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Son sólo 56 kilómetros hasta el próximo control, así que los afrontamos con ganas, yendo a una media aceptable.
Saludamos a varios españoles que nos reconocen por el chaleco de Amigos de la Bici que llevan los compañeros.
Durante unos cuantos kilómetros lidero un numeroso grupo, mientras rodamos a un ritmo aceptablemente ligero para estas alturas. Me acompaña en paralelo un gallego residente en Mallorca, con el que ya he coincidido varias veces en la ruta. El hombre anda un poco mosca con sus compañeros de hazaña por no sé que razón, así que agradece un rato de charla para olvidarse de los malos rollos. Tuvo una avería que solucionó comprando una rueda nueva, por lo que anda retrasado con respecto a como querría ir. Ya en un par de ocasiones me dijo que no veía claro que pudiera llegar a los controles y en ambos casos le tranquilicé explicándole que, según mis cuentas, y salvo percances, estábamos en los tiempos. Hablando descubrimos que había leído mi crónica sobre mi ruta cicloturista a Cuba en amigosdelciclismo.com. y tenemos una charla agradable que termina cuando se me sale la cadena en un repecho.
A medida que avanzaba la prueba se incrementaban los gestos de solidaridad. El ambiente que tiene la prueba es algo que te mantiene vivo. Toda esa gente animando, toda esa gente colaborando, las múltiples mesas al borde del camino de gente ofreciéndote café, chocolate caliente, lo que tienen más a mano. Todo eso te emociona, te hace sentirte más fuerte y obligado a responderles con tu pedaleo y, cuando menos, con tu sonrisa. Lo cierto es que al principio de la ruta respondía ante estos halagos y aplausos con un saludo con la mano, un “merci” y una sonrisa. Más adelante, cuando el cansancio empezó a hacer mella, la mano se quedaba en el manillar y sólo decía un tibio “merci” y una sonrisa siempre sincera. El tercer día ya me ahorraba también el “merci”, pero siempre, siempre tuve al menos una sonrisa, que espero no pareciera muy forzada, para esa gente que te animaba y ayudaba de forma tan desinteresada.
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Fougeres-Villaines la Juhel (km 1003)
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Llegamos a Fougueres a eso de las 3 de la tarde del jueves. Al ir a comer, vemos como José ya sale dirección Villaines, por lo tanto nos lleva una ventaja de al menos una hora. Paco, Ramón y yo llegamos más o menos juntos. Comida de nuevo bajo la misma parada de autobús, que nos protege de la lluvia que sigue cayendo. Yo como con ganas y abundancia y estoy deseando salir para no llegar muy tarde.
Me acaban de contar que por la tarde tenemos que hacer 170 km y me asusto. Cuando yo salgo a hacer desde mi casa 170 km me parece una distancia respetable para hacer en un día y necesito un buen número de horas para acometerlo. Ahora tengo que hacerlo en una tarde, con una paliza de más 900 kilómetros en el cuerpo desde el lunes por la noche, mojados, la salida es cuesta arriba y además habiendo hecho ya ese mismo día unos 140 km Es uno de los momentos mentales más frágiles de mi PBP. Tengo que echar mano de toda mi parafernalia de pensamientos positivos. Pensar sólo en el próximo control, el de Villaines, no en el total. Pensar sólo en pedalear, comer, beber, pensar que sólo quedaba un día, en mirar el paisaje, fijarme en las bicicletas de los otros ciclistas, en su indumentaria, charlar con algunos de ellos, etc.
La mente es muy importante en esos momentos. Son tantas horas encima de la bici que te da para pensar muchas cosas y si dejas que el mono loco de la mente se vaya por donde quiera en seguida lo vas a empezar a ver todo muy negativo, así que había que estar continuamente contradiciendo las malas sensaciones. Ante el “que frío hace” el “pedaleando voy calentito”. Ante el “cuanto llueve” el “ha llovido tanto que seguro que ya lo deja y además, pese a la lluvia, aquí estoy”. Ante el “vaya cuesta se nos viene encima” el “a los españoles no nos asustan las cuestas, y además luego vendrá una cuesta abajo” Así todo el tiempo, una lucha contra el tiempo, contra los elementos y, además, una lucha continua contra tu propia mente. Pero todo ello dentro de una aparente calma, sin dejarte comer por el agobio.
