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Alemania en bicicleta
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5/9

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Hirschhorn-Obrigheim/Diedesheim-Freiburg (55 km)
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¡Qué bien sienta pillar una camita después de 3 noches durmiendo en el suelo! Amaneció como siempre nubladito, pero después de descansar calentito y muy cómodo... ¿qué más daba?. Me levanté temprano, como siempre. Di una vuelta por el pueblo, incluso comencé a ascender a pie en busca del misterioso castillo que coronaba la montaña, pero pensé que un buen desayuno me estaba esperando y decidí comer y después continuar con la visita turística. Se puede decir que me “inflé” como en todos los desayunos que pillé. El desayuno alemán es bastante contundente, de hecho, creo que me malacostumbré a los buenos desayunos.
Después del desayuno subí a pie al castillo. Y menos mal que desayuné bien, porque vaya subidita y eso que era a pie. El castillo se empezó a construir en torno a 1250 en estilo Románico, es el llamado castillo de Kernburg. A mediados del Siglo XIV se continuó con una ampliación del castillo, destacando la esbelta Torre de las Brujas. En 1583-86, renovación del castillo en estilo Renacentista. Poco antes de coronar se puede ver una pequeña Iglesia con unas vistas maravillosas sobre el valle del río, pero todavía me quedaba un poquito para llegar arriba del todo y subir las escaleras para subir a la torre del castillo.
La Parroquia de María Inmaculada Concepción fue construida entre 1628 y 1630 como iglesia luterana. La torre no pertenece a la iglesia propiamente, sino que era una torre que pertenecía a la muralla de la ciudad, fechada en torno a 1392-1393. Con la conversión de la ciudad de Hirschhorn al cristianismo, la iglesia fue cerrada en 1636. El crucifijo en la capilla exterior, data de 1732.
Salí sobre las 11:30 de la mañana, todas las bicicletas que la noche anterior había encontrado ya no estaban, no quedaba ni una... así tenemos la fama de flojos que tenemos los españoles... Cargué “la burra” como siempre, con bastante destreza, todo hay que decirlo. Subí la cuestecita del garaje para salir a la calle ya preparado para seguir la aventura.
Volví a la carretera con mi montura. Acompañándome en todo momento un paisaje de ensueño, unas veces con vistas al río, otras veces más lejos, unas veces por el arcén de la carretera, otras veces por algún carril bici o vía de servicio... a veces sin salida, como en Eberbach, donde me despisté un poco al ir a ver una iglesia y después no encontrar la salida del pueblo. Pasé por debajo de un puente que pasaba por la carretera general, que además, era la entrada de un camping. Allí tomé una vía de servicio que en principio iba junto a la carretera, pero... no fue así. Sin embargo, como todo en la vida tiene su recompensa, su lado bueno, siempre que sepamos verlo... Encontré una morera y evidentemente ¡Me puse morao de moras!, valga la redundancia. Lástima que de esto no haya documento gráfico, porque sin exagerar, cada mora podía tener 3 centímetros de diámetro.
A unos 8 kilómetros de Eberbach, cada loco con su tema, apareció otra población: Zwingenberg. No me lo podía creer, una tienda de trenes y estaba abierta. Evidentemente no pude resistirme a dar una vuelta y curiosear a ver qué podía tener, pero estaba claro que no podía llevarme nada tal y como iban las alforjas, si llego a comprar un vagoncito os aseguro que las alforjas revientan. Entablé una amable conversación, y hasta me regalaron unas bonitas postales justo cuando iba a iniciar la marcha.
Las barcazas subían y bajaban por el río y las exclusas se sucedían unas a otras con diversos cargamentos: Arena, troncos de árboles, pasajeros...
Después de unos kilómetros más llegué a Obrigheim y Diedesheim. Justo al lado de la carretera había un supermercado Lidl, aproveché para comprar algunas cosas para comer y de camino pregunté a una señora que si había una tienda de repuestos de bicicletas cerca de allí, mi rueda iba bastante mal y no quería ningún susto.
Ella amablemente me indicó una, durante unos cuantos cientos de metros me guió, era una señora mayor y bastante gordita, pero iba en bicicleta, como la mitad de la población alemana. Tenemos que decir que dimos media vuelta a Alemania para encontrar la tienda de bicicletas. En mi pérdida, otra vez el loco de los trenes vio una fábrica de pequeñas locomotoras y por supuesto ahí tenéis la foto. Después de preguntar a medio pueblo (esto no está dentro del computo de kilómetros, así que por lo menos fueron 10 más) vi una macro-tienda donde había de todo, finalmente por 14 euros compré la cubierta, la cambié en una marquesina de la estación de tren para dejar la bici y allí aproveché para comer.
