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7/9

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Freiburg-St. Märgen-Hexeloch-Fürtwangen (45 km)
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Al día siguiente me levanté muy temprano, más o menos sobre las 7:15. El día anterior, en mi visita a la catedral, había visto un cartel con el horario de las misas, quería oír una en directo con órgano y todo y empezaba a las 8 de la mañana, así que me fui directamente con la bici, vestido un poco más decentemente, quiero decir sin ropa de bici (culotes y todo eso...).
Dediqué la mañana a desayunar... evidentemente, y abundantemente, como ya venia siendo costumbre, además la etapa de hoy tenía bastante miga. Después de desayunar fui a dar una vuelta por la ciudad. Era la segunda vez que estaba en esta ciudad y la verdad es que no me canso de pasar por el mismo sitio una y otra vez por el ambiente que se respira y el bullicio, por una parte muy alegre, con mucha gente por la calle y por otro lado los maravillosos edificios.
Después fui a visitar la torre de la catedral, subiendo a lo más alto después de un mogollón de escalones. Y ahora un poquito de historia...
La ciudad de Friburgo, fue fundada en el año 1120 por Konrad II de Zähringen y su hermano Bertold III. Alrededor del año 1200 se comenzó con la construcción de la Münster (Catedral). Bertold V, el último miembro de la dinastía de los Zähringen, fallece en 1218 sin tener descendencia. Tras su muerte comienza la época de los “Condes de Friburgo” que se prolonga hasta el año 1368, fecha en la que son relevados por la casa de Los Austria.
En el siglo XIV y de nuevo en el XVI, la peste asola a la ciudad. El invento de la pólvora negra en este época se atribuye al monje Franciscano Bertold Schwarz. En la Rathausplatz (Plaza del ayuntamiento), se encuentra el monumento dedicado a su memoria.
La Universidad fue fundada en el año 1457, por el archiduque Albrecht VI. En este época se concluye la construcción de algunos edificios que determinan el aspecto urbano hasta mediados del siglo XVI y que se han conservado hasta nuestros días: El Kornhaus (El granero), el coro de la catedral y el Historisches Kaufhaus (casa de los comerciantes) en la plaza de la catedral.
En cuanto a la Catedral, al comienzo de su construcción, el diseño de la planta se inspiraba en un modelo románico tardío, tomando como modelo la catedral de Basilea (Suiza), siendo semejante al de una fortaleza. Sin embargo al concluir las obras y tras una pausa de más de 100 años, se habían impuesto las influencias góticas.
Las vidrieras están decoradas con imágenes y blasones de los diferentes gremios de la época, ya que recordemos, que desde la caída de los Zähringer, fueron los propios ciudadanos, los que financiaron la construcción de la catedral.
La torre de la catedral se alza hasta los 116 m de altura, apodándose “la torre más bella de la cristiandad” debido al calado de la misma. Por 50 céntimos de euro se puede acceder justo hasta la galería donde empieza el pico de la torre hasta los 70 metros de altura, donde también, aparte de las maravillosas vistas, pude contemplar las campanas así como algún temblor de piernas al bajar por las empinadas escaleras en algunos tramos exteriores, separados de una caída al vacío por una fina reja.
Después me di una vuelta por el mercado que todos los días llena de vida la plaza de Hauptmarkt, donde abundan los puestos de flores, frutas y verduras, pero también podemos encontrar algunos productos realizados en madera (sillas, corre-pasillos, juguetes, adornos para la casa...).
Historisches Kaufhaus (1520), la casa del comercio, es uno de los elementos más característicos de la plaza de la catedral. Durante la Edad Media, este edificio de estilo gótico tardío, con sus muros rojos y sus tejas vidriadas de colores, era el centro de la vida económica. Era el antiguo almacén de un mercader. Los escudos de armas en los miradores, así como las cuatro figuras sobre el balcón representan a miembros de la familia de los Habsburgo y muestran la lealtad de Friburgo a dichos monarcas. Hoy en día es una de las salas de festejos más imponentes de la ciudad.
En otro punto de la ciudad se encontraba el Ayuntamiento. Bonito edificio donde se congregaba bastante gente debido en parte a la gran cantidad de comercios en las calles adyacentes. Destaca en la plaza una estatua de un monje franciscano que más que destacar por su labor pastoral se le conoció por sus trabajos con la pólvora..., curiosidades de la Iglesia.
Después de esto, fui a dar una vuelta para ver el ambiente de tiendas que tiene esta ciudad. A destacar los pequeños riachuelos que se pueden encontrar en los laterales de la calle, normalmente separando la parte de acera con la calzada. Cuenta la leyenda que si algún hombre mete el pie en una de estos pequeños canalillos se casará con una chica de Freiburg... Yo por si acaso anduve con muuucho cuidado, jejeje.
Estuve viendo escaparates, me metí en una juguetería (cómo no, el loco de los trenes) y después hice la compra de víveres en un establecimiento dedicado a embutidos y quesos principalmente para el largo viaje que hoy debía afrontar.
