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Win Van Est, una caída que nos tocó el corazón

Por Gerardo Fuster de Carulla.

El Tour de Francia es una competición que por mil razones siempre ha cautivado el interés de las gentes, incluso de las que habitualmente se sienten desvinculadas del deporte. Tiene un sello especial, algo que cautiva. Son muchas las anécdotas, los acontecimientos, que en su día ensalzan las grandezas de unos hombres que, a golpes de pedal, recorren el territorio francés. Es una tradición puntual a la cita en el mes de julio.

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El holandés como líder del Tour 1951
A la hora de publicar este artículo se está celebrando el Tour 2006 y se acaba de transitar por los contrafuertes pirenaicos, por lo que nos ha venido a la mente una chocante historia de las muchas que ilustran el pasado histórico de la ronda gala y que tuvimos la oportunidad y la suerte de vivirla muy de cerca. Fue un suceso que protagonizó un ciclista holandés llamado Wim Van Est. Un corredor con grandes capacidades como rodador. En su época, su pedaleo vivaz contrastaba sobre todo cuando se trataba de llanear, cosa lógica y habitual viendo el país del que viene. Viéndole se asemejaba a una locomotora humana.

Tenía en su haber un buen historial, destacando especialmente sus brillantes gestas protagonizadas en la célebre Burdeos-París, una prueba clásica de renombre que los ciclistas debían salvar bajo una distancia nada desdeñable de 586 kilómetros, cubiertos de una sola vez. En su última parte, los ciclistas afrontaban la prueba, tras la estela de sendos ciclomotores puestos a disposición de los participantes por los organizadores. Van Est se permitió el lujo de ganarla en dos ocasiones, concretamente en los años 1950 y 1952, e hizo un segundo puesto en 1951.

En su primera intervención, recordamos, sufrió una aparatosa caída que no le hizo desistir en su intento de ganar una carrera de tanto prestigio que hoy día, dicho sea de paso, ya no se celebra, de igual forma que aconteció con otra famosa denominada París-Brest-París, cuya distancia era más o menos de 1200 kilómetros, ¡casi nada!

Evocamos su pequeña figura maltrecha, con la camiseta desagarrada por la espalda y con unos aparatosos rasguños a flor de piel. El bravo ciclista holandés, espoleado por una voluntad férrea, llegó en apoteosis a París ante el reconocimiento encendido y ferviente de las multitudes apostadas al borde de la ruta. Fue la estampa impactante de un héroe que no se olvida, en especial a lo largo del último obstáculo de la competición que se situaba en el denominado valle de Chevreuse, cerca ya de la capital francesa, vestido con una ampulosa vegetación y un ambiente más bien bucólico. No en vano es catalogada aquella zona como Parque Nacional, colindante al conocido Palacio de Versalles. En fin, un contraste entre la naturaleza del lugar y el paso de unos esforzados de la ruta pedaleando tras la estela y el ronquido un tanto monótono de unos velomotores.

Pero nosotros queremos aquí rendir un homenaje abierto a favor de Van Est, en torno a una escena vivida por él en otro escenario diferente. Es un hecho que realmente nos impresionó. Nos debemos situar en la Vuelta Ciclista a Francia del año 1951 y más concretamente en la fecha del 17 de julio. El suceso acaeció en el corazón de los Pirineos; en una etapa que conducía a la caravana multicolor a la población de Tarbes. Se dio la circunstancia un tanto fortuita de que el holandés, en la jornada anterior, en la línea de llegada de Dax, había conquistado la camiseta de oro como líder del Tour, además de vencer en la etapa en cuestión. Una partida de mérito doble para el holandés.



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Gerardo Fuster de Carulla es colaborador del portal Amigosdelciclismo.com, autor de varios artículos sobre historia del ciclismo y comentarista de las grandes citas del calendario anual de competición.

Fecha de publicación: Julio de 2006.

 
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