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¡Ya por fin en Galicia!, no es que Asturias estuviera mal, pero es que las últimas etapas nos han reventado bastante, a nosotros y a las bicis, y son las peores antes de Santiago. Así es la vida del peregrino, austera y sufrida aunque también seamos turistas, pero ya veremos qué hacemos con el año de indulgencia que seguramente nos otorguen al llegar a la meta.
Nos hemos encontrado con peregrinos tramposos, esos seguro que van al infierno derechitos: van con coche de apoyo llevando una mochilita muy ligera, y cuando hay demasiada cuesta se saltan etapas en el coche. Otros se las saltan en autobús.
Nosotros somos estoicos y fuertes, aguantamos más que las bicis. En Salas tuvimos que quedarnos un día mientras Jose volvía a Oviedo en autobús con la suya para que le cambiasen la horquilla, y yo como mis pedales hacían cric cric los cambié antes de que hicieran crac, pero lo que hizo croc sin avisar fue la cadena que se partió, menos mal que llevaba entre mis trastos un tronchacadenas con el que la empalmé un poquito más corta. Es que hemos metido las bicis por cada sitio que los demás peregrinos se quedaban alucinados, porque hasta andando les costaba trabajo avanzar, con las cuestas de piedras sueltas, barro hasta casi la rodilla, charcos profundos y hierba mojada. Era muy bonito con los bosques de castaños, abedules y robles, y mientras no deja de caer el chirimiri, nuestra respiración y nuestros cuerpos sudorosos formaban una nube de vaho en medio de la niebla espesa. Cuando volvíamos a salir a la carretera parecíamos gaviotas después de una marea negra, porque el fango nos salpicaba hasta las orejas. Pero ya hemos escarmentado, desde anteayer vamos siempre por carretera, a doble velocidad que los caminantes (los verdaderos). En casi cada etapa conocemos gente nueva que luego vamos dejando atrás, en Salas escanciamos una sidra con una peregrina muy maja pero que no era ciclista.
Los albergues de peregrinos están más o menos bien, en todos hay ducha caliente y alguien que ronca por la noche.
Hemos conocido también a una pareja de alemanes de sesenta y tantos añitos, y a un austriaco de menisco lisiado que va en coche haciendo autostop y espera en los albergues a sus dos sufridas amigas que llegan mucho después andando.
Ayer fuimos de Borres a Grandas de Salime, 60 km, pasando por Pola de Allende y el "puerto del Palo" de 1146m que os podréis imaginar por qué le pusieron ese nombre, fue parecido al de "la Espina" o la subida a la ermita "del Calvario" que jamás olvidaremos.
Pero el palo tuvo su premio: pude ver varias manadas de caballos salvajes que bajaban galopando y relinchando desde lejos para beber y revolcarse en una charca que allí había. Cruzaron la carretera, y fue impresionante ver como pasaban cerca de los curiosos que nos juntamos, el semental más grande primero como jefe de la manada. Según me explicó un abuelo que estaba allí con sus nietos, no son asturcones puros, pero algunos casi lo eran.
En Grandas, al llegar después de la paliza, tuve todavía tiempo y ganas de visitar el museo etnológico, está muy bien hecho, te paseas por una casa antigua, una carpintería, un molino de agua, una herrería, zapatería, telar, una taberna tal como eran en el siglo antepasado con todos los chismes que había en aquella época puestos en su sitio o a medio fabricar como si el artesano se hubiera ido a tomar un café.
Ahora estamos en Fonsagrada, el albergue es de lujo, gestionado por un cura. Mañana iremos de un tirón a Lugo a buscar una lavandería para estar presentables ante el apóstol. Seguiremos por carretera, ya sin hacer caso a las conchas señalizadoras, además resulta que los gallegos por llevar la contra o qué sé yo por qué las ponen al revés que los asturianos, cántabros y vascos.
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En Santiago de Compostela (28/8/2002)
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Pues sí, ya llegamos el pasado domingo 25. Los que nos seguíais por el mapa clavando chinchetas ya lo sospechábais. He estado en silencio porque esta ciudad tiene muchas cosas que ver y hay que venir a verlas aunque uno no sea peregrino.
