Descripción:
Primer día
Esta ruta nos lleva por uno de los parajes más hermosos de
Extremadura. La Sierra de las Villuercas es peculiar en muchos aspectos,
uno de los más llamativos es seguramente el que sus macizos
montañosos sigan dirección opuesta al resto de los sistemas
peninsulares: si estos se orientan de Oeste a Este, las Villuercas van de
Noroeste a Sudeste. Y sin embargo no es la única peculiaridad de un
recorrido que durante cuatro días nos conducirá por paisajes
vírgenes de una belleza incalculable y donde el poblamiento humano,
débil, diríase que apenas ha modificado el entorno.
Elegimos como punto de partida la histórica localidad de
Guadalupe, que merece una visita bien a la salida o a la llegada.
No se puede perder uno la judería ni la plaza con su monasterio. En
él la huella de los alarifes más o menos conversos es tan evidente
que no se observa ni una sola representación humana o animal en toda
la fachada, tal y como preconiza el Islam.
Salimos del pueblo bajando por la que era su única entrada antes
de que construyeran la circunvalación. Pasamos bajo los imponentes
arcos del puente de la nunca construida vía férrea. Rebasamos
el camping y en el km. 4,5 llegamos a un cruce. Tomamos de frente
la dirección de Alía y Puerto de San
Vicente.
 |
| El tren que nunca llegó a funcionar |
Al principio llaneamos, luego la carretera asciende hasta el
kilómetro 9,5, punto desde donde divisamos la amplia
panorámica de las llanuras que se extienden hacia el Sur, ya en provincia
de Badajoz. Todo este trayecto, al igual que gran parte del recorrido, lo
preside el pico Villuercas, con sus 1.600 metros de altitud y en cuya
cima hay una base militar de telecomunicaciones.
Los siguientes kilómetros son llaneo y bajada, hasta que entramos
en Alía, kilómetro 16 desde Guadalupe. Una breve
parada en la plaza del pueblo para ver su iglesia de ladrillo y continuamos
ruta.
Desde las afueras y si miramos con atención hacia el sur veremos
levantarse entre los encinares un edificio gigantesco a juzgar por la distancia
(16 kilómetros en línea recta): es la inacabada central nuclear
de Valdecaballeros, auténtica espada de Damocles sobre las cabezas
de los extremeños hasta hace poco y símbolo del derroche
inútil y del no- sé- qué-hacer-con- ella
últimamente.
Ocho kilómetros después de Alía estamos sobre el
Estrecho de la Peña. Aquí un mirador nos brinda vistas
de la Sierra de Altamira, que aquí hace de límite entre
nuestra comunidad y la vecina Castilla-La Mancha. Un encuentro con ciclistas
que siguen la vía del tren hace más ameno el descanso.
Remontando el Guadarranque
A continuación viene una bajada de cuatro kilómetros hasta
el río. Cruzamos el puente y antes de cruzar otro y antes también
del poste kilométrico 149 nos desviamos a la izquierda por
la antigua carretera. A los pocos metros sale un camino indicado por el siguiente
letrero: Finca la Ventosilla. Lo tomamos. Es un camino llano, en buen
estado e incluso asfaltado en algunos sitios. Aquí comienza un tramo
por el que valdría la pena hacer todo del viaje: son veinte
kilómetros a lo largo del valle del Guadarranque, encajonado
entre sierras, y que sube luego sin encontrarnos otro signo humano que no
sean esporádicos cortijos.
A los seis kilómetros, justo donde hay un nuevo cartel de Finca
La Ventosilla, encontramos un merendero.
Habitación tranquila, buenas vistas, agua
corriente...
...porque en catorce horas que estuvimos allí pasaron una moto
y dos coches. Y porque estar a seis kilómetros de la carretera más
próxima es hoy día un raro privilegio: el oído busca,
inconscientemente, el sonido de los omnipresentes automóviles y descubre
con asombro que el mundo puede prescindir de ellos y no pasa nada.
Durante la noche y la mañana pájaros cuyos nombres, infelices
de nosotros, desconocemos, nos deleitan con su canto refugiados en la maleza,
a poquísimos metros., recordándonos que en nuestra maravillosa
habitación no estamos solos.
Segundo día
Nuestra ruta continúa siguiendo el camino que traíamos
ayer, pese a que el cartel, los postes y el intento de cerrar el paso con
cadenas hagan parecer que se trata de un camino particular.
