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Casos y Cosas del Tour de Francia (II)
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Incursiones del Tour en tierras extranjeras
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Los organizadores del Tour se han sentido siempre identificados y con voluntad de hacer de su prueba una carrera de altos vuelos. Saben sus dirigentes que todo lo que sea novedad contribuye a engrandecer las aras del deporte.
No hay duda que introducir la caravana multicolor en un país extranjero crea un clima sano entre las gentes y sobre todo se alcanza una gran popularidad a través de la prensa escrita y de los otros medios informativos. En el fondo hay una sólida motivación. Fue precisamente en el año 1929 cuando el Tour realizó su primera incursión en territorio extranjero; concretamente en suelo helvético, un simple entrar y salir.
A partir de 1947, fue Bélgica la nación más agraciada con este género de visitas protagonizadas por los esforzados de la ruta, mediante el arribo de finales de etapa y demás. Se hizo fin de etapa en Bruselas, con victoria del popular corredor francés René Vietto. A continuación se recaló en Luxemburgo, en donde se impuso el italiano Aldo Ronconi. Fue un Tour memorable. El triunfo absoluto no se definió hasta el último día. Fue el diminuto y polémico corredor galo Jean Robic, que se protegía su cabeza con un gran casco de cuero, el que se llevó la palma. Sus paisanos le llamaban más comúnmente como “el de la cabeza de cristal”.
El Tour del año 1949, se rindió homenaje a dos países: España e Italia, un capítulo inédito. Hubo final de etapa en San Sebastián (9ª), que ganó el francés Louis Caput. Posteriormente, en terreno italiano, en la localidad de Aosta, Fausto Coppi, héroe inolvidable del pasado, vencía y afianzaba su victoria absoluta en su suelo.
Vale la pena recordar que en 1992 el Tour inició su periplo en San Sebastián, con un prólogo individual de contrarreloj de 8 kilómetros, con victoria de Miguel Induráin. El ciclista navarro conseguiría en aquella edición el segundo Tour en su historial, al que seguirían más tarde otros tres.
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Equipos comerciales o nacionales
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En el curso de los primeros años, los que tenían la valentía de inscribirse en el Tour lo hacían por su cuenta y riesgo, buscando ayudas entre sus amistades o incluso a través de las casas comerciales. Poco a poco, los organizadores fueron aumentando los premios y consiguiendo otras ayudas económicas, con la integración de diversos equipos que representaban a tal o cuál marca de bicicletas. Era una presencia palpable, una manera de propagar las excelencias de sus productos por medio de la ronda gala.
Fue a partir del año 1930 cuando se buscó la nueva fórmula a base de equipos nacionales, con los colores del país que representaban. Se amplió la plantilla de los ciclistas participantes con la adición complementaria de ciertas formaciones de índole regional que se ubicaban en territorio francés.
En aquella edición se impuso André Leducq, que partió de París vistiendo la camiseta tricolor de Francia. Esta fórmula se mantuvo hasta el año 1961; es decir, fue vigente en el transcurso de veinticinco ediciones. El último vencedor bajo aquella modalidad fue el conocido corredor normando Jacques Anquetil, que ya llevaba con aquel Tour dos en los bolsillos. Luego, le siguieron otros tres consecutivos.
Se consideró conveniente volver al antiguo modo con el propósito de poder recaudar más dinero dado que el Tour cada vez se obligaba a más exigencias económicas que los equipos nacionales se veían incapaces de solventar.
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Controlando a los ciclistas
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No dejaba de ser una gran dificultad para los organizadores de la ronda francesa, especialmente en los primeros años de existencia, el llevar un control de todos los concurrentes y constatar que en todo momento cumplían estrictamente con el itinerario oficial marcado, etapa por etapa, tratando de evitar a toda costa cualquier fraude. Se dice que en cierta ocasión más de uno logró burlar la vigilancia, camuflado, tomando un tren de mercancías y salvando una distancia prudencial por medio de este medio de locomoción asentado sobre una vía férrea que no era precisamente el ir en bicicleta.
Es por esta razón que se establecieron una serie de controles secretos y el paso de los corredores era anotado por los árbitros, escribiendo el número correspondiente de dorsal y dando a entender que cumplían con la ley del Tour. Recordamos haber leído, en no sabemos dónde, que para evitar todo género de engaños se establecieron en el año 1911 unos controles cuya función básica consistía en aplicar sobre el brazo un timbre de distinción humedecido con tinta, quedando constancia de su cumplimiento.
En aquel año triunfó el francés de Ruán, Gustave Garrigou, gracias a su milimétrica regularidad. Por otra parte, el Tour afrontó por vez primera el célebre puerto del Galibier, con sus 2556 metros de altitud, un desafío a todas luces inaudito que cruzó en primer lugar Emile Georget, sin apearse de la bicicleta, llegando destacado a la meta de Grenoble. Días más tarde tuvo la desgracia de sufrir una aparatosa caída al no poder sortear a una motocicleta que ascendía en sentido contrario. Aún así, Georget, le cupo la gloria de ser tercero en París, a pesar del lastre de sus heridas. Fue en verdad un héroe muy vitoreado, más que el mismo vencedor de la prueba.
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Gerardo Fuster de Carulla es colaborador del portal Amigosdelciclismo.com, autor de varios artículos sobre historia del ciclismo y comentarista de las grandes citas del calendario anual de competición.
Fecha de publicación: Agosto de 2007
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