el afán de hacer algo que sobrepasara los límites de lo considerado como normal. En Bilbao, de donde era hijo, le llamaban “el cojo”, a raíz de un accidente sufrido en la empresa siderúrgica en la cual trabajaba.
Aquejado por esta dolencia física, siguió las recomendaciones que le formuló un médico rural con el que mantenía una buena amistad. El galeno en cuestión le recomendó que practicara la bicicleta con el fin de acelerar su rehabilitación. El mal que le embargaba, verdad es, no desapareció. Mientras hacía uso de los pedales, una vez consagrado como ciclista, nadie advertía su defecto físico. Los impulsaba como un molinillo y con encendido vigor. Cuando se apeaba de su caballo de hierro, léase bicicleta, su figura se empequeñecía al verle andar con un movimiento intermitente, un poco a saltos. Su pierna, la afectada, no daba más de sí. Le faltaba soltura en su caminar. Se llegó a decir en torno a su persona que su estampa inspiraba cierta lástima, un sentimiento disimulado de piedad. Lo bueno del caso es que con anterioridad, el entusiasta Blanco, apenas había montado en una bicicleta. Su amigo médico, protector fortuito, fue el que realmente le lanzó hacia aquella dura actividad rutera.
Blanco se dio a conocer con alguna que otra victoria valiosa. De ahí que se decidiera pronto dar un paso que le colocara en un lugar más honorable. “El cojo”, sin contar con apenas nadie, emprendió camino rumbo a París, con intención de alinearse en la línea de partida del Tour de Francia. Su ida a la capital de Francia a modo de entreno, lo hizo montado en bicicleta, la misma bicicleta con la que había ganado los campeonatos de España de carretera en los años 1908-09.
Se fue sin importarle el desafío en el cual se embarcaba. Él consideraba que podría tener posibilidades de éxito al contar en su haber con los dos títulos nacionales. En realidad era un pensamiento utópico, sin base, dado que no era lo mismo el conseguir dos títulos nacionales en un par de jornadas aisladas que entrar en lucha en la ronda gala, acarreando muchos días con no pocas penalidades. Le empujaba simplemente un encendido entusiasmo que se escapaba de toda lógica.
Blanco se lanzó a la aventura apoyado por la Federación Atlética Vizcaína, su único recurso moral y económico, dos factores esenciales pero insuficientes. Se alineó en aquel Tour de 1910, cubriendo tres etapas contra viento y marea, sin la ayuda de nadie. Se vio obligado a abandonar en los alrededores de la ciudad de Belfort, enfermo y físicamente agotado. No olvidemos lo que había representado para él el trasladarse en bicicleta desde nuestro suelo patrio hasta París, su lugar de inicio.
Se pudo comprobar que hubo un tal José María Javierre, nacido en la localidad aragonesa de Jaca, que había participado en el Tour del año anterior. Fue considerado el pionero español en el periplo galo. Había residido desde corta edad en el vecino país. En los archivos del Tour, constaba su nombre como si fuera ciudadano francés. Se inscribía a nombre de Joseph Havierre. Tuvo, con todo, problemas para obtener la nacionalidad, cosa que consiguió hasta pasados algunos años. Al fin pudo superar la burocracia de los papeles. Nunca pudimos saber qué razones hubo para que las autoridades francesas se hicieran tanto rogar.