Por Gerardo Fuster de Carulla.
Francia es un país que ha dado muchos y buenos ciclistas, y más si nos remontamos al período de principios de siglo hasta adentrarnos en los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. La bicicleta fue un medio de divulgación popular y su industria acaparó, a través de diversas marcas, la atención de los aficionados. Fue precisamente el Tour de Francia la carrera que contribuyó en gran manera con sus grandezas a su amplia difusión internacional.
Aún se recuerdan con cierta nostalgia los nombres, casi legendarios, de los Garrigou, Speicher, Leducq, Magne, Petit-Breton, los hermanos Pelissier y también los hermanos Lapebie, nombres todos ellos de innumerables gestas de alta repercusión.
Sin embargo, dejando atrás el pasado al que hacemos alusión, nos viene a la memoria la figura destacada de un ciclista que surgió de la nada tras las campañas bélicas que asolaron a toda Europa. Su nombre no es otro que el de Louison Bobet, un atleta que además de darle a los pedales, fue extremadamente gentil y elegante a la vez. Tuvimos oportunidad de conocerle personalmente y damos constancia de ello. Era sumamente espontáneo en sus respuestas siempre cargadas de una buena lógica. Era docto en el hablar y, en ocasiones, hasta chistoso en sus asertos.
En nuestros encuentros un tanto obligados siempre sacaba a la luz las excelencias de España, y entre otras cosas la llamaba la atención la tradicional Fiesta Nacional de los toros por la que sentía un particular interés y hasta admiración.
Si nos centramos en el tema y concretamente en el deporte ciclista, sí diremos que sus armas fueron el enorme tesón y la férrea voluntad que puso a la hora de darle a los pedales. No tenía la capacidad física desenvuelta e innata de otros campeones, pero aún así consiguió no pocos objetivos.
Inició su actividad, dentro del campo de la bicicleta a la temprana edad de 17 años, ganando entre sus paisanos de la Bretaña francesa un buen lote de pequeñas carreras. Admiraba en aquel entonces a un tal René Vietto, un ciclista de calidad que se sacrificó en aras otros y que le valió el conquistar una merecida popularidad.
Bobet trabajaba durante la semana y aprovechaba los días de fiesta para participar en competiciones regionales. Los augurios pronto le soplaron a favor y la prensa gala no escatimó adjetivos de elogio hacía su persona, hacia el gran Louison.
Su alegría más grande, así nos lo manifestó, no fue el ganar por tres años consecutivos (1952, 1953 y 1954) el Tour de Francia, sino hacerse con la corona en el Campeonato del Mundo de carretera, celebrado en Solingen (Alemania), en 1954.