El tren sale a las 8:00h para Sevilla. Ayer pasamos el día preparando las bicicletas: todo metido en bolsitas individuales, el peso perfectamente distribuido, revisión final para no olvidar nada, los pulpos bien sujetos, la bomba, que no se olvide, porque seguro que hace falta más de una vez, los carretes, la cartera, ... La sensación al salir de casa ya es conocida. Estamos bien limpitos, afeitados y con un corte de pelo militar. Nuestras bicis pesan como un muerto pero pronto nos acostumbraremos. A estas horas Jaén está desierto y mientras bajamos por el Paseo de la Estación nos vamos adaptando a nuestra nueva condición de peregrinos. Por suerte en los trenes de Andalucía Express no dan problemas para llevar las bicicletas. El primer vagón tras la locomotora está preparado para colocarlas y engancharlas con los pulpos para que no se vuelquen. Llegamos a la estación de Santa Justa (Sevilla) a las 11:00 h tras un cómodo viaje, por un paisaje bien conocido. Lo primero que hacemos es dirigirnos a la estación de autobuses. ¿Por qué?. Olvidé decirlo, no queríamos salir de Sevilla, aunque esa fuera la ruta original. Estamos demasiado habituados a pedalear entre olivos. Nos apetecía un cambio y el trayecto de Sevilla a Mérida no parecía ofrecer aliciente alguno. Sin embargo sí pretendíamos dormir esta primera noche en Mérida para poder visitar la ciudad por la tarde. Así que poco después estábamos en la ventanilla de LEDA S.A., sacando los billetes para las 14:40 h:
-Juan- "Hola buenas tardes. Queremos ir a Mérida, pero vamos con dos bicicletas, ¿habrá algún problema?"
-Taquillero 1- "Hola buenas tardes. No, no hay ninguno. ¿Para qué hora los quiere?"
-Juan- "Pero, ¿Está usted seguro? Tomaremos el de las 14:40 h."
-Taquillero 1- "Por supuesto, no hay problema."
-Taquillero 2- "Además a esa hora hay pocos viajeros así que no se preocupe."
No es capricho la inclusión de este diálogo. Luego se verá qué ocurrió antes de salir.
Ya con los billetes en la cartera, disponíamos de dos horas y diez minutos para conocer Sevilla y comer. Preferimos primero buscar una tienda de bicicletas aprovechando que se trata de una gran ciudad. La bolsa de manillar que compramos ayer mismo, nada más sacar las bicis del tren se rompió. Si es que el dinero del mezquino anda dos veces el camino. Hubiera sido mejor gastar algo más en una bolsa de mejor calidad, en vez de tener que comprar ahora otra, y tener dos bolsas mediocres, una de ellas medio rota. Por cierto que ninguna de las dos tiendas que vimos era buena. Se ve que el MTB no tiene mucho arraigo por aquí. A continuación, dimos una rápida vuelta: la Giralda, ... mmmh, preciosa, la Catedral, ... qué bonita, venga Javier que no comemos, ¡hombre! la plaza del Ayuntamiento, si está aquí... Definitivamente esta no es forma de visitar una ciudad. Además hace un calor bochornoso, más bien propio de ciudades costeras. Decimos que algún día volveremos pues parece una bonita ciudad. Comemos un bocata tortilla y llegamos con algo de tiempo a la estación.
Media hora antes de salir, metemos con cuidado las bicis en el maletero, desmontando las ruedas delanteras. Nos quedamos al lado, vigilándolas. Un rato después, aparece el conductor. Malhumorado, me pregunta si las bicis son mías. Le respondo que sí y él me dice que por qué no le he pedido permiso antes. Le explico con calma lo ocurrido en la ventanilla unas horas antes; de muy malos modos, dirigiéndose a mí sin el debido respeto, me reprocha que las haya metido sin consultarle antes, argumentando que pueden estropear el equipaje del resto de viajeros. ¿Y qué pasa, que nuestras bicicletas no son equipaje?. Ni siquiera había equipaje suficiente en el maletero como para ocuparlo entero. Con sosiego y educación le hice ver que la habíamos colocado con mucho cuidado, en una zona donde estaban recogidas, amarrándolas con los pulpos para evitar que se movieran durante el trayecto. No muy convencido y con cara de perro se fue y nosotros entramos en el autobús, enfadados por el mal trato recibido.
Tres horas y diez minutos después de salir, a las 17:50 h, llegamos a Mérida, provincia de Badajoz. Hace un calor sofocante. Montamos las bicicletas y ya listos, entramos a la ciudad por los 792 m del impresionante puente romano sobre el Guadiana. Entre pitos y flautas nos dan las siete menos cuarto y media hora más tarde cerraban todos los monumentos. Nuestro gozo en un pozo, porque teníamos pensado visitar los magníficos teatro y anfiteatro romanos. En realidad ya los conocíamos de un viaje anterior, por lo que no quisimos quedarnos a dormir en Mérida.

Monumento a Rómulo y Remo. Mérida
|
Decidimos avanzar para buscar un sitio donde dormir. Pasamos por un camping, pero la recepción estaba vacía y tampoco nos gustaba demasiado. Continuamos por la carretera hasta toparnos con el embalse de Proserpina; nos apartamos del asfalto para ir por un camino de tierra. En la orilla del embalse se veían unos chiringuitos. Al pasar junto a uno, vi sobre la arena el reflejo de una cinta reflectante, como las de las alforjas de una bicicleta. Nos acercamos más y al lado de las tres bicicletas, un grupo de jóvenes de unos veintitrés a veinticuatro años discutían sobre un mapa de carreteras de España. Se presentaron como David, Rafa y Pablo, sevillanos; salieron desde Sevilla y siempre por carreterillas tenían pensado ir a los Picos de Europa, para luego terminar en Santiago. No sabían que existía la Ruta de la Plata, sólo iban hacia el norte. Nos invitaron a quedarnos con ellos, a cenar y pasar la noche. Nos pareció bien, pero no sabíamos dónde nos estábamos metiendo. Eran tres juerguistas de cuidado (si leéis esto, por favor no os molestéis y que nadie se sienta ofendido). Caraduras simpáticos que nos tuvieron hasta las doce y media de la noche tonteando con unas niñas de quince años. Acabamos cenando de noche, con las linternas y acostándonos muy tarde en un chiringuito cerrado.