El gran mérito, uno de tantos, de Bottecchia fue que ganó el Tour del año 1924, siendo en consecuencia el primer italiano que irrumpía en el firmamento ciclista sin apenas historial en su haber. Se impuso e interrumpió el dominio siempre ejercido alternativamente entre los corredores franceses y belgas, que se consideraban dueños inamovibles de la situación en el Tour de Francia. Los demás eran considerados como unos intrusos.
El único que osó romper aquel cerco invulnerable entre galos y flamencos, fue el luxemburgués François Faber, en el año 1909. Era un atleta fornido, con un metro 80 de estatura y poco más de 90 kilos de peso. Pudo salvar las montañas con éxito, a pesar de arrastrar aquel enorme lastre. Se le llamaba en los ambientes cicleros “El gigante de Colombes”, dado que vivía en aquellos contornos parisinos dado que pertenecía al equipo de la casa Alcyon, aunque era una estrella procedente del Gran Ducado.
Al estallar la Primera Guerra Mundial, ingresó en la Legión Francesa, teniendo la desgracia de perder la vida en el frente de Garency, no lejos de la tierra en la cuál le vio nacer.
No quisiéramos proseguir estas líneas sin destacar lo que representó Ottavio Bottecchia como pionero del ciclismo italiano. Fue a todas luces un héroe casi legendario tan sólo equiparable a otros dos compatriotas suyos que alcanzaron a la larga tanta más fama internacional. No fueron otros, se adivina, que Gino Bartali y Fausto Coppi, este último con más desenvoltura, poder e historial. Los dos consiguieron también ganar el Tour de Francia por dos veces, un signo inolvidable que marcó la historia del ciclismo italiano en el ámbito mundial.
Bien es verdad que hubo otros dos compatriotas que de manera aislada consiguieron, por una vez, la corona victoriosa: Gastone Nencini (1960) y Felice Gimondi (1965). Siempre hablamos del Tour. Italia hasta la fecha de hoy ha cosechado en su haber solamente ocho triunfos absolutos y nada más. Este dato es de suficiente identidad para revalorizar la hazaña marcada por Bottecchia, en tierras de Francia, alejado de los suyos. Su prestación fue valiente y decidida. Se valió de si mismo, sin ayuda de apenas nadie para ganar.
Bien es cierto, todo hay que decirlo, que Bottecchia, en el año 1923, ya se había dado a conocer en los territorios franceses al clasificarse segundo tras el francés Henri Pélissier, que junto con su otro hermano Francis, eran considerados como dos ciclistas muy respetados, muy admirados. De estos de alta alcurnia, amparados desde un principio por el fervor popular de los suyos.
No se sabe cómo, pero Bottecchia logró vestir la camiseta y el apoyo del famoso equipo “Automoto”, una escuadra en la que figuraban los hermanos Pélissier. La función del italiano no era otra que respaldar a su capitán. Él, con sus ya 28 años, no podía aspirar a más, sino mantenerse a las órdenes del que mandaba. Con anterioridad había demostrado por doquier poseer unas magníficas cualidades y de ahí que se decidiera por las altas esferas el ficharle.
Era rápido en las llegadas, pero su gran arma fue la montaña, en dónde se desenvolvía con bastante facilidad. Tenía un sentido táctico muy desarrollado, corría con inteligencia y era extremadamente enérgico en sus ataques o escaramuzas. Nos se arredraba ante el peligro. Era sumamente valiente. Fue segundo, repetimos, a media hora del vencedor, con victoria de etapa, la segunda, en la ciudad de Cherburgo, y con el aliciente de haber podido vestir de líder durante seis jornadas. Era un semidesconocido que se situaba en la palestra, así de repente.