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Después de 26 horas de pedaleo y más de 40 horas sin dormir, sólo tenemos ocasión de conciliar el sueño durante cuatro horas, pues tenemos que sellar en el control de Carhais antes de las 10,25 del miércoles y nos separan 75 kilómetros. Sin embargo parece mentira lo que esas cuatro horas de sueño reponen, pues nos sentimos fuertes como toros y salimos muy enteros, en un tramo mañanero que llueve menos y que permite disfrutar del pedaleo, pese a un buen número de cuestas de importancia. Eso si, los huesos un poco entumecidos por la humedad del suelo de la tienda y del saco. Todo está húmedo. El asfalto también.
Cuando salimos a las 6 de la mañana, pensamos que vamos a ir casi solos, pero estamos confundidos, hay ciclistas por todos lados: por delante, por detrás, ciclistas que nos pasan, ciclistas a los que pasamos, muchos ciclistas que vuelven ya. Josu se vuelve a reencontrar y tira hacia delante.
En Corlay (km 490) tenemos un control secreto que la organización tiene preparado. En ese momento está chispeando, así que se agradece entrar durante un momento en un sitio seco, pero también es cierto que vamos pensando en llegar a tiempo a Carhaix, así que no sienta bien esta pérdida de tiempo. De todos modos, tiene uno la sensación de que a medida que pasaban los kilómetros, la lluvia cada vez importaba menos. Indudablemente seguía siendo molesta, no te dejaba ver bien, te hacía tomar más precauciones y por ello a ir más despacio, no te permitía seguir a rueda de otros ciclistas, pero quiero decir que cada vez importaba menos en el sentido de que a base de notarla caer durante tanto tiempo, uno se acostumbraba a llevarla puesta, a ir mojado y a tener que pedalear para secarse y para quitarse el frío.
Mucho peor era el viento, que aunque no soplaba siempre con la misma intensidad, hacía más duro el avanzar, de ese modo, un llano te suponía un esfuerzo similar al de una ligera subida, y en las bajadas sin mucha pendiente, había que pedalear con cierta intensidad para alcanzar la sensación de que estabas bajando. Todo eso, lógicamente, iba minando las cada vez más escasas reservas de energía.
A unos 40 kilómetros de Carhaix nos pasan José y Paco como una exhalación a Ramón y a mí, diciéndonos que apretemos, que vamos en tiempos para entrar fuera de control. No es esa la sensación que tengo yo, así que vuelvo a mirar la hora y los kilómetros que nos faltan y veo que no, que vamos bien, con una cama de media hora (en realidad era hora y media porque nosotros habíamos salido una hora más tarde, en el cuarto grupo), así que se lo digo a Ramón que se queda también tranquilo el hombre. No estoy dispuesto a pegarme ningún exceso apretando el ritmo más de lo necesario, tengo un respeto, por no decir miedo, enorme a esta prueba y guardo la secreta sensación de que toda fuerza malgastada me puede pasar factura más adelante, por lo tanto continúo con mi ritmo cansino pero constante en pos del control de Carhaix. Esto no quiere decir que no aprobara el ritmo que se habían impuesto José y Paco. Como cicloturista de alforjas he tenido ocasión de comprobar que es tan agotador ir muy rápido que a un ritmo muy inferior al tuyo, que esto último, por increíble que parezca, también cansa mucho. Para una prueba de la calidad y del esfuerzo de la PBP es imprescindible ir cómodo en todo momento con el ritmo que llevas, a veces incluso a costa de no ir durante un tramo con tus propios compañeros. Cada detalle que te permita ahorrar fuerzas o avanzar a gusto con el uso imprescindible de las tuyas, tiene que ser usado y aprovechado en pos de conseguir acabar la prueba en el tiempo previsto.
