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    Amigosdelciclismo.com > Artículos > Relatos > Paris-Brest-Paris > 6/9

Brest-Carhaix (km700)

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Reponiendo fuerzas en Brest
Salimos esperando encontrar a favor el viento que hemos llevado en contra durante tantos kilómetros. Sí que lo tenemos en ocasiones, y se nota, pero a veces viene norteño, o sea frío y lateral, que nos dificulta avanzar.

Psicológicamente es gratificante empezar a “volver”, ya parece que todo es restar en vez de sumar como hasta ahora. Además pasas por lugares que reconoces de cuando has ido hacia Brest y que el terreno te resulte familiar también ayuda.

Se ven cosas muy peculiares en ruta. Algunas muy duras, como gente parada en las cunetas, apoyados en sus bicis, medio mareados o medio dormidos; gente que al llegar a los controles no sabe ni para donde ir, como zombies, andando con dificultad y con la cara desencajada. Durante la ruta les conté a mis compañeros lo que me había impresionado ver así a la gente, y uno de ellos me dijo: “bueno, deberías verte tu mismo” (glups). También ciclistas dormidos en sitios inverosímiles: encima de la hierba mojada, sobre un bordillo, una postura casi de equilibrista sentado en su bici y con la cabeza apoyada en una farola… Pero sí, quizás debería hablar de mi mismo. No recuerdo haberme visto tan al límite como otras personas que observé, pero si recuerdo algunas escenas, como cuando tuve que recibir la ayuda de los controladores en una ocasión para sacar el carné de ruta y la tarjeta de mi bolsa de credenciales, porque tenía las manos empadadas y me costaba mover los dedos de la humedad. También recuerdo los últimos días escenas patéticas al bajarme de la bici, pues parecía tan acoplado a ella, que al bajarme parecía que me iba a caer al suelo. Y luego está lo del último día, pero eso vendrá después...

Llegando a Carhaix empieza a llover de nuevo, para no dejarlo en toda la noche. Allí nos enteramos que Gene y Juanal, los compañeros salmantinos que estaban haciendo la ruta en tándem, han abandonado. La lista de abandonos es ya grande en las filas salmantino-madrileñas, pero los de 90 horas seguimos todos vivos.

Carhaix-Loudeac (km 775)
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Ciclista empapado en agua
Desde el control de Carhaix les contamos por teléfono a los del apoyo que no sabemos donde está Josu, que creemos que por detrás, pero que no estamos seguros. Ramón dormita sobre una mesa, yo intento poner en orden mis ideas y estirar un poco las piernas, que me empiezan a doler por primera vez en la ruta. José inquieto, pues ya se estaba quedando frío. El apoyo nos cuenta que no esperemos a Josu, que sigamos. No sabemos como interpretarlo, si es que Josu ya está por delante o si ha abandonado. Luego sabremos que llegaría unas dos horas después que nosotros a Loudeac, destrozado, con múltiples problemas físicos, donde abandonaría.

Al salir de Carhaix vemos que sigue lloviendo. El tramo Carhaix-Loudeac es de lo peor que recuerdo de la ruta. No dejó de llover durante toda la noche, el desnivel era un continuo sube y baja que había que ir adivinando según las piernas te dictaban, porque al ser de noche la vista no te permitía ir definiendo las marchas a utilizar en razón del perfil visual.

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Explosión de alegría
Ramón y yo nos quedamos solos y decidimos unirnos a un grupo muy numeroso de luces blancas y rojas (no se veían caras ni bicicletas a esas horas, sólo dichas luces) comandados por un grupo joven de ciclistas vascos con los que hicimos buenas migas. El ritmo era fácil de seguir y nos iba bien, porque: faltaban aún muchos kilómetros para acabar el día, estaba lloviendo y eso lo hacía más duro, podíamos perdernos y era mejor ir con un grupo numeroso y, sobre todo, la PBP no acababa ese día, no podíamos permitirnos llegar desfondados por la noche si queríamos salir con ganas de seguir al día siguiente. Por lo tanto nos amoldamos al ritmo del grupo cabecero, pero a una marcha asumible. Aún así se nos acabó haciendo duro por la lluvia, por el terreno y por el cansancio acumulado.