La verdad es que iba bastante mal de kilómetros y pretender alcanzar Friburgo o Tübingen sólo con la bici haría que me perdiese muchos sitios interesantes, así que tras meditar decidí coger un tren, volver a Heidelberg y desde allí a Freiburg (Friburgo). Saqué un Tages-Ticket y por 23 + 3 euros por la bici, podía viajar por todo el estado de Baden hasta las 3 de la madrugada.
El tren llegó puntual como siempre, y no creáis que era el único loco que iba en bici, iba bastante gente y como muestra un botón gráfico. En los trenes alemanes existen unos vagones especiales para bicis, minusválidos y carritos de bebé, tienen los asientos pegados a la pared y son abatibles, pero además, constan de una especie de cinturones para sujetar las bicis y que no se muevan. Con un poco de maña se pueden coger un par de bicis.
Un día después de haber salido de Heidelberg, estaba de vuelta. Iba camino de Freiburg, pero para eso tenía que coger un par de trenes. El primero un Regional Express, que para subir la bici había que haber comido antes, ya que la puerta es pequeña y tienes un par de escalones que... cualquiera los sube.
Había bastante gente en la estación, pero para mi sorpresa y después de subir la bici al tren... el vagón estaba lleno, tuve que quedarme en medio, moviendo la bici cada vez que alguien quería pasar. Había ciclistas, pero sobre todo mamás con carritos de bebé. Me preguntaba de dónde había salido tanta madre. Una amable pareja con bastantes años encima me dijo que se bajarían en dos paradas, que tenían las bicis al fondo y que me guardaban el sitio, pero justo cuando dejaron el hueco, unos franceses se pusieron cómodos y no pude pasar a pesar de los esfuerzos de la pareja por intentarles explicar. Pero las mamás, poco después, viendo lo que había pasado y lo incómodo que estaba, pasaron al ataque, se replegaron y en un abrir y cerrar de ojos nos habían hecho un pasillo, tiraron de mi bici y me metieron en un hueco, IN-CRE-I-BLE.
Después de salir de esta aventurilla ferroviaria, cambié de tren a medio camino y por fin estrenaba nueva tecnología. Me subí en un tren de doble piso, pero como siempre, también iba lleno, aunque en este caso, este tipo de trenes son de piso bajo, por lo que no tenía que hacer grandes esfuerzos para subir y bajar. Tras un ratito de viaje, me puse a hablar con una familia alemana que viajaba con sus bicis. Llevaban un tandem con alforjas caseras hechas a partir de bidones de plástico. Él era invidente (conducía su mujer) y un par de niños (una chica y un chico). Como soy tan preguntón y me encanta enterarme de todo, le pregunté sobre comida, sitios para comer, lugares bonitos, y tanto di el coñazo, que finalmente me dieron su número de teléfono para cenar al día siguiente en un sitio muy especial, lástima que en Alemania cenen tan pronto, porque los 3 días que estuve allí siempre llegaba más tarde de esa hora y no me parecía correcto llamarles tan tarde.
Me indicaron un par de campings para acampar. Uno quedaba cerca de la Autobahn, el otro me lo indicó otro chico, Camping Hirzberg, que iba en el tren y que se metió en la conversación, me dijo que estaba más cerca y mejor equipado, aunque no sé yo. Opté por irme al segundo y el muchacho se prestó gustosamente a guiarme. Lo malo fue que me hizo subir un tramo de escaleras de la estación con la bici bien cargadita. Me la tuve que echar al hombro... más bien a la espalda, porque no veas como pesaba “la burra”. Después pasamos por el centro de la ciudad y anduvimos un buen rato hasta llegar al camping. Así que eso de cerca... no sé, no sé.
Una vez allí tuve que esperar a que me buscasen una parcela para acampar porque estaba lleno hasta la bandera. Finalmente, y como no había sitio para hacer acampada libre, me metieron en una especie de tienda de campaña de madera con una tienda de campaña dentro pero sin la cubierta. Era un poco más caro pero bueno, al día siguiente tendría mi propia parcela para plantar la tienda. Di una vuelta por la ciudad con mi bici ya descargada. Antes, compré una cerveza y unas cuantas cosas en el súper del camping y me fui tempranito a dormir. Ese día a pesar de haber andado bastante en tren pude recorrer 55 km en ruta, sin contar las travesías de ciudad.
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Texto y fotos: Miguel Ángel Aguirre
Fecha de publicación: Diciembre de 2006
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