La etapa siguiente constituía un trance difícil al tener que franquear una serie de puertos de alta montaña que se debían vencer a toda costa. Era una aventura alocada para aquel hombre procedente del país de los tulipanes, país llano como la palma de la mano. Cruzó la cima de la ascensión al Col de Aubisque con una desventaja de doce minutos sobre unos pocos hombres belicosos situados en cabeza. Van Est se lanzó por el descenso del puerto "a tumba abierta" como se suele dictar en lenguaje ciclista. Imaginaba que podría recuperar al menos parte del tiempo perdido. En un trazo que no sería superior a los dos kilómetros, el holandés se fue por los suelos un par de veces. Sin embargo, empujado por su temperamento, prosiguió en su tentativa imprimiendo a los pedales una velocidad con alto riesgo.
Tanto fue así que llegó el momento crítico en el cual la bicicleta dominó al hombre, al ciclista, lo cual trajo funestas consecuencias. En una de tantas curvas se proyectó tangencialmente, saliéndose de la carretera y precipitándose en la espesura de un angosto barranco. Se calculó que la altura era de unos treinta metros. Esta cifra está fielmente comprobada dado que algunos rotativos exageraron el aserto con el afán de dar más sensacionalismo a la noticia (imagen junto a estas líneas).
El belga Decock y los españoles Langarica y Masip, en compañía de algunos seguidores y el director técnico del equipo holandés, Pellenaers, presentes casualmente allí, dieron la voz de alarma a los cuatro vientos, dando a entender que Van Est había muerto, dado que permanecía inmóvil en el fondo del barranco. Se percibieron gritos de angustia por doquier en aquellos instantes de incertidumbre que contrastaban con el silencio que suele envolver el entorno de las montañas, los eternos jueces de paz que no pueden ausentarse en la historia del Tour.
Se comprobó con alborozo y sorpresa que Van Est todavía estaba vivo. La problemática radicaba ahora en saber cómo se le podría sacar de aquel atolladero, de aquel agujero profundo en donde se encontraba. Lo cierto es que fue extraído de una manera muy ingeniosa. No sabemos de qué cabeza salió la idea. Pero sí queremos rendir en esas páginas homenaje al hombre anónimo que facilitó la solución al problema. El terreno intrincado no daba para mucho y más sabiendo que se debía actuar con suma rapidez. Así pues se consiguieron en aquel momento propicio rescatar varios tubulares de repuesto de bicicleta por parte de los mecánicos de algún equipo participante. Se procedió a enlazarlos uno tras otro en forma de cadena hasta llegar al lugar en la cual se encontraba el holandés errante. Fue salvado milagrosamente, rodeando su cuerpo por la cintura con un último tubular de recurso. A continuación, bajo la ayuda de varios, fue izado hacia arriba hasta la superficie de la misma carretera. Acto seguido, bajo los aplausos de las gentes allí apiñadas en torno al accidente, fue trasladado con urgencia y en ambulancia hasta el Hospital de Tarbes, al objeto de recibir los consiguientes auxilios de emergencia.
Nos sentimos muy identificados con esta historia que os acabamos de relatar. En verdad es una más de las muchas que renacen en una prueba de la categoría como es el Tour de Francia. En este caso elogiamos la figura inconfundible de Wim Van Est. Se trata de un acontecimiento un tanto lejano, lo cual es motivo quizá para que lo recordemos hoy con especial predilección. Ese hecho, repetimos, nos tocó el corazón. Por eso os lo hemos querido contar y a la vez lo hacemos para ensalzar las grandezas escondidas que encierra este deporte de la bicicleta, un deporte que al mismo tiempo acapara la gloria y el sufrimiento.