Por Gerardo Fuster de Carulla.
Retrocediendo al ciclismo de otros tiempos, recordamos con especial admiración y con nostalgia a aquellos esforzados ciclistas equipados con vestimentas más o menos llamativas en la línea de salida de cualquier carrera. Nos llamaba poderosamente la atención, lo que son las cosas, el contemplar sobre sus hombros aquellos neumáticos de tonalidad más bien oscura, atados de manera rudimentaria y colgados a la espalda. En competición era un elemento imprescindible ante cualquier pinchazo, un contratiempo muy en boga en aquellas épocas en las cuáles los hombres del pedal se veían obligados a transitar por carreteras en muy mal estado. Era la estampa viva de aquel ciclismo de antaño que no dudamos en catalogarlo de heroico, sufrido, glorioso y a la vez digno.
Era una estampa un tanto corriente el contemplar la interminable serpiente multicolor aquellos ciclistas pedaleando con más o menos entusiasmo hacia una meta lejana. Todos iban provistos con el consiguiente neumático colgado de la espalda. Se le conocía más comúnmente como tubular. No fue hasta 1955 cuando los corredores prescindieron de llevar sobre sus hombros este elemento que se hizo tan popular en las carreras ciclistas. El progreso técnico exigiría otros derroteros. Desaparecerían, queremos decir, de las espaldas de los sufridos corredores.
A partir de ahí existirían ampulosos vehículos que acompañaban la caravana perfectamente dotados de material diverso para auxiliar a los atletas del pedal ante cualquier problema de carácter mecánico. Las casas comerciales serían las que adquirieran un protagonismo que con anterioridad no habían tenido. El cambio de neumáticos pasaría a ser responsabilidad de los mecánicos de cada equipo. El corredor de aquella manera se sacaba de encima una pesadilla incómoda.
Sabido es que las carreteras de entonces no eran precisamente una delicia. Incluso una parte de ellas estaban sin asfaltar; eran de gravilla, o bien de tierra compactada. El escenario se convertía en un verdadero calvario. El sufrir un pinchazo o varios estaba a la orden del día. El tubular se convirtió en la pieza clave, en el accesorio principal. En la actualidad, todos lo sabemos, la situación ha cambiado; es otra. Nosotros en este comentario trataremos de transparentar unos hechos que tuvimos la oportunidad de poder vivir muy de cerca. Fue fortuito incluso el estar presente allí ante un pinchazo inesperado sufrido por tal o cual ciclista en una carretera polvorienta y perdida. Era una situación angustiosa de no fácil y hasta rápida resolución.
El tubular, este elemento que ahora muy pocos ciclistas suelen usar, consistía en una cubierta de caucho y en su interior una cámara, con las dos piezas integradas en un sólo cuerpo. Cuando se pinchaba, el mismo corredor por su cuenta y riesgo se cuidaba de realizar la incómoda tarea de la reparación. Los mecánicos de los equipos se preocupaban tan sólo de tener en existencia los repuestos suficientes para ir cubriendo cualquiera de estos contratiempos.
El suministro de neumáticos no fue nunca una tarea asequible y más concretamente en nuestro país. Las escuadras de más renombre y con más figuras tenían más facilidades. Poseían suficientes existencias. Las escuadras con menos recursos económicos debían de trampear el temporal de la mejor de las maneras. Existía una especie de mercado negro. El tubular no dejaba de ser en aquel entonces un repuesto esencial ante la abundancia de pinchazos que se producían en las tortuosas carreteras.
Los proveedores más conocidos en nuestra península fueron las entidades “Pirelli” y “Galindo”. Aunque bien es verdad que marcas procedentes de Francia e Italia dominaban más la situación por la calidad del producto. La única pega es que su coste era prohibitivo, muy elevado. No estaba al alcance de todos los bolsillos.