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La entrada a la rotonda de llegada es imposible de calificar. Al primero que encontré fue a Edu, antes justo de la rotonda, que me hacía fotos y me gritaba con júbilo que lo había hecho muy bien. Pero la apoteosis fue al entrar a la rotonda. Por avatares del destino y de pararme en los semáforos cuando estaban en rojo (cosa que no hicieron unos españoles que iban conmigo y que se adelantaron) llegué sólo a la meta por lo que, al entrar en la plaza, de pronto escuché un gentío que aplaudía, vitoreaba, hacía fotos y aclamaba a alguien… ¡Era yo! No veía a nadie, al ir sin gafas, pero les oía y sólo se me ocurrió sonreír hacia un lado y otro lo mejor que la emoción me dejaba hacerlo. Luego el trámite de entrar al campo de fútbol, dejar la bici, sellar y recibir las felicitaciones de todo el mundo, brindar con champán con los compañeros y compañeras y, pensar en dormir, dormir como un lirón durante varios días.
En definitiva, es una lástima que el tiempo no nos haya permitido disfrutar un poco más de la ruta, aunque sin duda lo ha hecho mucho más valeroso, y aún así ha tenido muchos momentos interesantes y emotivos, haciendo de esta ruta una experiencia única en mi vida.
Lo que no entiendo (no puedo entenderlo, de verdad), es que llegué convencido de que no volvería, de que una de las razones que más me llevaron a continuar en los momentos difíciles era que, como no iba a volver a hacer la PBP, esta vez tenía que acabarla. Sin embargo al día siguiente mi mano escribía, según la experiencia aprendida, consejos para dentro de cuatro años, con la excusa de que podían servir para otras personas, pero en el fondo sé que los estaba escribiendo para cuando yo volviera. Algo tendrá la PBP ¿no?
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Texto: Juan Merallo Grande
Fotos: Remedios Sancho y Juan Merallo
Fecha de publicación: Septiembre de 2007
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