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En puertas de cerrar la temporada 2012, Joaquín Rodríguez se alza con una impresionante victoria en la Vuelta a Lombardía 30/09/2012 - Redacción / JG

En puertas de cerrar la temporada 2012, Joaquín Rodríguez se alza con una impresionante victoria en la Vuelta a Lombardía

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Satisfacción inmensa por parte de los miles y miles de aficionados con que cuenta este deporte de las dos ruedas tras el triunfo sin precedentes que acaba de lograr el ciclista catalán Joaquín Rodríguez en la clásica casi de cierre de la temporada rutera 2012, la Vuelta a Lombardía, que acaba de celebrar su 106ª edición, un testimonio que revaloriza esta prueba que reúne un largo historial. Nuestra alegría no queda solamente aquí. El asturiano Samuel Sánchez pisó también podio a raíz de su segundo puesto en la meta de la localidad de Lecco, población lindante en la zona sudeste del Lago de Como.

La modestia de Joaquín Rodríguez

Al escribir estas líneas en torno a la cautivadora actuación de los ciclistas españoles no podemos por menos que elogiar por una parte el valor de esta victoria obra de nuestro representante Joaquín Rodríguez en una competición de alta envergadura internacional. No es una corona conquistada como tantas otras. Es una noticia que entra en un campo de tono trascendente. Se debe tomar en consideración lo que ha significado para él esta Vuelta a Lombardía, comúnmente conocida como “La carrera de las Hojas Muertas”, que se identifica en el período otoñal. Efectivamente, no podemos silenciar el de que este triunfo, además, le ha servido para arrebatar en definitiva el primer puesto que poseía el corredor británico Bradley Wiggins en la denominada clasificación mundial del UCI World Ranking, que premia al ciclista más destacado de la temporada. Esta distinción, dicho sea de paso, la consiguió igualmente en el año 2010. Los datos de por sí evalúan la categoría de este corredor, casi diríamos, de vocación tardía, con sus 33 años.

En nuestro caso ahí está la temporada de 2012, una temporada que Rodríguez nos ha mantenido en vilo y en positivo. No ha habido medias tintas en sus páginas, gracias a su temperamento ponderado y a la vez batallador. Primero, todos lo sabemos, al conseguir un segundo lugar en el Giro de Italia, cosa que alcanzaba tras haber vencido con autoridad en la gran clásica belga Flecha Valona, una victoria que no pasó desapercibida. Vino el consabido paréntesis en el Tour de Francia, volviendo a ser actualidad en la Vuelta a España, en dura pugna con Alberto Contador (1º) y Alejandro Valverde (2º). Estos hechos son signos palpables de la grandeza desplegada por este corredor, que ha hecho su camino con humildad sin alardear de sus gestas. Hay campeones que sin quererlo se hacen ver. Necesitan mostrar su prestigio levantando nubes de incienso a su alrededor. La humildad de Joaquín Rodríguez, el ciclista de Parets, ha sido una virtud que en verdad que hemos admirado de él. Sus hazañas a fin de cuentas quedan escritas con sus actuaciones en la ruta. No hay necesidad de vanagloriarse a raíz de sus continuados éxitos en las carreteras de nuestro globo.

Una carrera vibrante

La Vuelta a Lombardía se inició en la histórica ciudad de Bergamo, cuna de Cayetano Donizetti, célebre compositor de ópera y autor de la obra universal conocida por Lucía de Lammermoor. Comenzó con un cielo acusadamente gris amenazante con la lluvia, que luego constituyó el ingrediente formal de la jornada, con unos ciclistas desbocados que elevaron la velocidad bajo límites insospechados. No había temor ante las seis cotas que se elevaban a lo largo de su recorrido. Destacaban, por ejemplo, el collado de Valico di Valcava, la empinada cuesta de Colma di Sormano y la conocida y tradicional subida al Santuario de la Madonna del Ghisallo, lugar de devoción ciclista en donde en otras décadas se fraguaron las victorias en los anales de la Vuelta a Lombardía. Hubo al principio una fuga de once componentes entre los cuales se encontraba el lugarteniente de Joaquín Rodríguez, el barcelonés Alberto Losada, que iba en plan de ir abriendo camino a su capitán, que llevaba en su interior el presentimiento y la decisión de dar el golpe de gracia en el momento oportuno como así fue. Una lección de lo que es el buen correr.

Luz verde para los inquietos

Todo más o menos se fue a pique en la dura cuesta de Sormano, que poseía un par de kilómetros terroríficos con una pendiente de inclinación del 15%, un inconveniente que hizo mella en los participantes y que a la larga repercutió en las últimas escaramuzas del día. Para la línea de llegada faltaban por cubrir la distancia de 82 kilómetros. El francés Romain Bardet se resistió a entregarse y continuó la aventura mientras sus fuerzas pudieron. Su juventud, 21 años, le empujaba hacia un objetivo casi imposible. Siquiera por espacio de hora y media se dio a conocer ante los mismos seguidores de la carrera. Luego, apareció otro forjador de kilómetros. Se trataba del belga Kevin De Weert, acostumbrado a esa clase de escaramuzas dada su veteranía. Con 30 años sobre sus espaldas conoce a fondo el oficio, sus ventajas e inconvenientes.