Esta zona es muy aprovechada por los colmeneros para poner sus enjambres
-Villuercas-Ibores es la denominación de origen para la miel de
aquí-, así que si vemos un montón de cajas de madera
alineadas será mejor que no nos acerquemos a ellas.
Durante algunos kilómetros atravesamos una plantación
de eucaliptos. En dos ocasiones cruzamos el río: sabemos que no estamos
tomando un camino equivocado porque el cruce se hace por puentes. Seguiremos
en todo momento el camino más marcado. La única posibilidad
de confusión se da cuando llevamos recorridos 6,5
kilómetros: un camino sigue paralelo al río y el otro sube
aparatosamente: es éste el que debemos tomar.
El firme es bueno, pero un camino de tierra es un camino de tierra,
sobre todo en subida. Son cinco kilómetros cuesta arriba, y dos más
de bajada hasta la carretera. En este trayecto hay tramos de auténtico
trekking. Miras alrededor y en todo lo que abarca la vista, que es mucho,
no ves un solo vestigio que recuerde la presencia humana. Sólo sierra,
sierra, sierra. Incluso en Extremadura es difícil ya encontrar zonas
así.
Cuando menos lo esperamos aparece una carretera sin cartel alguno.
Navatrasierra cae dos kilómetros a la derecha. Cuesta
arriba, claro. Aunque comparado con la tierra el piso de asfalto es una
maravilla.
 |
| Subiendo hacia Navatrasierra |
Navatrasierra es un pequeño municipio recostado contra la Sierra
de Altamira, cuyos picos de más de mil metros gravitan sobre el
pueblo.
Como de costumbre buscamos la plaza, que esta vez resulta ser
pequeña, con iglesia y ayuntamiento de reducidas dimensiones. Nos
enteramos de que Navatrasierra es pedanía de Carrascalejo, al otro
lado del monte.
La comida y el descanso son largamente disfrutados.
Tras la sobremesa y el café de rigor salimos del pueblo por donde
entramos. A los dos kilómetros está la pista de tierra por
donde llegamos con el cartel Coto social Matarrasa, por si alguien
decide hacer el camino a la inversa. Bajamos otros dos kilómetros
-ya huele a puerto, más dura será la subida- y tras cruzar
una dehesa de robles muy bella y pasar un merendero donde es posible acampar,
comienza de verdad el puerto, que tiene casi nueve kilómetros. En
total se suben 500 metros, pues desde Navatrasierra hemos descendido hasta
la cota 600.
Durante el primer tramo vemos a lo largo de la carretera bosquecillos
de madroños, que más arriba serán sustituidos por robles
y vegetación de alta montaña.
La sensación, como siempre que se sube un puerto, es la de más
y más espacio a tu alrededor. La sierra de Altamira, tan sobre tu
cabeza cuando estabas en Navatrasierra, empieza a quedarse pequeñita.
Llegas a un collado y parece que ya estás arriba, pero no. El follaje
de los robles es tan espeso que casi cierra el cielo. Un kilómetro
y medio antes de la cima encontramos a nuestra derecha una hermosa fuente
que nos hace revivir todas las alegrías del agua no municipal.
 |
| La bici y la fuente |
La subida se hace interminable. A diferencia del llano, aquí
el terreno ganado a la montaña no se mide por kilómetros, sino
por metros. Cada pedalada es una victoria, y cuando ves allí abajo
los cerros y los llanos sobre los que un rato antes andabas,cuando ves las
espaldas al águila, entonces llega el asombro de descubrir que con
tus pequeñas fuerzas has sido capaz de hacer algo grande. Y al esfuerzo
lo suple una borrachera de felicidad.
Ya estamos en el puerto. Paramos no por las vistas, sino por el cansancio.
Y conviene abrigarse, ya que vienen ahora diez kilómetros de bajada,
que se dice pronto, hasta llegar a la CC713.
Llegamos al valle del río Ibor. Por obra y
gracia de nuestro esfuerzo hemos cruzado una divisoria de aguas: el Guadarranque
es afluente del Guadiana, mientras que Ibor y Almonte lo son del Tajo.
Si hemos elegido el itinerario corto, Guadalupe está 13
kilómetros a la izquierda. Nosotros tomamos a la derecha, y
es hora de buscar alojamiento. Poco después del punto kilométrico
14 un camino que sale a la izquierda baja hasta al río y nos obsequia
con una espléndida arboleda y un sitio llano para pasar la noche.
Estamos de suerte: dos días durmiendo en el campo y pudiéndose
bañar no es algo que ocurra siempre.
