| La Vuelta al Mundo de Agustín López Pisonero | www.amigosdelciclismo.com/transmundi |
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Más de 30.000 Km. recorridos, 7000 a golpe de pedal, 16 países distintos visitados, cientos de pueblos y ciudades, cientos de amigos de todos los rincones del planeta... Innumerables experiencias que convierten la vida en una fantástica película de aventuras protagonizada por uno mismo, dirigida por el inescrutable destino y ambientada por el mejor decorador, la naturaleza, donde se suceden vertiginosas secuencias de emoción y riesgo. Ya se cumplen dos años desde que comencé mi viaje. Dos años persiguiendo un horizonte en busca de ¿quién sabe? Tal vez en busca de uno mismo. Dos años en ruta y aún estoy lejos de cumplir mi meta, por suerte, tengo todavía mucho mundo por recorrer. Desde Ushuaia pedaleé por la Patagonia chilena y argentina hacia la gran metrópolis de Buenos Aires. Crucé el Río de la Plata ascendiendo por Uruguay hacia las tierras guaraníes coronadas por las escandalosas cataratas del Iguazú. Me interné en Paraguay, atravesé el salvaje y desolado Chaco donde casi termina mi aventura trágicamente en varias ocasiones; me arrolló un autobús, una serpiente cascabel se interpuso en mi camino y una noche de terror me dispararon confundiéndome con un maleante. Mascando hoja de coca para soportar la altura y el frío viaje por la singular geografía boliviana. Cuatro meses de aventuras y desventuras en el altiplano transformaron mi espíritu descubriéndole la fuerza que necesita un corazón viajero. Allí arrastre mi bicicleta hasta la cima de la misteriosa Samaipata, la roca tallada más grande del mundo. Caminé entre las cañadas de Vallegrande donde el Che Guevara luchó y murió hace más de treinta años. En su tumba, recientemente descubierta y vaciada, encontré un pequeño hueso que desde entonces cuelga de mi cuello a modo de talismán. En los Yungas, la amazonia boliviana, tomé contacto por primera vez con una de las plantas sagradas de Sudamérica, el San Pedro, un cactus alucinógeno utilizado como puerta astral hacia los secretos de Pachamama, la madre tierra. En la Paz, una ciudad que en la noche luce como un árbol de Navidad caído a las faldas del nevado Ilimani, pase momentos de júbilo entre amigos de dispares nacionalidades y momentos de angustia encerrado en una inmunda celda cuando me detuvieron confundiéndome con un narcotraficante. En la tierra de los Aymarás viví mi particular quimera del oro, trabajando en el proyecto de explotación de una recóndita mina aurífera del tiempo de los conquistadores bañada en sangre y misterio. Y en Bolivia me enrolé en el Circo Truchini, un grupo de locos malabaristas y comediantes con los que actué en calles y plazas, retornando con ellos a Chile y Argentina. Pedaleé por el desierto de Atacama entre paisajes que podrían ambientar unas crónicas marcianas. En el porteño Valparaíso chileno encontré un nuevo hogar en la morada de una compañía de marionetas, Corazones de Madera, ellos cuidaron de Platera mientras me escapaba hacia el desenfrenado carnaval brasileño.
Después de un mes de samba y una pequeña parada en Buenos Aires y Santiago para festejar con amigos, me reencontré con Platera y pedaleé por Perú. No podía perderme el mágico enclave de Machu Pichu, la ciudad perdida entre leyendas. En Cuzco volví a contactar con el más allá indígena a través de otra planta sagrada, la potente Ayahuasca, una mezcla de hojas y raíces de fuertes efectos psíquicos y físicos.