Al llegar al camping de Loudeac a eso de la 1,30 de la madrugada nos duchamos. Me resultaba extraño ducharme con lo húmedo que estaba de toda la lluvia que nos había caído, de hecho tenía los pies blancos y arrugados, pero lo cierto es que el agua caliente le sentaba bien al cuerpo. Dimos cuenta de una pequeña cena y a la misma tienda de campaña húmeda del día anterior, que parece que hubieran pasado varios días y en realidad habían pasado sólo 24 horas. Pese a la humedad, dormí como los ángeles, aunque sólo dos horas y media, pues de nuevo había que salir temprano para llegar a sellar a las 12 a Tinteniac.

Loudeac-Tinteniac (km 860)
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Espaguettis que no falten
El jueves era primordial para acabar la París-Brest. Si llegábamos por la noche a una hora prudente a Mortagne au Perche, el viernes podía ser un paseo triunfal de entrada a París. La idea era llegar a Mortagne a eso de la 1 de la madrugada como máximo… pero aún tenían que pasar muchas cosas. Eran “sólo” 310 kilómetros a realizar en el día. El sueño había sido reparador, pero las piernas ya dolían de verdad ¿Por qué me dolían las piernas con todo lo que había entrenado? ¿Sería la lluvia, sería la terrible orografía gala?

Antonio y Edu estaban enrolados en el apoyo tras sus abandonos, lo que les engrandece, porque lo normal después de abandonar hubiera sido amargarse y desentenderse, pero no, se quedaron a ayudar a sus compañeros, para que ellos al menos lo lograran. A mi me emocionaba verles ayudarnos y me obligaba aún más a terminar la ruta. Antonio me engrasó la bici, Edu me dejó un pantalón largo seco, unas zapatillas del 42 también secas, las mías llevaban chorreando desde el primer día y empezaba a sentirlas incómodas. Fueron dos bendiciones que me vinieron al pelo y que estoy seguro me ayudaron mucho. Por supuesto, dar las gracias también al resto del apoyo. Reme aguantó toda la ruta apoyando como una campeona. La mujer durmió casi tan poco como nosotros, se levantaba media hora antes que nosotros para tenernos preparado el desayuno y, debido a la humedad y al frío que pasó, acabó pillando una tos que dos semanas más tarde aún está curando. Por otro lado, Luis y Julián estuvieron los primeros días e hicieron también una labor ejemplar, Luis ofreciendo su experiencia de otros dos años en la PBP y Julián empeñado en empaparse del mundillo, quien sabe si con la intención de venir dentro de cuatro años a intentar acabar la prueba. Todos ellos de forma voluntaria. Muchas gracias.

El tramo hasta Tinteniac se hizo bastante bien, dado que estábamos con la frescura de la mañana, acompañados buena parte del tiempo de un grupo numeroso, que iba a un ritmo bastante constante. José les ponía la rueda de vez en cuando para incrementar el ritmo, pues el hombre no se veía bien a esa velocidad, lo que ocurre es que cuando él tiraba, quienes no íbamos cómodos éramos los demás. Está claro que teníamos diferentes piernas, él había hecho más de 1.500 kilómetros más que yo este año (9000 y pico, ante mis 7.500), yo venía de una sequía ciclista de tres años haciendo una media anual de sólo 3.000 km y es lógico que no lo sintiéramos igual. El caso es que José tira hacia delante, lo que me parece lo correcto, como he explicado antes.

Poco rato después pasamos un nuevo control secreto en el que sólo paramos lo imprescindible, llegando a Tinteniac poco antes de las 12 de la mañana. La mañana está muy plomiza, con aire lateral del norte y chispeando de vez en cuando.

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Texto: Juan Merallo Grande
Fotos: Remedios Sancho y Juan Merallo

Fecha de publicación: Septiembre de 2007

 
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