Tercer día
Desacampamos y seguimos el curso del río, llevando la Sierra
de Viejas paralela a nuestra izquierda. La carretera es buena e
incluso tiene arcén, pero el tráfico la hace molesta. Las subidas
y bajadas son leves, y a los ocho kilómetros estamos en Navalvillar
de Ibor. Como pasa en toda esta zona, vale más el paisaje que
el pueblo, pues lo que se conserva del casco antiguo es mínimo. Una
breve parada para avituallarnos y seguimos. A partir del arroyo
Salóbriga la carretera nos obsequia con una impresionante
rampa con carril para vehículos lentos y todo. La CC 713, pese ser
comarcal, es una carretera de amplia plataforma e inmensas curvas, donde
el tráfico, sin ser muy denso, es lo suficientemente molesto para
distraer y quitarle todo el gusto al viaje, especialmente por la sensación
de estar clavado que te brindan los rápidos y malolientes
coches. Usar una de estas carreteras se debe exclusivamente a exigencias
de ruta y lo mejor que puede hacer uno es salir lo antes posible de ella.
Cinco kilómetros después de Navalvillar entramos en
Castañar de Ibor. En las afueras del pueblo se presiente el
olor característico que delata a un molino de aceite, que atrapa en
sus aromas tantos recuerdos de infancia. No nos detenemos en el pueblo -pese
a la calurosa acogida de la población infantil-, sino que ya dentro
del casco urbano tomamos carretera a la izquierda dirección
Robledollano. La bajada hasta el río Ibor (3 km.)
es vertiginosa, una de esas cuestas que no le gustaría a nadie tener
que desandar. En una arboleda a la derecha del puente hacemos la parada de
la comida, que en mi particular caso desemboca en siesta.
 |
| Un descanso a orillas del Río Ibor |
A eso de las cinco de la tarde reanudamos. El viento nos va a jugar
esta vez una mala pasada y lo vamos a tener de frente durante toda la
subida.
Primero cruzamos la primera sierra por una portilla sin apenas cuesta
arriba. Tenemos a la vista un corte transversal del Valle de Viejas,
que al igual que el del Guadarranque no posee ningún núcleo
urbano. Una vez más vemos al fondo el pico Villuercas.
Ahora sí comenzamos a subir y a rodear: Sierra de la Venta,
Risco de la Reyerta... Son sierras muy espectaculares, con una
vegetación espesísima, rematadas en lo alto por peñones
de cuarcita donde campea el buitre leonado y el águila imperial.
Sabemos de la cercanía del pueblo por los olivares que se agarran
a laderas muy empinadas arrancadas quién sabe con qué esfuerzo
a la flora autóctona. Después de sudar lo nuestro cuesta arriba
y contra el viento, siete kilómetros después del río
entramos en Robledollano, que como su nombre indica se encuentra en
una especie de meseta.
Según se nos dijo de Robledollano a Cabañas se puede ir
por pista de tierra, pero por lo avanzado de la hora no quisimos arriesgarnos
y salimos por la carretera, que empeora ostensiblemente y que además
cambia de humor de tanto en tanto.
Hay una bajada muy fuerte de dos kilómetros y medio y luego toca
subir durante otros tres. Más adelante se llanea hasta el cruce para
Retamosa, que está siete kilómetros a la
izquierda. El recorrido se hace ahora bastante llano, llevamos la
sierra a nuestra izquierda y la penillanura hasta perderse de vista -¡se
ve Cáceres-! a la derecha.
Antes de cruzar Retamosa ya se ve a lo lejos Cabañas y
su perfil único y característico: tras el pueblo hay dos canchos
de cuarcita. El más grande recuerda cantidad al Pan de
Azúcar de Río de Janeiro.
Al pasar Retamosa parece que el viaje está hecho, pero sólo
parece. Iniciamos una espectacular bajada hasta el profundo tajo del
río Almonte. Luego la carretera se agarra como puede a la empinada
ladera, asciende durante cuatro kilómetros hasta llegar a un cruce
a la izquierda -ya en la bajada- que tras otro kilómetro de
empinadísima cuesta nos deja en Cabañas. Intentar convencer
de que este último tramo lo hicimos montados sería absurdo.
En Cabañas es posible dormir en el albergue que está
preparando el Ayuntamiento y que hasta la fecha es gratuito. De momento
sólo ofrece techo y agua corriente. En la misma calle está
el único establecimiento del pueblo donde se puede comer.