En cuanto al físico, todo se limitaba a pedalear con plato pequeño y cadencia alta en las subidas más fuertes, plato mediano en el llano y dejarse caer en las bajadas, aprovechando para hacer algún estiramiento, tanto en las piernas como los lumbares, los brazos y la espalda.
Así se me pasaron muy bien los kilómetros y fui cogiendo ritmo, pese a ir sólo al principio. En una de estas alcanzo a Paco, que va despacio, me cuenta que no va muy fino, que no le entra muy bien la comida, que le duele el talón y no sé cuantas cosas más. El hombre está quejoso, no se siente bien. Vamos juntos hasta Villaines, donde nos alcanza Ramón.
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Villaines la Juhel-Mortagne au Perche (km 1085)
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Llegamos al control de Villaines con lluvia y salimos con lluvia. Nos tememos lo peor, otra noche lluviosa como la anterior, pero ahora nos quedan más kilómetros y es más tarde. Paco nos conmina a que vayamos juntos, que la noche es dura y que estando juntos puede ser más llevadero.
Este tramo se me hizo eterno. Unas veces porque paraba yo, otras porque paraban otros para tomar un café, el caso es que se nos hizo muy tarde. Creo que este tramo fue para mi lo más duro de la PBP y como íbamos obligándonos a ir juntos, seguramente acusamos las paradas y los momentos que uno mismo podría haber seguido pedaleando, de todos modos, tampoco le hacía ascos a no forzar la máquina, así que me daba por satisfecho. Si es verdad que hubo paradas, como la del mismo bar que nos detuvimos a la ida, en la que Paco tomaba un café y Ramón se echó a dormir en una escalera, que yo pensaba que podía estar pedaleando, pero creo que el sentido del compañerismo es parte de la PBP. Ellos también me habían esperado en otras ocasiones, y si bien es discutible si es más eficaz ir en equipo o a tu propio ritmo en una prueba como esta, creo que depende mucho de los momentos y, en definitiva, pienso que, si al final lo acabamos todos, seguramente hicimos lo más correcto en cada momento, dentro de las circunstancias.
En esta parada del bar que acabo de comentar, recuerdo una escena de la que ahora me río al imaginármelo, pero que entonces me resultó patética. Saqué un sándwich de los que nos preparaban los del apoyo. Iba mal envuelto en plástico y se había mojado por la lluvia. No hay nada más asqueroso que un sándwich con el pan mojado, pero era mi último sándwich y yo tenía que comer, por lo tanto no se me ocurrió nada más que cogerlo con las dos manos y escurrirlo como si fuera un trapo mojado, chorreando buena parte del agua. Quedó como un rollo de primavera, y así me lo comí, sin mirarlo, sólo pensando que era alimento. Tampoco estaba tan malo.
En Mamers, a 25 km para llegar a Mortagne, Paco nos pide que paremos a tomar un café que ofrecen unos voluntarios en el borde de la carretera. Yo no tomo café, porque increíblemente no tengo problemas de sueño, pero aprovecho para comer algo, sentado en un bordillo, al otro lado de la calle. Al rato me llama Ramón, pues Paco está sentado en una silla, mareado, no puede levantarse. Le decimos que si llamamos a la furgoneta para que vengan a recogerle. Dice que no, que sigue en un momento, como así es. Vamos despacio y un tanto asustados.
La noche nos ha respetado bastante en cuanto a lluvia se refiere, pero al ir llegando a Mortagne comienza a llover de nuevo, justo en lo peor, en un tobogán de subidas y bajadas.
Llegamos a las 3 y 20. Ramón y Paco deciden irse a dormir, sin pasar a cenar. Yo prefiero cenar algo, por poco que sea, pensando en el día siguiente. Sólo dormiremos una hora y media, pero siempre es reparador dormir algo, por poco que sea. Dormí en toda la PBP un total de 8 horas solamente, pero las circunstancias así nos obligaron.
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Texto: Juan Merallo Grande
Fotos: Remedios Sancho y Juan Merallo
Fecha de publicación: Septiembre de 2007
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