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Más de 30.000 Km. recorridos, 7000 a golpe de pedal, 16 países distintos
visitados, cientos de pueblos y ciudades, cientos de amigos de todos los
rincones del planeta...
Innumerables experiencias que convierten la vida en una fantástica
película de aventuras protagonizada por uno mismo, dirigida por el
inescrutable destino y ambientada por el mejor decorador, la naturaleza, donde
se suceden vertiginosas secuencias de emoción y riesgo.
Ya se cumplen dos años desde que comencé mi viaje. Dos años persiguiendo un
horizonte en busca de ¿quién sabe? Tal vez en busca de uno mismo.
Dos años en ruta y aún estoy lejos de cumplir mi meta, por suerte, tengo
todavía mucho mundo por recorrer.
Desde Ushuaia pedaleé por la Patagonia chilena y argentina hacia la gran
metrópolis de Buenos Aires. Crucé el Río de la Plata ascendiendo por Uruguay
hacia las tierras guaraníes coronadas por las escandalosas cataratas del
Iguazú.
Me interné en Paraguay, atravesé el salvaje y desolado Chaco donde casi
termina mi aventura trágicamente en varias ocasiones; me arrolló un autobús,
una serpiente cascabel se interpuso en mi camino y una noche de terror me dispararon
confundiéndome con un maleante.
Mascando hoja de coca para soportar la altura y el frío viaje por la singular
geografía boliviana. Cuatro meses de aventuras y desventuras en el altiplano
transformaron mi espíritu descubriéndole la fuerza que necesita un corazón
viajero.
Allí arrastre mi bicicleta hasta la cima de la misteriosa Samaipata,
la roca tallada más grande del mundo.
Caminé entre las cañadas de Vallegrande donde el Che Guevara luchó y murió
hace más de treinta años. En su tumba, recientemente descubierta y vaciada,
encontré un pequeño hueso que desde entonces cuelga de mi cuello a modo de
talismán.
En los Yungas, la amazonia boliviana, tomé contacto por primera vez con una de
las plantas sagradas de Sudamérica, el San Pedro, un cactus alucinógeno
utilizado como puerta astral hacia los secretos de Pachamama, la madre tierra.
En la Paz, una ciudad que en la noche luce como un árbol de Navidad caído a
las faldas del nevado Ilimani, pase momentos de júbilo entre amigos de
dispares nacionalidades y momentos de angustia encerrado en una inmunda celda
cuando me detuvieron confundiéndome con un narcotraficante.
En la tierra de los Aymarás viví mi particular quimera del oro, trabajando en
el proyecto de explotación de una recóndita mina aurífera del tiempo de los
conquistadores bañada en sangre y misterio.
Y en Bolivia me enrolé en el Circo Truchini, un grupo de locos malabaristas y
comediantes con los que actué en calles y plazas, retornando con ellos a Chile
y Argentina.
Pedaleé por el desierto de Atacama entre paisajes que podrían ambientar unas
crónicas marcianas.
En el porteño Valparaíso chileno encontré un nuevo hogar en la morada de una
compañía de marionetas, Corazones de Madera, ellos cuidaron de Platera
mientras me escapaba hacia el desenfrenado carnaval brasileño.
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Cuzco (Perú)
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Después de un mes de samba y una pequeña parada en Buenos Aires y Santiago
para festejar con amigos, me reencontré con Platera y pedaleé por Perú. No
podía perderme el mágico enclave de Machu Pichu, la ciudad perdida entre
leyendas.
En Cuzco volví a contactar con el más allá indígena a través de otra planta
sagrada, la potente Ayahuasca, una mezcla de hojas y raíces de fuertes efectos
psíquicos y físicos.
Pedaleando por la costa de Perú llegué hasta Ecuador donde desgraciadamente
perdí un amigo, el mar se lo tragó en las playas de Montañita.
De Ecuador a la conflictiva Colombia, lástima que este interesante país sufra
el castigo de la violencia. En Colombia la vida y la muerte bailan juntas a
ritmo de cumbia.
Me instalé una temporada en San Agustín, un lindo pueblecito a orillas del
cañón del Magdalena donde muchos de sus cosmopolitas habitantes parecen
personajes de un Macondo postmoderno. En San Agustín regenté un bar, locas
noches de vino y rosas, pero después de dos semanas de asedio guerrillero
tuve que escapar hacia lugares más seguros.