Finalmente sobre las 12:30, tras volver al camping, recoger la tienda y pagar, me puse en marcha con la burra bien cargada. Di unas cuantas vueltas por la ciudad antes de salir porque no acaba de dar con la dirección adecuada. La carretera principal era demasiado peligrosa para las bicis debido a la pendiente y a que había varios tramos soterrados y ya me indicaron que ese itinerario lo descartase, todo eso sumado a la densidad de tráfico que transita esa carretera.
Salí de la ciudad y me despedía de la puerta que tantas veces me había visto pasar: la Schwabentor, o Puerta Suaba, otra de las puertas de la ciudad. Tras unas cuantas paraditas a preguntar, por fin cogía la dirección correcta, yendo los primeros kilómetros junto a la vía del tren.
Crucé la primera población y de nuevo había que comprobar la dirección que tenía... no sé cómo... me lié y no tomé la ruta exacta que quería. Tomaría una carretera secundaria por St. Peter y St. Märgen. En principio bien, de hecho una pareja se ofreció a acompañarme porque iban en esa dirección. Era una mujer joven en bici y su marido con un remolque donde iba un niño de aproximadamente un año y medio. Finalmente, ellos llegaron a su destino y yo debía seguir.
El paisaje era precioso... pero ahora es cuando llegaba lo bueno, aquello empezaba a ponerse cuesta arriba y ni siquiera el poner el plato pequeño me aliviaba de mi pesada carga, las pendiente no eran duras del todo pero no concedían ni un solo respiro. De hecho hice una parada bastante larga en mitad de la subida porque no podía tirar de mi cuerpo.
Finalmente llegué a St. Peter, donde bebí un agua fresquita con un hermoso paisaje, y lo que era más importante dejaba de subir... por el momento. Compré unos bollitos riquísimos en una panadería, que me comí por la noche. Comenzaba el descenso y otra vez con el sol dando de pleno, iniciaba una nueva subida con unas rampas un poquito más suaves y con unos prados verdes de fábula.
Bastante tocado, llegué a St. Märgen. Eran las 3:30 de la tarde, como siempre, no me había acordado de comer. Paraba en el primer restaurante que veía. Pregunté por qué estaba todo tan solo y me invitaron a entrar a la terraza que tenían detrás donde podía poner la bici. Ese fue otro show, bajar las escaleras con las alforjas. Me senté con unas ganas... Me dieron la carta y la verdad sea dicha, no tenía ganas de calentarme la cabeza y a pesar de que podía descifrar la carta pedía un menú del día por 17 euros, nada barato, pero me iba a comer lo que me pusieran, os lo digo de verdad. Yo me dormí al sol mientras esperaba a que me sirviesen.
Reanudé la marcha con las fuerzas a tope, y con la suerte de empezar bajando. Cogí uno de los desvíos que me encontré, en él se podía leer: “HexelochMühle” Ese nombre me era conocido, y efectivamente, después de una bajada de infarto y no pensando en que después habría que subir, llegué a un hermoso molino de doble rueda situado en un estrecho valle y cubierto de esbeltos árboles compitiendo por encontrar algo de luz allá en las alturas. Dentro del molino había una tiendecita con souvenirs. Decidì seguir pues eran sobre las 5:30. La tienda cerraba a las 6, pero al estar metido en aquel angosto valle la sensación de que el sol desapareciese me hacía tener un poco de prisa por llegar a algún lugar para pasar la noche.
Todo lo que baja debe subir, y eso exactamente es lo que tuve que hacer, además, después de unos minutos de subida, la lluvia hacia acto de presencia y tras aguantar unos metros me enfundé el chubasquero. Fue una lluvia intermitente, que cesó cuando salí del angosto valle. Este dio paso a extensas praderas con unas pendientes suaves y armoniosas salpicadas de pequeñas casas de entramado. Estaba cerca de Furtwangen, la cuna de los famosos Relojes de Cuco que han hecho famosa esta región.
Después de transitar por carreteras secundarias durante todo el día salí a un desvío y tomaba la B-500, una carretera con bastante tráfico, donde la gente iba bastante fuerte. Además comenzaba una lluvia tupida que hizo que bajase a toda pastilla, a pesar de los kilómetros que llevaban mis piernas, hacia mi destino.
A la entrada del pueblo la señal de un camping a 7 Km y el mal tiempo que parecía amenazar esa noche, me hicieron regalarme una noche de hotel. Encontré uno bastante bueno justo al lado del museo del reloj. Creo que fueron unos 40 euros con desayuno. Baño completo tipo buhardilla, televisión, calefacción... aunque los muebles eran un poco feos.
A mi bici esa noche le toco dormir en la calle, atada a la reja de la escalera de una salida de incendios de un edificio contiguo. Aproveché para hacer una pequeña colada, sobre todo con los culotes y camisetas. Me acosté tempranito. Estuvo lloviendo toda la noche aunque... O por lo menos eso creo porque yo no la oí.
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Texto y fotos: Miguel Ángel Aguirre
Fecha de publicación: Diciembre de 2006
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