Pedaleando por la costa de Perú llegué hasta Ecuador donde desgraciadamente perdí un amigo, el mar se lo tragó en las playas de Montañita. De Ecuador a la conflictiva Colombia, lástima que este interesante país sufra el castigo de la violencia. En Colombia la vida y la muerte bailan juntas a ritmo de cumbia. Me instalé una temporada en San Agustín, un lindo pueblecito a orillas del cañón del Magdalena donde muchos de sus cosmopolitas habitantes parecen personajes de un Macondo postmoderno. En San Agustín regenté un bar, locas noches de vino y rosas, pero después de dos semanas de asedio guerrillero tuve que escapar hacia lugares más seguros. Llegué hasta Maracaibo sólo por pisar tierras venezolanas y pedaleando por la costa Colombiana me dirigí hacia Panamá. La jungla del Darién es un tapón natural que impide el paso por tierra hacia Centroamérica. Platera y yo abordamos un pequeño barco mercante cargado de bidones de gasolina, bombonas de gas y otras mercancías de contrabando. Junto a otros seis pasajeros clandestinos y con una tripulación digna de la isla del tesoro nos dispusimos a realizar la travesía por el Caribe. Una tormenta tropical nos sorprendió en plena noche. Los siete pasajeros que viajábamos hacinados sobre cubierta tuvimos que atarnos a la carga para evitar ser arrastrados por un mar enfurecido e iluminado entre los rayos que golpeaban a nuestro alrededor. Después de la tormenta, un calmoso amanecer nos recibió en las exóticas playas de Capurgana como si todo hubiese sido un mal sueño.
De Panamá City pedaleé hasta San José de Costa Rica donde los avatares del destino me hicieron abandonar a Platera durante seis meses. En San José me asocié con "el Flaco", un uruguayo que viajaba en moto, una destartalada 250cc. fabricada con piezas de desguace. Dos locos y una moto en busca de un destino, atravesamos Centroamérica rememorando el film de los 60 "Easy Rider" como dos nacidos salvajes por la tierra de los volcanes. El Flaco, mecánico de profesión y artesano de necesidad, me introdujo en el gremio de los artesanos itinerantes, actividad que ahora me ayuda a sufragar gastos. Me despedí del Flaco en México y allí me junté con Conny, una alemana que ha sido mi compañera de viaje los últimos cinco maravillosos meses.
En la inmensa urbe de México DF viví junto unos jóvenes y talentosos músicos, con ellos toqué mi pequeña guitarra, que me acompaña desde Bolivia pidiendo monedas en calles, buses y restaurantes para financiarnos el inspirador tequila, pues no sólo de pan vive el hombre. También en México recibí la visita de Miguel, un buen amigo madrileño. Creo que después de sus cortas vacaciones el ya se ha infectado del indómito virus del viajero. De México a Belice tierra de garifunas, afrolatinos descendientes de corsarios y esclavos que hablan un ingles indescifrable y sudan reagee por todos sus poros. En Guatemala perfeccioné mi arte joyero entre indígenas y después viaje hacia la hondureña isla de Utila donde pase el renombrado cambio de siglo. Utila, famosa por el "scuba dive", me hizo descubrir las impresionantes bellezas del mundo del silencio, las profundidades submarinas repletas de vida y color me abrieron un nuevo mundo para explorar. Ahora el submarinismo es otra de mis pasiones. De Honduras a la hospitalaria Nicaragua y otra vez en la ecológica Costa Rica. En los seis últimos meses Platera ha descansado en el taller de bicicletas de Manuel Quiros, una excepcional persona siempre dispuesta a echar una mano a los cicloviajeros que pasan por San José. Si ruteais por Costa Rica podéis poneros en contacto con él, su e.mail es inmoba@sol.racsa.cosr. De nuevo Platera está lista y deseosa de rodar por nuevos caminos. Pondré proa hacia Nicaragua y el Salvador, que aún no he visitado y después Guatemala, México y los Estados Unidos. Desde allí a Australia, luego Asia y por último Europa. Mis ansias de comemillas son ilimitadas pero.... no mis posibilidades de completar mi aventura. He sobrevivido a atropellos, fieras, tormentas, disparos y guerrillas pero no sé si podré vencer a la bancarrota. El dinero, o mejor dicho la falta de él, es un nubarrón amenazante que puede acabar con mi sueño. Desde aquí lanzo un mensaje de petición de ayuda a cualquier compañía, institución u organismo que pueda estar interesado en patrocinar el resto de mi proyecto. Cualquier experto publicitario puede analizar el tema, al fin y al cabo no seré el primero ni soy el único pero... pocos locos se lanzan a una empresa como la mía ¡Dar la vuelta al mundo en Bicicleta! |
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