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Por fin Lunes, encontré una tienda donde alquilar unas bicis estupendas por 40 euros la semana y además me pusieron portaequipajes. Era un cuadro un poco grande y antiguo pero montada en Shimano XT. El inconveniente es que la bici no estaría lista hasta las 5 o 6 de la tarde. A las 3 de la tarde ya me encontraba esperando para que abriesen la tienda. Hablé con el mecánico y me proporcionó las herramientas necesarias para ponerla a tono.
A las 5 estaba la bici lista y el equipaje a punto. Acordamos dejar el equipaje allí para después recogerlo a mi vuelta. Parece ser que el día no era mi día, porque aunque a mediodía había lucido el sol, justo cuando estaba metiendo la ropa en las alforjas comenzaba a llover.
A pesar de la lluvia y aprovechando un momento de calma, decidí comenzar la aventura, pero evidentemente y debido a la lluvia, a unos 4 km de mi salida tenía que enfundarme el chubasquero: una fina lluvia me cubría y eso que acababa de empezar. Me crucé con algunos ciclistas, en principio normal, pero después de algunos kilómetros, me encontré un par de ellos que gritaban algo con gran excitación. En principio no entendía, pero nada mejor que verlo con mis propios ojos. Tras un par de kilómetros más, paraba para hacer una fotito y...¡SORPRESA¡ escondida entre la hierba, veía unos granizos del tamaño de una aceituna. Había caído una granizada de campeonato y de no haber parado seguramente hubiese cuajado como una buena nevada.
Descubrí el otro camping en la orilla de enfrente, pero bastante lejos. Con tanto ajetreo, algunos... ejem, ejem... no nos habíamos acordado de comer. Aproveché para hacerlo en el camping, sobre las 6 de la tarde, una especie de ensalada y un platito de jamón de la Selva Negra (jamón serrano cuya curación se hace a través de ahumado).
Pedaleando, llegué hasta Neckargemünd, donde ya había llegado el día anterior. Esta vez no me detenía en el pueblo y seguía por el margen izquierdo, donde dejaba el gran puente metálico, por supuesto, con carril bici.
Después de pasar por Neckar-Steinach, llegaba a Hirschhorn sobre las 8 de la tarde, me veía obligado a retirarme de la carretera principal que llevaba hasta entonces debido a un túnel que atravesaba la montaña, pero que a los ciclistas nos obligaba a rodear un meandro del río Neckar. Gracias a esto vi esta preciosa población. Estuve a punto de pasar de largo e intentar alcanzar la siguiente ciudad, pero finalmente decidí pasar la noche aquí. En principio no parecía tener nada especial, salvo un castillo en lo alto de la ladera. A mi izquierda tenía un muro de piedra y la verdad es que no veía nada de la ciudad. Subí una empinada cuesta y unas escaleras con todo el cargamento y... ¡oh sorpresa! Tenía ante mi unas maravillosas casas de entramado, parecían de cuento.
Tras preguntar, recorrer y patear unos cuantos hoteles y hacerme un poco de lío con el precio del hotel pensando que era muy caro, finalmente me costó unos 36 euros una noche con desayuno y parking para “mi maquina” (Hotel “Speisegasthof zur Krone”). Lo gracioso fue que creía que era el único loco de la bicicleta viajando, sin embargo al aparcar la mía, la cochera estaba repleta de bicicletas, tuve que hacerme sitio y todo.
La habitación muy bien, baño pequeñito, pero alfombrada y estupenda, con unas vistas... ja, ja, ja. Esto último de broma, precisamente la habitación fue más barata porque daba a un callejón de unos 60 cm de ancho, pero calefacción y todo, que después del día de lluvia me venía bien. Una buena ducha, una llamadita a casa, cena a base de bocatas de queso y lonchitas de jamón de la Selva Negra y a dormir.
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Amigosdelciclismo.com/JG
Texto y fotos: Miguel Ángel Aguirre
Fecha de publicación: Diciembre de 2006
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