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    Amigosdelciclismo.com > Artículos > Historia > Casos y Cosas del Tour de Francia > 5/6

¿Desde cuándo las montañas hicieron oír su voz?

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El sufrimiento
Para dar más alicientes al Tour, que de por sí ya los tenía, hubo un joven periodista luxemburgués llamado Alphonse Steinès, más bien bajito, con gafas y con barba, amante de usar con cierta frecuencia el automóvil y también la bicicleta. Acostumbrado a realizar kilómetros de un sitio para otro, se le ocurrió la idea de insertar montañas en el Tour. Nos referimos a hacer pasar a los esforzados ciclistas por rutas consideradas casi inaccesibles. El hacerlo en aquellos tiempos era una verdadera locura.

El 11 de julio de 1905, se instauró una etapa en la que se transitó por vez primera en un puerto de alta montaña denominado Balón de Alsacia, situado en las inmediaciones de las fronteras de Alemania y de Francia. Representaba un obstáculo algo perdido y hasta de misterioso entorno. René Pottier, en solitario y sin apearse de la bicicleta, escaló el collado cubierto de tierra batida a un promedio de casi 20 kilómetros hora, una gesta memorable de las que perduran en nuestra mente.

Hubo muchos aplausos en la cima a favor de Pottier. Le quedaba el descenso cara a la meta situada en Besançon, término de la segunda etapa. En tanto que sus adversarios quedaron vencidos, desbordados, surgió como contraste un tal Aucouturier, ganador en aquella jornada. Tres días después, lo que son las cosas, Pottier, héroe por un día, se vio incapaz de proseguir el Tour. Se retiró atenazado, agotado por los esfuerzos realizados.

El ganador absoluto de aquella edición fue Trousselier, hijo de una familia acomodada dedicada a la venta de flores por todo el continente europeo. Se dice que durante varios años, con dilatado desprendimiento, envió el consabido ramo de obsequio a los diversos ganadores del Tour. Fue una tradición que perduró durante años.

Al año siguiente, gracias a su férrea voluntad, Pottier se alineó de nuevo y se permitió el lujo de vencer holgadamente. En aquel Tour se incorporaron otros dos puertos de cierta importancia: los altos de Bayard y de Laffrey. Con el Balón de Alsacia, ya eran tres los colosos alpinos. De esta manera el Tour conquistaba nuevos horizontes, nuevas perspectivas, que le iban dando tanta fama y prestigio. Los jueces de paz, las montañas, son y serán los ingredientes indispensables que alimentan la gloria del Tour.

Fue en 1910 cuando los organizadores apostaron por desafiar otros contornos Fueron los collados que se alzaban en el corazón de los Pirineos, algo así con una fruta prohibida. Steinès, todo entusiasmo, estuvo investigando aquella zona un tanto agresiva. Se localizaron los desconocidos y conocidos hoy, Aubisque, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. Todos ellos fueron incluidos y con éxito por vez primera en la historia del Tour en la etapa de larga trayectoria Luchon-Bayona. Salvo el puerto del Aubisque, que coronó en cabeza un tal François Lafourcade, francés, los otros tres de la serie fueron salvados con éxito por el galo Octave Lapize, que fue luego declarado vencedor.

Al año siguiente, entró en el largo proceso de altas montañas otro coloso, el Galibier, con sus 2.556 metros de altitud. Todo un reto que recompensó a Emile Georget, que transitó en cabeza, aunque luego terminaría el tercero en la clasificación final en París, tras Gustave Garrigou y Paul Duboc, los tres franceses por más señas.

En la temporada de 1922, se sumaron otros dos collados ilustres: el Izoard y el Vars, dos eslabones de alto copete. Y así paulatinamente entraron en liza tantos otros que quedaron inscritos en el libro de los recuerdos y que no mencionamos para no hacer interminable este escrito.

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| Casos y Cosas del Tour de Francia (II) |


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Gerardo Fuster de Carulla es colaborador del portal Amigosdelciclismo.com, autor de varios artículos sobre historia del ciclismo y comentarista de las grandes citas del calendario anual de competición.

Fecha de publicación: Julio de 2007

 
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