|
Amanecimos temprano con la intención de desayunar. El posadero nos dijo que lo de madrugar no le iba a sentar muy bien a su espalda, así que mejor nos íbamos a desayunar al pueblo, que para eso está. Eran las 08:30 horas y nos llevó más tiempo del esperado encontrar un bar abierto a esas horas donde nos pudieran servir un café con algo que echarse a la boca. Al final todo aparece e incluso encontramos un supermercado donde compramos la comida, porque -ventajas de hacer hecho el camino el año anterior- en esta etapa, por el medio no hay nada donde poder comer.
A eso de las 10.00 AM nos estábamos subiendo a las bicis con ya algún dolor crónico. Pepe haciendo gala a su salud de hierro, sólo se quejó del culo, lo cual entra dentro de lo normal. Bea no se quejó de nada de nada, con lo que empezamos a pensar que el camino se le estaba haciendo molestamente fácil. Emilio empezó a bajar santos por culpa de su sillín y de paso acordarse de su maltrecha rodilla que decía que ya no estaba para esos trotes. Pili sólo tenía cansancio acumulado y una pequeña molestia en su rodilla con condromalácia eterna.
Analgésico para todos y a recordar que ¡¡esto no es Bambi!! Al MTB se viene a sufrir, aunque sea con alforjas. Y si no, pues quedarse en casa viendo OT. Hale! A pedalear!!
La segunda etapa es mucho más larga que la primera (60 Kms) pero mucho más cómoda de hacer porque no hay apenas dificultades técnicas. Los caminos son más anchos y con mejor firme, el paisaje se "abre" más, y dejamos atrás los bosques para circular por pistas entre prados y monte bajo. Empezamos a pasar pueblecillos en medio de la nada, con más habitantes vacunos que humanos, alternando carreterillas locales con pista.
La principal dificultad orográfica del día era el monte Aro. En realidad eran solo un par de rampas, duras por la carga que llevábamos. Justo antes de afrontarlas tocó apretar las bielas de la Orbea, que amagaban con "rotor guanche". Aprovechando la parada, un par de lugareños nos insistieron de manera bastante intensa en que no subiéramos por el camino marcado, que mejor por la carretera. Si no fuera que no somos mal pensados, habríamos pensado que no era por nuestro bien, sino porque querían que no pasásemos por "sus" tierras.
La bajada y los kilómetros siguientes son rápidos y cómodos, y nos llevan rápidamente hasta Ponte Olveira, y Olveiroa, donde hacemos un descansito y repostamos agua en el albergue de peregrinos (cerrado a esas horas), uno de los pocos de esta ruta pero con una pinta estupenda.
El siguiente hito en el viaje ya lo veníamos esperando desde el principio: antes de llegar a Logoso, toca cruzar el rio, por un puente... hace años derruido. Sigue como el año pasado, pero esta vez con más agua. Y ante la posibilidad de mojarnos, decidimos hacerlo a propósito, nos descalzamos, nos metimos en el agua gélida, y cruzamos las bicis, alforjas y demás bártulos al hombro.
En el punto en que se separan las rutas de Fisterra y Muxía hacemos la foto de rigor. Esta vez los humos de la fábrica de Carburos Metálicos no nos acompañan, lo que hace más agradable este tramo. Ya íbamos bastante hambrientos, y pasado el Crucero de las Nieves nos paramos entre unos árboles a comer. Es sorprendente lo bueno que puede saber un bocata en estas condiciones.
Aunque el cuerpo pedía... no, más bien exigía siesta, no le hacemos caso y proseguimos la ruta, en la formación que fue habitual todo el camino: Bea destacada muy delante (la próxima, le ponemos peso, seguro), luego Pepe y Emilio, a golpe de molinillo y trote cochinero, y poco detrás Pili, aguantando la paliza que le estamos dando tras tanto tiempo en dique seco, cansada pero ya con más confianza.
Una subida larga y tendida nos lleva hasta la primera panorámica del mar. Aquí comenzó una bajada larga y empinada, con alguna zona bastante técnica, con piedras como calabazas, que pusieron a prueba la solidez de los portabultos y que Pili se interesó en estudiar muy de cerca. Por suerte solo fue un raspón y magulladuras varias.
Ya en Cee, a la altura del mar, uno tiene la sensación de que ya le queda poco, pero el GPS y el cuentakilómetros se encargan de sacar a uno de esa falsa esperanza, recordando que quedan más de 15 km. En Corcubión logramos coger el camino marcado, que el año pasado se nos perdió y tuvimos que hacer por carretera. El camino es mucho más bonito, y tremendamente más complicado. Aunque hacemos intentos de evitarlo, toca a empujar varias veces la bici.
Un par de subidas y bajadas más entre eucaliptos y llegamos a la playa de Langosteira, ya sin chapapote, con mucho mejor aspecto que el año pasado. Despacito, a un ritmo de disfrutar del paisaje, del tiempo que nos ha respetado (incluso luce el sol) y del objetivo casi cumplido llegamos hasta el pueblo de Fisterra. Esta vez no caemos en la trampa de la euforia prematura: ya sabemos que hasta el final de la tierra, hasta el faro de Fisterra, queda una larga y constante subida de más de dos kilómetros. Antes de afrontar el último tirón nos buscamos hotel para la noche, pues el que habíamos reservado por teléfono quedó un par de pueblos atrás. A nada en coche, pero a una eternidad en bici con alforjas.
El descansito da ánimos a Pili, que no pensaba subir hasta el faro, y hacía allá arriba nos encaminamos los cuatro. Pili acusa el cansancio y tiene que hacer paradita en una fuente a mitad de subida. Bea parece querer vengarse, no se si de las palizas que le pegamos en otras ocasiones o de lo mal que lo pasó en esta subida el año pasado, y se sube todo sin siquiera mirar atrás para ver lo lejos que nos va dejando. Pepe y Emilio... bueno... seguimos arrastrando nuestros trolebuses hacia arriba como podemos.
Por fin, llegamos los cuatro al faro, al la cruz del fin del mundo, y al mojón final con la concha que apunta hacia abajo, hacia allí mismo, indicando que más lejos ya no se puede llegar dando pedales. Hacemos las fotos de rigor, con esas caras tan especiales que mezclan el cansancio con la satisfacción, y nos volvemos hacia abajo, ya sin esfuerzo, a por esas cervezas que nos hemos ganado.
El hotel, suficiente para la ocasión. La cena, estilo gallego: abundante y barata, regada con cantidades de Estrella Galicia. Y sin tardar demasiado, a dormir, que esto aún no se ha acabado, que mañana nos esperan... no sabemos cuantos kilómetros para volver hasta Lousame.
<<< Volver Seguir >>>
Amigosdelciclismo.com
Fecha de publicación: Septiembre de 2004
EC/JF
|