Bueno, os dejé en Fonsagrada, camino de Lugo. Desde allí la carretera es buena, con poco tráfico y largas y rectas cuestabajos, donde alcancé 64 km/h, qué gustazo, pero hicimos un desvío por pista para subir la cuesta del antiguo hospital de peregrinos de Montouto, donde hay también un dolmen. El camino está lleno de antiguos hospitales de peregrinos en ruinas, no sé por qué será que los antiguos peregrinos eran menos resistentes: será porque comían poco, o demasiada carne, o se lavaban poco, o que ya salían enfermos esperando que el apóstol les sanase milagrosamente, porque seguro que tenían más fe que los de ahora, y luego caían durante el viaje.
También paramos en Paradavella a tomarnos nuestro ColaCao de todos los días que nos da energías por la mañana (perdonad la publicidad pero es para ver si nos patrocinan el viaje), en Casa García, donde el Jose se quedó prendado de los ojos de la tabernera. Yo me fijé más en su voz y en otras partes que no viene a cuento referir aquí. Le pedimos que nos sellara la credencial, para certificar nuestro paso por allí.
Últimamente, como hemos visto que nos sobra sitio en la credencial, pedimos sellos en todas partes donde paramos a comer o desayunar. En Casa García fue donde encontramos a los primeros peregrinos a caballo que hemos visto, una pareja con caballos preciosos. En Cadavo alcanzamos a nuestros amigos asturianos, dos peregrinos caminantes que durmieron con nosotros en Fonsagrada y salieron a las siete de la mañana. Ya los conocíamos de antes en Salas, cuando nos quedamos por problemas técnicos. Siempre es así, los caminantes madrugan para no pasar calor y coger sitio en los albergues. Nosotros, más perezosos, nos levantamos a las nueve y salimos a las diez, los alcanzamos unos 30 km y tres horas más lejos y paramos a comentar las vicisitudes del camino, tomamos un Zumosol y a veces comemos con ellos, que ya se quedan en esa etapa, y nosotros seguimos para completar la siguiente, otros 20 o 30 km.
En Lugo pensábamos quedarnos un día para conocerlo, pero no nos dieron buena acogida por ser ciclistas: en el albergue de peregrinos no dejaban meter las bicis, primera y única vez que nos discriminan así en todo el camino. Como fuimos a protestar a la oficina de turismo, como favor particular de la empleada nos dejó meter las bicis allí a pernoctar.
En Lugo además nos tocó madrugar, porque tocan diana a las siete levantando a todos los peregrinos, y nos vimos en el banco de un parque con nuestros trastos esperando a que abriera la oficina para recoger las bicis.
Desde allí sufrimos una paliza inesperada, porque para evitar el tráfico que ya era mucho, nos metimos por las señales, que nos guiaron por carreterillas secundarias que resultaron ser muy rompepiernas; un continuo subeybaja que nos dejó destrozados en Palas de Rei.
Allí se junta nuestro camino, el "Primitivo" que llevábamos desde Oviedo, con el "Francés", que ya os dije que es una feria de gente: el albergue lleno, muchos empezaron andando sólo un poco más lejos, lo suficiente para cumplir los últimos 100 km que se requieren para la "compostelana". También allí pudimos hablar con el primer ejemplar de cicloperegrina que hemos visto: se la veía super cachas, casi como nosotros.
Dormimos un poquito más lejos, en Melide, en un pequeño albergue junto a la carretera, sin camas ni agua caliente, todos tirados por el suelo de madera: cuatro alemanes, una portuguesa, otra francesa y otro español. Hay muchos alemanes, y es que tienen unos libros-guía muy completos, hasta del camino del norte, del que en español no tenemos ninguno.
Ya desde Melide sólo nos quedaban 66 km, que hice de un tirón sin parar, por carretera menos los últimos 13 km, para pasar por el monte do Gozo, que hice por
donde los caminantes, pidiendo paso continuamente.
También pasé junto al aeropuerto de Lavacolla, su nombre viene de "lava collae", donde los peregrinos se lavaban sus partes antes de entrar en Santiago. Ahora como han puesto el aeropuerto nos vemos obligados a lavarlas en algún otro sitio.
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Autor: Mario Arias
Fecha de realización: Agosto de 2002
Fecha de publicación: Junio de 2004
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