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Platera en el Desierto de Piura (Perú)
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Llegué hasta Maracaibo sólo por pisar tierras venezolanas y pedaleando por la
costa Colombiana me dirigí hacia Panamá.
La jungla del Darién es un tapón natural que impide el paso por tierra hacia
Centroamérica. Platera y yo abordamos un pequeño barco mercante cargado de
bidones de gasolina, bombonas de gas y otras mercancías de contrabando. Junto
a otros seis pasajeros clandestinos y con una tripulación digna de la isla del
tesoro nos dispusimos a realizar la travesía por el Caribe. Una tormenta
tropical nos sorprendió en plena noche. Los siete pasajeros que viajábamos hacinados sobre cubierta
tuvimos que atarnos a la carga para evitar ser arrastrados por un mar
enfurecido e iluminado entre los rayos que golpeaban a nuestro alrededor.
Después de la tormenta, un calmoso amanecer nos recibió en las exóticas playas
de Capurgana como si todo hubiese sido un mal sueño.
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Indígenas Cuna en Panamá City
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De Panamá City pedaleé hasta San José de Costa Rica donde los avatares del
destino me hicieron abandonar a Platera durante seis meses.
En San José me asocié con "el Flaco", un uruguayo que viajaba en moto, una
destartalada 250cc. fabricada con piezas de desguace. Dos locos y una moto en
busca de un destino, atravesamos Centroamérica rememorando el film de los 60
"Easy Rider" como dos nacidos salvajes por la tierra de los volcanes. El
Flaco, mecánico de profesión y artesano de necesidad, me introdujo en el gremio
de los artesanos itinerantes, actividad que ahora me ayuda a sufragar gastos.
Me despedí del Flaco en México y allí me junté con Conny, una alemana que ha
sido mi compañera de viaje los últimos cinco maravillosos meses.
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Indígenas en México
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En la inmensa urbe de México DF viví junto unos jóvenes y talentosos músicos,
con ellos toqué mi pequeña guitarra, que me acompaña desde Bolivia pidiendo
monedas en calles, buses y restaurantes para financiarnos el inspirador
tequila, pues no sólo de pan vive el hombre.
También en México recibí la visita de Miguel, un buen amigo madrileño. Creo
que después de sus cortas vacaciones el ya se ha infectado del indómito virus
del viajero.
De México a Belice tierra de garifunas, afrolatinos descendientes de
corsarios y esclavos que hablan un ingles indescifrable y sudan reagee por
todos sus poros.
En Guatemala perfeccioné mi arte joyero entre indígenas y después viaje hacia
la hondureña isla de Utila donde pase el renombrado cambio de siglo.
Utila, famosa por el "scuba dive", me hizo descubrir las impresionantes bellezas
del mundo del silencio, las profundidades submarinas repletas de vida y color
me abrieron un nuevo mundo para explorar. Ahora el submarinismo es otra de mis
pasiones.
De Honduras a la hospitalaria Nicaragua y otra vez en la ecológica Costa
Rica. En los seis últimos meses Platera ha descansado en el taller de
bicicletas de Manuel Quirós, una excepcional persona siempre dispuesta a echar
una mano a los ciclo viajeros que pasan por San José. Si ruteáis por Costa Rica
podéis poneros en contacto con él, su e-mail es inmoba@sol.racsa.cosr.
De nuevo Platera está lista y deseosa de rodar por nuevos caminos.
Pondré proa hacia Nicaragua y el Salvador, que aún no he visitado y después
Guatemala, México y los Estados Unidos. Desde allí a Australia, luego Asia y
por último Europa.
Mis ansias de comemillas son ilimitadas pero.... no mis posibilidades de
completar mi aventura. He sobrevivido a atropellos, fieras, tormentas,
disparos y guerrillas pero no sé si podré vencer a la bancarrota. El dinero, o
mejor dicho la falta de él, es un nubarrón amenazante que puede acabar con mi
sueño.
Desde aquí lanzo un mensaje de petición de ayuda a cualquier compañía,
institución u organismo que pueda estar interesado en patrocinar el resto de
mi proyecto. Cualquier experto publicitario puede analizar el tema, al fin y
al cabo no seré el primero ni soy el único pero... pocos locos se lanzan a una
empresa como la mía ¡Dar la vuelta al mundo en Bicicleta!
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