Llegamos con la prevista media hora de sobra a Carhaix y partimos hacia Brest, tramo que hago sin compañeros, pues unos van por delante y otros por detrás. Entablo conversación en inglés con un ciclista francés de Toulouse, que también ha perdido a sus compañeros, dice que por haberse quedado dormido más de la cuenta, y se nos pasa sin darnos cuenta la mitad del recorrido a Brest con la charla. Hablamos de sensaciones, de experiencias, de como resulta ir en bici por un país y el otro, de la práctica ausencia de arcenes en las carreteras francesas, del mayor respeto de los conductores franceses hacia los ciclistas, de las pruebas que hay en España y de las que hay en Francia, también saco yo el tema del ciclismo urbano, de la reglamentación ciclista, la comparamos, la estudiamos. El caso es que el tiempo se nos pasa volando.
Esto de hablar de vez en cuando con el resto de ciclistas lo considero algo primordial. En primer lugar porque es enriquecedor conocer las opiniones y costumbres de ciclistas de otros países y culturas. En segundo lugar porque uno de los peores riesgos que le veo a esta prueba es el aburrimiento, que te puede llevar a la apatía, de ahí a la negatividad y de ésta al abandono. Pero claro, para ello es necesario conocer idiomas. Con el inglés te puedes entender con la mayoría de los no franceses y con algunos franceses. El francés es, lógicamente, interesante para hablarlo con los ciclistas del país y con los voluntarios y otros personajes del mundillo de esta prueba.
No llueve apenas en este tramo e incluso sale el sol tímidamente de vez en cuando, eso anima mucho y te hace darte cuenta de lo fantástico que debe ser hacer esta prueba con una climatología más favorable. Si a eso se le une que se circulaba rodeado de bosques, no era raro que echara de menos mi cámara de fotos en esos tramos, para haber podido reflejar todo lo que estaba viendo, pero la tuve que dejar por miedo a que se mojara. Sólo en este mismo tramo, y a la vuelta, pude usarla.
La llegada a Brest es preciosa, con las vistas del puente de la ría que desemboca al mar, y la bahía. Eso sí, con un aire que sigue pegando en contra o lateral, generalmente muy fuerte. La cuesta arriba de llegada al control de Brest es de las buenas, con un desnivel fuerte, pero me la subo cómodo, sin forzar y, sin embargo, pasando gente todo el rato. Está claro que en pocos países hay los desniveles que hay en España y los ciclistas españoles somos, por ello, escaladores natos. Tras más de la mitad de la subida nos llega el susto al ver a un ciclista aparentemente accidentado o desmayado, atendido por la ambulancia.
No vi muchos accidentes, sólo alguna caída sin mayor importancia, pero sí presencié dos escenas que estuvieron a punto de convertirse en algo trágico, una por culpa de un automovilista y otra por culpa de un ciclista. A mi esas visiones me hicieron extremar aún más las precauciones.
Al llegar al control de Brest no puedo evitar hacer comparaciones. El tramo Paris-Brest que he hecho es una distancia similar a la que hay de Madrid a Barcelona y lo he hecho en un periodo de tiempo relativamente corto. Esto me hace sentir la magia de la bicicleta, el tremendo poder que tiene como medio de transporte también para distancias largas y ese pensamiento, como persona reivindicativa de este vehículo, me llena de satisfacción por haberlo podido hacer por mis propios medios.
Cuando voy hacia la comida acompañado por Antonio vemos subir la cuesta de llegada a Emilio, de Pueblo Nuevo (Madrid). Nos saludamos muy rápidamente, esperando vernos más tarde, aunque al final no nos vemos. Una pena, porque Emilio es una persona muy agradable con quien compartir el pedaleo. Ojalá que llegara bien.
Devoramos la comida, repitiendo plato para coger el mayor número de energía posible. Josu nos cuenta su insólita conversación con el lehendakari durante este último tramo y nos reímos un rato. El ambiente de la comida es extraordinario y la moral está muy alta. El sol está calentando, secando nuestro cuerpo y nuestra ropa, al menos por el momento.
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Texto: Juan Merallo Grande
Fotos: Remedios Sancho y Juan Merallo
Fecha de publicación: Septiembre de 2007
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