CUARTO DÍA
Lo iniciamos con la subida (a pie) al castillo, nido de águilas
con el pueblo a sus pies y con vistas a ambas vertientes de la sierra. Luego,
ya con la bici, bajamos del pueblo y volvemos sobre nuestros pasos por la
carretera que trajimos ayer, hasta el cruce de Roturas. También
es posible -y más corto- ir a Cañamero por Solana; elegimos
dar el rodeo por motivos exclusivamente paisajísticos.
Hay veces en que la palabra no es suficiente para reseñar ese
paisaje que te absorbe y te envuelve. Hay veces en que uno no puede explicar
ni describir, sólo dejarse llevar por lo que tiene tan cerca. Al escribir
uno trata siempre de rehuir la hipérbole, pero esta vez no: Villuercas
son los valles más hermosos que he visto en mi vida.
La primera parte de la ruta de hoy es una subida casi ininterrumpida:
desde el río Almonte (500 metros) hasta el Collado del
Mazo (1060 metros). En el km. 12 cruzamos Roturas. Los seis
kilómetros siguientes también son de continua subida, aunque
la pendiente no es abusiva. Además, algunos alcornoques que jalonan
el camino resguardan al viajero de los rigores del sol.
Conforme nos aproximamos al siguiente pueblo encontramos otro cultivo
propio de la zona: los cerezos. que se extienden por toda la ladera opuesta
a nosotros. Y así llegamos a Navezuelas, km. 18, donde hacemos
una paradita con piscolabis junto a la fuente-lavadero que hay a la entrada
del pueblo.
Seguimos subiendo durante cinco kilómetros más. De repente
salimos del valle por el que veníamos e ingresamos e un espacio totalmente
distinto. La vegetación y el relieve nos dicen como que estemos en
alta montaña. En el km. 28 y a más de mil metros de
altura el espacio se abre inesperadamente: a la derecha vemos longitudinalmente
todo el Valle de Santa Lucía que cruzamos hace unas horas
por su parte más baja, y a la izquierda un dilatadísimo horizonte
que incluye las sierras de La Siberia y los embalses del
Guadiana.
 |
| Valle de Santa Lucía |
Hay que seguir. Dos kilómetros más y ya hemos ganado los
1.060 metros del Collado del Mazo.
Y AHORA, LA BAJADA
que comienza después de un corto llaneo, qué lujo, en
la cima del mundo. Primero son dos kilómetros hasta el cruce de Berzocana
-aquí enlaza la carretera que hubiéramos traído de haber
venido por Solana-. Luego, ocho kilómetros más hasta
Cañamero, siempre bajando. Unas veces se ve la carretera allá
abajo y da vértigo el pensar que se pueda descender tanto. Otras son
las curvas de 180 grados que se toman casi parado, y entonces lo increíble
es haber bajado de treinta y cinco a cinco por hora. Finalmente y en el km.
41,5 de la jornada entramos en el pueblo. Al llegar a la carretera que
cruza el pueblo se gira a la izquierda en dirección Guadalupe.
Recomendamos una parada en alguno de los bares del pueblo, o un trago de
agua en la fuente que veremos enseguida.
En Cañamero vimos a un hombre y una mujer europeos nórdicos
de por lo menos sesenta años que más tarde volveríamos
a encontrarnos en Guadalupe. Evidentemente estaban alojados allí y
usaban la bici para conocer la zona. Pensé en el turismo típico
de los españolitos y constaté el abismo cultural existente,
y me pregunté una vez más por qué demonios los latinos,
teniendo mejor clima, usan menos la bicicleta.
Salimos de Cañamero dirección Guadalupe. Al principio
vamos bordeando el río Ruecas, que es otra vez afluente del
Guadiana. Luego vienen tres kilómetros y medio de subida hasta el
Puerto Llano. Torcemos a la izquierda y comenzamos a bajar. A nuestra
derecha veremos en ocasiones la vía del tren abandonada.
Justo seis
kilómetros después del Puerto sale a la izquierda un
camino claramente visible que no es otra cosa que la trinchera que excavaron
para el tren, y que por un recorrido llano y sin sobresaltos nos llevará
hasta Guadalupe, evitándonos así llegar al pueblo en cuesta
arriba. Cruzamos por arriba el viaducto bajo el que pasamos el primer día
y luego un largo y enorme túnel que nos deja en la "estación"
de Guadalupe. Subimos quinientos metros más por una carreterita y
estamos en la circunvalación. Otros quinientos metros y ya es el casco
urbano de Guadalupe y el final de la ruta.