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Había sido un duro año de preparación para la Paris-Brest-Paris (PBP), la ciclomaratón más popular del mundo que se celebra cada cuatro años como si fuera una fiesta cuatrienal. No sólo fueron los “brevets”, o sea las pruebas preparatorias y clasificatorias para poder participar en la PBP, sino también el resto de salidas y rutas para prepararse tanto física como mentalmente. Además de los obligatorios Brevets de 200, 300, 400 y 600 kilómetros, habíamos hecho algunas otras rutas, para intentar que la preparación fuera lo menos aburrida posible, aprovechando que estábamos en forma. Por ejemplo ir de Madrid a Valencia en bicicleta. Ir de Madrid al pueblo de mis padres, en Extremadura, aprovechando para utilizar el entrenamiento al mismo tiempo como un medio de transporte. Hacer marchas nocturnas en bicicleta por las sierras alcarreñas y conquenses. Participar en la clásica Quebrantahuesos o la de la Sierra Norte de Madrid. O puestos a empaparme de las tradiciones rodadoras históricas, me hice parte de la ruta hacia Paris en bicicleta, concretamente desde Alovera hasta más allá de los Pirineos, rememorando a aquellos randonneurs españoles de principio del siglo XX, que salían en bicicleta varios días antes para participar en las pruebas galas.
Todo era poco para una ciclomaratón que merece los mayores calificativos por su dureza: Más de 1200 kilómetros que deben hacerse en menos de 90 horas en el que tu te gestionas las horas de pedaleo, descanso o sueño, teniendo que pasar una serie de controles horarios durante el recorrido, incluidos algunos secretos para que no haya lugar a la trampa; terreno ondulante, muy rompepiernas; abandonado a tu suerte excepto cada 100 kilómetros que tenías la posibilidad de apoyo y asistencia (precisamente en los controles), pero nada entre medias, tu te arreglas tus averías, tu llevas tu comida, lo que necesitas, tu regresas por tus medios si ves que no puedes continuar… De ese modo, el aspecto de los “randonneurs” o “rodadores” es una extraña mezcla entre los antiguos “randonneurs” del siglo pasado, con sus luces en la bici y en la cabeza, cuales mineros, sus bolsas delanteras y traseras, sus alforjas, sus guardabarros (y hasta algunos sus patas de cabra), sus caras desencajadas por la fatiga y el sueño, su falta absoluta de vergüenza para echarse a dormir en los sitios más insospechados (cuneta, hierba, pajar, esquina de un bar, bajo la mesa de un restaurante, en todos lados aparecían randonneurs durmiendo a pierna suelta para recuperar un poco las fuerzas), su suciedad acumulada durante horas y a veces días, todo ello mezclado con las nuevas máquinas, más sofisticadas, con la indumentaria más moderna, con el goretex y en fin, la nueva tecnología que ayude a hacer menos sufrido el esfuerzo.
Al llegar a la puerta del Polideportivo de los Derechos del Hombre, en Goyancourt, de donde salía la PBP, nos encontramos un gentío ya esperando, pese a que faltaban unas tres horas para la salida. Hay ambiente de nervios por la prueba y por las previsiones meteorológicas, que no son nada halagüeñas, pero sobre todo de expectación por empezar a pedalear, por empezar a devorar kilómetros.
Un cielo cobrizo amenazaba lluvia a los miles de ciclistas venidos de todos los rincones del planeta. En el lado europeo predominan los franceses, pues juegan en casa, además de los alemanes, británicos, italianos, españoles y daneses, por este orden. De otros continentes, lo que más se ve son estadounidenses, australianos, canadienses y japoneses. Parece increíble la cantidad de gente de países tan variopintos que mueve esta ruta organizada por el Audax Club Parisien. El caso es que algunos se comportan como si vinieran durante años. Los más inquietos parecen los japoneses, que no paran de hacer fotos, observar cada detalle y escudriñar el cielo.
La edad media tampoco es muy baja que digamos. A mis 44 años, casi me puedo considerar un pipiolo ante las canas que se advierten bajo los cascos, pues la media está por encima de los 50.
Tras la larga espera en la que los ciclistas nos entreteníamos haciendo la ola, pasamos el control de las luces, de la bicicleta y de la casulla o peto reflectante. Mi bici pasa el control, aunque el controlador se queda mirando tanto los peculiares radios de mi rueda, como el más peculiar guardabarros casero que lleva mi bici, un improvisado guardabarros fabricado por Josu, hecho a partir de una botella de plástico cortada por la mitad y acoplada al transportín trasero. Ingeniería de la reutilización. Aunque estamos metidos en esta élite de rodadores, aún se nota que somos de Pedalibre: Cutres pero eficaces.
Mi bici de carbono multidireccional no causó sensación alguna, allí las bicis que causaban sensación eran las más antiguas, las que pareceían sacadas por arte de magia de una de esas viejas fotos en las que un señor con bigote daliniano y gorra de esparto la sujeta sobre un fondo onírico. También causaban sensación las de piñón fijo, que increíblemente las había pese a lo escarpado del terreno. Tampoco pasaban desapercibidas las recostadas, los tandems, los artilugios en forma de huevo aerodinámico y otras lindezas que habían salido un rato antes que los de las bicis “normales”.
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Texto: Juan Merallo Grande
Fotos: Remedios Sancho y Juan Merallo
Fecha de publicación: Septiembre de 2007
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