Como hemos afirmado con anterioridad, el tubular fue una pieza popular hasta el año 1955. A partir de entonces su importancia pasó a ser de segundo orden. Se esfumaron aquellas escenas un tanto llamativas que nos hacían ver a los ciclistas ataviados con aquellos elementos cruzados y apoyados sobre los hombros. Aquel tiempo pasó como tantas cosas que nos depara la vida.
En la actualidad es más que corriente el uso de neumático con la cámara en su interior. Son dos entes aparte aunque integrados para su función. Las industrias que se dedican a estos menesteres, en particular la italiana, tienen una elaboración muy cuidada y muy esmerada, con peso, además, un tanto liviano. En competición, con cambiar la rueda completa ya se gana la partida.
Para el cicloturista también constituye una ventaja. Si se pincha es suficiente cambiar la cámara interior por otra, manteniendo el mismo neumático o cubierta. La operación al no ser carrera puede efectuarla uno mismo sin prisas ni agobios.
Somos ya pocos los que mantenemos en liza todavía el uso del tubular. Creemos que lo hacemos simplemente para dar cumplimiento a una tradición histórica; o bien para rendir homenaje a otra época que tuvo sus héroes ciclistas.
También hemos de recabar que los tubulares se perfeccionaron en gran manera con el paso de los años. Lo más significativo fue la disminución de su peso. En un principio el tubular llegaba a pesar 350 gramos o más. Con el tiempo se fabricaron mucho más ligeros; imponiéndose la gama entre 220 y 250 gramos. Para las competiciones en pista incluso se llegó a los 180 gramos. El riesgo de pinchazo en el anillo de cualquier velódromo era mínimo.
Nos viene a la mente una conversación sostenida no hace mucho con Bernardo Ruiz, aquel español que se permitió el lujo de pisar el podio en el Tour de Francia en el año 1952, al conquistar el tercer puesto, cosa que ningún otro compatriota había conseguido hasta aquella fecha. Nos comentaba que los primeros tubulares que usó se parecían por su tamaño más bien a verdaderas mangueras montadas sobre llantas.
Uno de los principales éxitos en el rendimiento del tubular residía en su cura, en su reposo. Era obligado el de que permaneciera antes de su utilización en una estancia cerrada y hasta mejor oscura, a igual que los cuidados que requiere un buen jamón colgado en la despensa. Necesitaban de su tiempo para alcanzar un grado suficiente de madurez, consistencia y calidad. En tanto la goma fuera tierna, de fabricación reciente, era más que probable que no resistiera a las embestidas de la carretera. Muchos ciclistas nos podrían contar las funestas consecuencias habidas ante un tubular de fabricación reciente. Podríamos dedicar un largo capítulo al respecto; desglosando la repercusión negativa causada por un tubular joven, poco hecho.
El tubular, esta pieza ya histórica, marcó un hito que los aficionados de otros tiempos no podemos olvidar ante las vivencias de los recuerdos. Representaba la salvación frente a la adversidad. También es verdad que el pinchar podía ser consecuencia de la poca habilidad mostrada por el ciclista aquejado por los esfuerzos. El sortear obstáculos no era tarea fácil, ni tampoco en la apurada actualidad. Había que hacer filigranas y tener buenos reflejos con la bicicleta para salvar los baches, cristales y otros ingredientes depositados, por lo general, en los bordes o laterales de la carretera.