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| Santiago-Finisterre: Los preparativos |
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El camino de Santiago a Finisterre es uno de los retos más interesantes que se pueden tener en la ofera de bici de montaña con alforjas si se dispone de pocos días para pedalear. Se trata de una prolongación natural del camino desde Santiago de Compostela hasta Finisterre, justo hasta el mismo faro donde nos espera el último mojón en el lugar del final del mundo.
Este camino lo habíamos realizado en el 2003 pero con coche escoba. Esta vez lo íbamos a hacer realmente en varias etapas, llevando en las alforjas todo lo que íbamos a necesitar para la ocación. ¡Un auténtico reto para todos los que integramos la expedición!
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| Día primero: Santiago - Outes |
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Salimos temprano hacia Santiago con la intención de estar rodando con las bicis a eso de las 10.00 am, pero tras algún retraso sin importancia llegamos a Compostela -donde dejaríamos el coche- a eso de las 10:15, y nos pusimos a rodar a las 10:45.-
Llegamos a la plaza del Obradoiro y sacamos las correspondientes fotos de rigor para dar fe de que salimos "ad" Compostela como manda la tradición del camino que nos habíamos planteado hacer.
Los primeros metros del camino son por las calles de Santiago y de bajada. Emilio y Pepe, nos vamos haciendo a la idea de lo que es manejar unas bicis de…al menos 20 kilos (la mayoría de ellos pegados al eje trasero) por las alforjas, y Pili se hace a la idea de volver a tener los pies atados a los pedales después de 18 meses de baja ciclista por maternidad. Bea va descubriendo -500 metros más adelante que los demás- lo bonito que es ir sobrada en algunas situaciones…
Los unos y los otros nos vamos haciendo a nuestro nuevo status en la ruta, y según pasan los kilómetros vamos empezando a disfrutar de lo que el camino y el paisaje nos ofrecen.
El tiempo acompaña con un tímido sol que hace que el trote cochinero que llevamos nos deje tiempo para pasarnos en marcha la cámara de fotos para hacernos fotos y todo.
Van pasando los kilómetros y por tanto los pueblos. Augapesada, Ponte Maceira (primera galleta de Pili…sin importancia. Se le salió la cadena), y a la hora de comer, llegamos a Negreira como estaba previsto.
Tras buscar un restaurante para comer (cosa que en Galicia es bastante fácil) decidimos caer en una pizzería de estas que te dan lo que pidas. ¡Craso error!. Pedimos unos platos combinados que nos aseguraron "medianos" pero acabaron siendo infernalmente enormes. Evidentemente no quedó nada en el plato -como nos enseñaron nuestras madres desde pequeñitos- y tras el consabido "cortado con azúcar" nos fuimos a pedalear con los estómagos incómodamente llenos. Emilio y Bea, con más experiencia pedalera, fueron más frugales en la comida. Emilio se zampó una pizza que podemos considerar "XL" y bea un bocata tamaño "L", que al final se fue en parte a una de las alforjas.
Durante la tarde el cansancio empezó a hacer mella en nosotros. En una de las paradas a quitar las mallas largas, nos dimos cuenta que la digestión estaba haciendo estragos, y sólo de pensar que la parte más dura -técnicamente hablando- de la ruta estaba por venir…se nos ponían los pelos de punta.
Y llegó. Zonas inciclables, llenas de un barro pestoso, otras con piedras que son imposibles de pasar con una bici con alforjas. Imposibles de pasar…o no. Porque intentar siempre se intenta. Y no hay que desdeñar el efecto "trolebús", es decir…aprovechar la inercia que nos dan los más de 100 kilos de piloto más bici para "tirarse" contra la piedra con la intención de que la horquilla se coma la mitad del impacto y el resto de la bici pase el escalón con más o menos éxito. A veces funciona y a veces no. Pero intentar, se intenta siempre.
Poco después Pili dijo que se había terminado la etapa por hoy, y decidimos buscar ávidamente el punto de escape que todo buen planificador de etapas pone en lugares estratégicos del viaje para acercarse al lugar de dormida de ese día. Pero claro….estábamos demasiado "atrás" para llegar siquiera al primer punto de escape. La suerte y el haber hecho el camino el año anterior nos hicieron dar cuenta de que estamos ante el mayor y más directo punto de escape que podíamos soñar. Estábamos justo en la carretera que nos llevaría hasta nuestra guarida de descanso.
Nuestros huesos descansaron en la "casa de Roque" una de las muchas casas de turismo rural que atiborran últimamente la geografía galaica. Bueno, ya la conocíamos, así que no nos sorprendió demasiado. Bastante buena y muy buen precio. Por supuesto cenamos en su restaurante pantagruélicamente por bastante poco dinero con una calidad de materiales que ya quisieran muchos refectorios con renombre.
Dormimos como auténticos tablones. Yo por lo menos no recuerdo ni posar la cabeza en la almohada.
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Fecha de publicación: Septiembre de 2004
EC/JF
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