|
Fue un viaje de constantes cambios de paisaje, pasando de las cumbres nevadas del Pirineo, a la media montaña con una vegetación más seca de la Sierra de Guara y a los regadíos de la zona del Somontano.
Para sorpresa nuestra, los Monegros no fueron el esperado desierto y debido a las intensas lluvias de días anteriores, nos encontramos campos verdes con abundantes conejos y perdices que salían a nuestro paso. La mayor dureza de las tierras monegrinas radicó en pedalear durante 30 kilómetros por pistas de tierra sin encontrarnos a ningún otro ser humano y sin estar muy seguros si nuestra dirección era la correcta. Todavía recuerdo la sonrisa que se dibujó en nuestra cara al encontrarnos un lugareño que nos confirmó que el pueblo al que habíamos llegado era el esperado.
Como desierto podíamos calificar la comarca turolense de las zonas mineras entre el Bajo Aragón y la Sierra de Gúdar, una amplia extensión sin campos de cultivo, con escasez de árboles, casas y pajares derruidos, pésimas carreteras y pequeños pueblos con muy poca vida.
Suponíamos que el viaje iba a ser duro, pero no tanto como se hizo debido a las adversidades metereológicas. Si el primer día estuvo amenazando permanentemente la lluvia, ésta descargó tímidamente a tres kilómetros de nuestro final en Alquézar, pero no tuvo compasión en la etapa siguiente, ya que nos acompañó durante prácticamente toda la jornada; anocheciendo, mojados y cansados al llegar a Caspe, no nos quedaron ganas de hacer fotos al cruzar el Ebro.
El tercer día no llovió, pero apareció otro fenómeno metereológico más temido por los ciclistas, el viento, que convirtió las carreteras del Bajo Aragón en nuestro particular calvario. La chimenea de la central térmica de Andorra divisada desde todas las lomas de dicha etapa, nos servía de veleta al comprobar la dirección del humo. La última mañana nos recibió en tierras turolenses con temperaturas rondando los 5ºC, lo que unido a la dureza del paisaje y a la altitud que nos encontrábamos, por encima de los 1000 m, hizo que prácticamente no entráramos en calor hasta llegar a Alcalá de la Selva, donde por fin lució el sol y nos hizo sudar hasta terminar en la estación de ferrocarril de Mora de Rubielos.
<<< Volver
Seguir >>>
Comenta este reportaje en nuestro foro
Amigosdelciclismo.com/JG
Texto y fotos: José Antonio Ruiz Pérez de Pipaón y Quique Martín Muñoz
Fecha de publicación: Marzo de 2007
|