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Casos y Cosas del Tour de Francia (II)
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Cuando Poblet se vistió de amarillo
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Al revisar los mil apuntes que tenemos sobre el corredor catalán Miguel Poblet, hemos creído oportuno glosar un hecho que en su tiempo tuvo más importancia de la que se le dio en aquel entonces y que queremos rememorar de una manera un tanto escueta. Tiempo habrá para que dediquemos un capítulo completo en torno a este ciclista que en su tiempo nos ofreció un abanico de éxitos y de tono un tanto variado.
Poblet concurrió por vez primera en el Tour de Francia de 1955. Espectacular fue que su nombre sonara a los cuatro vientos al vencer en la primera etapa que se inició en la ciudad L´Havre para concluir en Dieppe, situada en la costa lindante al Canal de la Mancha. Todo ello supuso un buen golpe dado que con esta victoria se enfundó la camiseta amarilla que distinguía al líder de la prueba. Ni el francés Caput ni el belga Sorgeloos pudieron arrebatarle el triunfo. Era la primera vez que un español conseguía esta alta distinción deportiva, aunque al día siguiente pasara a ser propiedad del holandés Wagtmans, un ciclista que se distinguió siempre por su espíritu un tanto batallador.
Otra campanada dada en el mismo Tour por el hombre de Montcada i Reixac, tuvo lugar en la ascensión al Alto del Tourmalet, en el corazón de los Pirineos, al destacarse en compañía de Bobet, Gaul y Loroño, nuestro otro compatriota. A unos centenares de metros de la cumbre, Poblet, como si tuviera alas en los pies, dio la certera estocada y cruzó sólo por la cima. Luego la situación tomó otros visos. Se normalizó el signo de la etapa.
Se ha comentado en varias ocasiones el de que Poblet era más que otra cosa un velocista nato. En realidad siempre sacó buenos frutos en donde más le convino, siempre según las circunstancias. No en vano, sirva ello para nuestra memoria, el destacar su victoria absoluta en el Gran Premio Marca (1948), por etapas, una carrera muy dura, sea por las condiciones climatológicas, sea por la multitud de collados que se solían afrontar. Fue incluso campeón de España de Montaña, en los años 1947, 1948 y 1949. Luego se dedicó con preferencia y acertada decisión a correr carreras clásicas de un solo día, competiciones que le concedieron mucha gloria. En el Giro de Italia tuvo la grandeza de adjudicarse nada menos que diecinueve etapas y así muchas cosas más.
Extraña coincidencia, pero en aquel mismo Tour del 55 consiguió vencer en la última etapa, Tours-París, tras evadir en solitario a pocos kilómetros de la meta, concretamente en el bien conocido Valle de Chevreuse. La distancia frente al gran pelotón fue mínima pero lo suficiente para compensarle del terrible esfuerzo que debió realizar. En el Parque de los Príncipes, los aficionados le recibieron con una cerrada ovación. Fueron catorce valiosos segundos los que le dieron la victoria con respecto al francés André Darrigade, el segundo clasificado. Louison Bobet fue el vencedor absoluto de la prueba, que lograba por tercera vez consecutiva.
Seguiríamos escribiendo muchos ecos más acerca del Tour de Francia. Pero a estas alturas es mucho mejor interrumpir los mil pensamientos que danzan a nuestro alrededor en torno a este deporte de las dos ruedas que nos ha ofrecido tantas páginas felices y a la vez heroicas. Tenemos plena confianza de que más adelante, cuando el Tour vuelva a ser protagonista, podamos volver a empuñar la pluma a favor de nuestros fieles lectores, a estos lectores que tanto se han identificado con la verdadera historia del ciclismo.
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Gerardo Fuster de Carulla es colaborador del portal Amigosdelciclismo.com, autor de varios artículos sobre historia del ciclismo y comentarista de las grandes citas del calendario anual de competición.
Fecha de publicación: Agosto de 2007
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