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A las 22,30 del lunes día 20 de agosto nos dan la salida. El presidente de la república francesa en diferido, unas cuantas arengas sobre seguridad y comportamiento cívico, una cuenta atrás y finalmente un chupinazo indican que puedes empezar a dar pedales. Yo, al oír el chupinazo no puedo evitar gritar “Viva San Fermín”, pero se ve que no había pamplonicas a mi alrededor, porque nadie contestó el correspondiente “Viva”.
Con el chupinazo comenzó también la lluvia. No era un buen augurio, pero al menos sirvió para que la gente no saliera muy escopetada por miedo a resbalar y se pudiera rodar de salida a un ritmo más humano que el que me habían advertido que normalmente se imponía. Ya era de noche, así que se veía una amplia estela de luces rojas de frente que sólo había que seguir.
El grupo de la ya típica convivencia madrileño-salmantina íbamos juntos. Ambos pertenecemos a grupos de ConBici (Josu y yo a Pedalibre; José, Paco y Ramón a Amigos de la Bici de Salamanca), pero esto de la PBP, aunque algo, tiene poco que ver con la filosofía de ConBici, del cicloturismo Sin Prisas y de la bici como medio de transporte. Esto es otra cosa.
Después de un momento incluso dejó de llover y todo se veía de color de rosa, montones de personas animando al paso de los ciclistas, sensaciones vívidas de estar metido en algo muy especial, en algo que sólo se hace cada cuatro años y de lo que vienes oyendo hablar desde hace tanto tiempo, y ahora tu eres parte de todo ello. En las hondonadas, cuando has bajado y vas a comenzar a subir, a veces se veían por delante varios kilómetros de silenciosas luces rojas y, si mirabas hacia detrás, otras tantas luces blancas. Nunca había visto nada igual, me impresionó muchísimo.
Como ya me habían avisado, Francia no es tan llana como dicen, es un continuo sube y baja de lo más incómodo. Donde yo vivo ahora, si subes, subes durante unos cuantos kilómetros, y si bajas, bajas durante otros cuantos kilómetros, pero aquí las subidas y bajadas son cortas, de desniveles diferentes y no te dejan coger un ritmo, cambiándotelo continuamente, algo a lo que algunos no estamos acostumbrados y a nuestro cuerpo le pilló un tanto de sorpresa.
En cada cruce había una flecha que te indicaba la dirección y en algunos cruces más conflictivos había personal indicando, en ocasiones improvisados vecinos del pueblo por el que se pasaba, aunque fueran las tantas de la noche. A veces no había nadie, no tenían obligación de ello. Generalmente te fíabas de los que iban delante, pero no dejabas de mirar las flechas, por si acaso los de adelante se hubieran confundido y nos llevaban al resto a la perdición.
Un rato antes de llegar a Mortagne au Perche comenzó a llover con insistencia y no lo dejó hasta unas tres horas más tarde, ya amaneciendo. En Mortagne los nuevos andábamos desorientados, no había que sellar a la ida (si a la vuelta), pero estaba el pabellón tan lleno de gente que entramos por si era un control secreto. En realidad la gente se estaba refugiando de la lluvia, en espera de que lo pudiera dejar, pero no. El viento es del oeste, o sea de borrasca, o sea en contra, a trozos bastante fuerte y desagradable. Esto nos deja totalmente calados y algo fríos.
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Mortagne au Perche-Villaines la Juhel (km 222)
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Como siempre ocurre al llover, la sensación de humedad te hacía olvidar que tenías que beber y había que recordárselo al cuerpo y a la mente de vez en vez. La oscuridad era absoluta durante la lluvia nocturna, pues la luna estaba tapada por las nubes. El agua me caía en las gafas (de las nubes y de lo que salpicaban las bicicletas) y me dificultaba aún más la visión, no veía casi nada pese a las potentes luces blancas frontales que llevábamos. Para mí la única solución era seguir las luces rojas que iban enfrente y confiar en no pillar un bache de importancia, porque podía irme al suelo. Tuve suerte, pues baches los había, y muchos, en la carretera de salida de Mortagne.
Casi estábamos deseando subir, pues bajando el cuerpo se quedaba frío y no daba tiempo a ver por donde se circulaba. El casco me estaba haciendo más perjuicio que beneficio, porque su visera no servía para quitar la lluvia, mojándoseme más las gafas e incrementando la posibilidad de caída. Ya me lo decía mi abuela: donde esté una buena gorra. Al llegar al próximo control, en Villaines, me puse la gorra con visera, que me permitió ver mucho mejor, me hizo sentir más seguro y avanzar con más decisión.
Tampoco podías seguir a otros ciclistas para que te quitaran el viento, pues te echaban unas cantidades insoportables de agua en la cara y el cuerpo. No todos llevaban guardabarros y esos estaban muy codiciados. Yo era uno de los codiciados, pues llevaba el guardabarros casero antes comentado.
Hubo un momento en el que la lluvia era tan fuerte y la riada que venía por la carretera abajo tan enorme que pensé francamente que la prueba se iba a suspender. Las noticias en los días anteriores sobre inundaciones en Europa me hacían pensar que estábamos ante un episodio de ese tipo y que en el siguiente control nos iban a decir que nos fuéramos para casa. Por fortuna no acabó siendo así.
En Fresnay sur Sarthe (195 kms) paramos Paco, Ramón y yo a tomar un café (Josu y José siguieron camino), estaba amaneciendo y éramos los primeros clientes de un sonriente camarero que sabía que esos días iba a estar muy ocupado. En el servicio escurrí la ropa que llevaba puesta y salía agua como si la acabara de sacar de un barreño.
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Texto: Juan Merallo Grande
Fotos: Remedios Sancho y Juan Merallo
Fecha de publicación: Septiembre de 2007
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