Yo nunca había rodado con una bici con alforjas. La verdad es que es toda una experiencia. Lo primero que sientes es la "presión" en los radios. Los primeros metros, tienes la impresión de que pronto vas a oír el famoso "doing" de los radios al doblarse por las cabecillas de un momento a otro. Y cuando pasas por la primera tapa de alcantarilla, dices que "hasta aquí llegamos", que ya se ha doblado la llanta…pero en realidad no es así ni mucho menos. Las llantas han aguantado todo lo que les hemos echado encima y ha sido muchísimo. Al final del viaje nos hemos animado en alguna bajada y al llegar a casa he podido comprobar únicamente un leve -levísimo- descentramiento de la trasera. ¿Las ruedas? Una modesta Mavic XM719 con un más modesto todavía buje DEORE disc con unos radios DT normalitos y un montaje de Macario.
Pronto descubres que el plato de 22 dientes es tu mejor amigo durante el viaje. Tuve que parar un par de veces a sincronizar correctamente el desviador delantero, porque con alforjas su uso es más intensivo que con sin ellas. Llega un punto que si el camino es rompepiernas, no te queda más remedio que ir cambiando de plato constantemente.
Otro tema que llama la atención es el viento y el rebufo que se monta. Cuando el viento da de espaldas -hablo de rodar en carretera- la cosa es una maravilla, uno se siente hasta cierto punto ligero, pero cuando da de frente…¡¡qué barbaridad!! No hay plato pequeño que llegue. Eso sí, el que se pegue a la rueda de uno con alforjas, ya puede poner el plato mediano y disfrutar del día...
El freeride y las bajadas fuertes hay que dejarlas en casa, pero la verdad es que se pueden permitir ciertos ánimos con las alforjas, aunque eso sí…las ruedas tienen que ir bien hinchadas y hay que ir bastante fino para no encontrarse las piedras contra las ruedas o el equipaje protestará con sonoros ruidos y crujidos que te harán poner muy nervioso.
Los grandes gurús del ciclismo de varias etapas (con o sin alforjas) me hablaron en varias ocasiones del nirvana o estado cuasi-levitacional donde ya nada importa y una cara de satisfacción (causada por el dolor incontrolado de todas y cada una de las partes del cuerpo) habita en nuestro rostro.
Fue una pena que el viaje acabara tan pronto. En la tercera etapa, después de 99.80 Kms de carretera con viento y alforjas a una media superior a los 11 Kms/h, alcancé el nirvana. No me queda ninguna duda de que me dolía el culo una barbaridad, y que mis piernas iban bastante más que "muy cargadas", pero yo sonreía. Y es más…creo que podría haber seguido pedaleando indefinidamente hasta caer de lado muerto por extenuación. Y sin perder un ápice de la sonrisa por haber alcanzado el nirvana. Y es que cuesta mucho esfuerzo y dolor llegar a ver a Buda y a Confucio echando una partida al mus. Pero yo los ví.
Y también dicen los gurús (la verdad es que fue una pena no poderse quedar a comprobarlo) que una vez alcanzado el nirvana es muy difícil abandonarlo (incluso días después…) y es más, se llega a profundizar en él, sitiéndose uno flotar por encima de lo divino y de lo humano, de lo mundano y lo celestial, de lo bueno y de lo malo, de los coches y de las piedras, del dolor y del placer.
Lo dicho, que queda para el verano lo de profundizar en el nirvana, pero por si acaso creo que me compraré un sillín nuevo.
- Nuestro agradecimiento a Amigosdelcamino.com por su gran ayuda para la realización de esta ruta.
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