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Por las tierras de San Finx

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La ría de Villagarcía
Nos continúan guiando las flechas blancas que ponen "BTT" así que giramos a la izquierda por la pista asfaltada hasta encontrar de nuevo un cruce de cuatro caminos, acompañado por una bonita fuente de piedra con un enorme abrevadero. Estamos en diciembre, y el agua y la humedad están presentes al 100% en esta zona de Galicia. Las pistas y los caminos están completamente encharcados de agua pese a que luce el sol con cierta fuerza, aunque a veces aparece una nube traidora y deja un chaparrón. De las fuentes y los manantiales brota el agua a borbotones desperdiciándose por los laterales de los caminos y corriendo veloz por las cunetas y los "regueiros" que la llevan a los prados que permanecen muchos meses con un verde fulgor que ciega los sentidos. En la fuente es buen momento para reparar las fuerzas y rellenar un poco el Camelbak.

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Caminos muy especiales
Continuamos la pista de frente, sin tomar ningún cruce, y tras un leve descenso llegamos a la aldea de Fruime, realmente a su iglesia, que en estas fechas navideñas tiene un altavoz con villancicos que parecen sonar para deleite de los árboles, porque no se ve un alma en mucha distancia a la redonda. En el cruce giramos a la derecha por la pista de asfalto, y según comenzamos una dura ascensión aparece una pista de tierra todavía más empinada. Plato pequeño y ¡a por ella!. Entre pinos y eucaliptos discurre la ascensión que poco a poco se va complicando con enormes piedras resbaladizas que hacen de la subida una auténtica prueba de habilidad. Hoy hubo suerte y la pasamos "a cero", pero con un calentón en las piernas y en los pulmones que nos hace parar en la cima a recoger un poco el resuello.

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Vista actual de las minas
Parte innata del ciclista de montaña es la cabezonería por pasar las zonas sin poner los pies en el suelo. Más cabal hubiera sido empujar la bici en algunas zonas en lugar de poner el corazón a 180 ppm, pero es algo que no se puede evitar. Tras volver a ver el mundo con su debido color y un trago de agua, volvemos a una pista de asfalto muy cerca de Silvarredonda uno de los emblemáticas aldeas que se desarrollaron al calor del progreso que trajo la mina. De esa pista, a la derecha sale ahora un cortafuegos de descenso realmente empinado. Empinado en Galicia significa "bastante empinado". Muy empinado. ¿30%? ¿35%? No lo sabemos, pero la otra opción era dar un suave descenso por pista de asfalto, así que lo del cortafuegos no es una opción: Es una obligación. ¡Sillín abajo y vámonos, que hoy es un buen día para caerse como otro cualquiera! La bajada es realmente complicada. Se puede hacer desmontado, opcional y obviamente. Son aproximadamente 800 metros pero siempre merece la pena intentarlo. Hubo suerte y llegamos "a cero" y sin novedades al borde de la carretera. Aquí si que es imposible pasar y hay que llevar la bici al hombro unos metros mientras se salva el muro de 2 metros alto que nos separa de la carretera.

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Aspecto fantasmagórico
Estamos justo en el cruce de las minas de San Finx. Vemos de frente toda la edificación abandonada a lo lejos y aquí de cerca una oxidada chimenea de hierro que suponemos es un respiradero de una galería que tenemos debajo de los pies.

Giramos a la izquierda en la pista de asfalto, para encontrarnos a la derecha y a unos pocos metros con el cruce que nos lleva a las minas. Una estrecha pista de asfalto nos deja en el pueblo fantasma de lo que fue una de las zonas más prósperas de España en la posguerra. A principios de los años 40, mientras la mayoría de los españoles se apretaban el cinturón o -directamente- pasaban hambre y miseria, aquí florecía un pueblo de más de 4.000 habitantes con parques y jardines bien cuidados. Una escuela con columpios y toboganes, un pequeño hospital donde no faltaba de nada y todo lo que hiciera falta.

San Finx mines CO. Ltd.
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Un paseo por la historia
Las 32 explotaciones mineras que sacaban el Wolframio para endurecer el acero de los cañones nazis, proveían toda la riqueza necesaria para una comarca que recibía mano de obra de todas las partes del país e incluso del extranjero. La principal compañía que extraía el preciado mineral era de capital inglés, es decir, del enemigo (¡qué curioso! ¿verdad?). Se llevaba en carro de bueyes por los caminos que había en la época, hasta Taragoña, al lado del mar en la ría de Villagarcía, donde se sometía a un primer tratamiento electromagnético para aumentar la pureza del mineral y después se cargaba en las grandes barcazas que lo llevaban ya a los países industrializados para su refinamiento, tratamiento y utilización.

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La nave principal
De aquello no queda ni el espejo de lo que fue. Sólo dos familias subsisten en el pueblo de sacar la poca arena valiosa que queda. Explotan la mina como si fuese una cantera, y todos los pozos están cerrados y abandonados. Éste, -el abandono-, es patente por donde quiera que se mire. Desde la destartalada escuela, hasta los caminos llenos de charcos y socavones pasando por callados pozos, llenos de oxidadas poleas para subir el mineral y los obreros. Un fantasmal pueblo lleno de edificios en ruinas, que es visitable en bici. Un paseo por las pistas que rodean el complejo es muy recomendable para intentar hacerse una idea de lo que un día fue aquella explotación minera, que hasta el año 1990 seguía extrayendo mineral de esas huecas laderas. Es poco recomendable salirse de las pistas que hay por la zona, porque según cuenta la gente de la zona, hay bastantes huecos de más de 40 metros de profundidad, bien naturales, bien construidos por la mano del hombre, pero que en ningún caso están señalizados de manera alguna. Lo peor es que en el fondo hay animales muertos que tuvieron la desgracia de encontrárselos en su camino…




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Amigosdelciclismo.com/JF
Fecha de publicación: Enero 2005


 
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