La cara y cruz de la moneda

Los micrófonos nos anunciaron que uno de los máximos favoritos, Philippe Gilbert, el reciente campeón mundial, que estaba en buena disposición para vencer, había sufrido una inesperada caída, como tantas otras que estuvieron a la orden del día, viéndose ante la obligación de dejar en la cuneta sus caras ilusiones. El ciclismo tiene inevitablemente estas páginas negras que no se pueden evitar a pesar del progreso vigente que nos rodea. Se circula por carreteras estrechas para no agobiar en las grandes carreteras a los vehículos rodados. La participación es más numerosa que nunca. Las casas comerciales tienen afán por triunfar en el mundo publicitario y propagar las delicias de sus productos que lucen los ciclistas sobre sus camisetas estampadas. Finalmente, no faltaba, aunque cueste decirlo, un clima realmente desapacible con una lluvia impertinente que daba dramatismo a la carrera, con los riesgos que todo ello comporta. El balance fue que Gilbert se nos fue. Entretanto el portugués Rui Costa movió recursos, secundado de lejos por el vasco Mikel Nieve. La cosa no fue a más. Un grupo de una treintena de corredores se hizo dueña de la situación. De entre ellos estaba el futuro vencedor, mientras la lluvia arreciaba a rachas todavía más, dejando la carretera como un espejo. Parecía que cada cual podía verse sobre la película de agua depositada sobre el asfalto.

El sabor de una victoria bien trabajada

En una subida cuya cota de altura era de apenas 522 metros, situada a nueve kilómetros de la llegada, envuelta por la densa niebla y al mismo tiempo acompañada por una lluvia acuciante, atacó con ímpetu y decisión Joaquín Rodríguez, afrontando un peligroso descenso, sabiendo que atrás ¡vaya pesadilla! iban en pos de él un grupo de seis unidades que se convirtieron en diez a poco de la meta, faltando tan sólo cinco kilómetros. La distancia que aventajaba al catalán era de tan sólo unos pocos segundos. Su diferencia oscilaba entre los siete y quince segundos y no más. Así estábamos todos con el cronómetro en la mano y con natural incertidumbre en nuestro interior. Tratábamos de vislumbrar su figura, la de Rodríguez, enfundado en la clásica elástica básicamente de tonalidad roja que corresponde al equipo ruso Katusha, con las interferencias de un clima convulso. No escatimábamos voluntad para tratar de ver lo que no veíamos con claridad. Pero al fin la victoria al fin llegó. Al vislumbrar a Joaquín Rodríguez triunfante con los brazos en alto no pudimos por menos que sentirnos poderosamente involucrados sugestionados por su gesta un tanto emotiva vivida en aquellos dantescos y postreros kilómetros, toda una loable recompensa que culminaba en un año de aciertos.

Los siguientes lugares de honor fueron ocupados, tal como hemos dicho, por Samuel Sánchez (2º), que llegaría a nueve segundos del ganador. A continuación, se clasificarían los colombianos Rigoberto Urán (3º), Sergio Luis Henao (5º), el italiano Mario Santambrogio (4º), el canadiense Ryder Hesjedal (6º), el holandés Bauke Mollema (7º), el suizo Oliver Zaugg (8º), el español Alberto Contador (9º) y el sueco Fredrik Kessiakoff (10º).

Los ciclistas españoles son predilectos

Es de destacar que tanto Joaquín Rodríguez como Samuel Sánchez han marcado en el curso de estas últimas temporadas un hito importante en esta Vuelta a Lombardía, en referencia a los lugares de honor cosechados. Dejando aparte lo de este año, un año con muchas flores, resulta que el corredor catalán, léase Rodríguez, ya fue tercero, con victoria inesperada del suizo Oliver Zuagg. Por lo que hace referencia al corredor asturiano, cabe recalcar sus segundos puestos alcanzados en los años 2006-09, y su tercero en la temporada 2007. Es de recordar en ficha aparte, el de que Pablo Lastras, consiguiera alcanzar el tercer lugar en el año 2010.

Retornando a este pasado que nos lleva a otros tiempos, también nos complace extender sobre el tapete otros corredores españoles particularmente agraciados en esta clásica internacional de tanto renombre. Destacamos a nuestro ciclista catalán Miguel Poblet, que consiguió inscribir su nombre, con un segundo puesto, en el año 1958, tras el italiano Nino Defilippis, en tanto que al año siguiente, pudo hacerse con el tercero, inclinándose frente a los belgas Henri Van Looy y Willy Vannitsen, por este orden. Nos quedaba en el tintero señalar la actuación del norteño Marino Lejarreta, tercero en 1988.

Los datos son los datos y la historia no podrá borrar los nombres de los ciclistas que con su esfuerzo y loable tesón encumbraron el poder mágico que tiene el ciclismo.

ImagenGerardo Fuster de Carulla es colaborador del portal Amigosdelciclismo.com, autor de varios artículos sobre historia del ciclismo y comentarista de las grandes citas del calendario anual de competición.




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