Día 2: Domingo, 11 de julio de 1999
Embalse de Proserpina-Cáceres


Aunque el despertador de los sevillanos sonó a las 6:10 h (pretendían salir a las siete los condenados), alguien lo apagó y seguimos durmiendo una horita más. A las 8:30 h de una fría mañana partimos en la que sería nuestra primera etapa de la ruta. ¡Cómo tiran los sevillanos! Nos llevan con la lengua fuera, supongo que porque su idea era llegar a Cáceres a las once (de la mañana). Tras los primeros ajustes de alforjas del viaje, seguimos, dale que te pego a los pedales, más quemados que la moto de un hippie, hasta que por culpa de un pinchazo de Juan nos quedamos muy atrás y los perdemos de vista. La verdad es que no nos preocupamos mucho, porque habíamos quedado con ellos en Alcuéscar. Pero llegamos allí y no estaban, así que decidimos seguir por nuestra cuenta, esta vez a un ritmo más tranquilo -incluso nos paramos a la sombra de una encina y dimos buena cuenta de un fuet que traíamos-. Y así, como quien no quiere la cosa, nos plantamos en Casas de Don Antonio.

Dehesas extremeñas, camino de Alcuéscar
Dehesas extremeñas, camino de Alcuéscar

Cruzamos su bonito puente romano y comimos en un bar de la plaza del pueblo. Esto de ir a la plaza de los pueblos es algo que haríamos con frecuencia a lo largo de nuestra aventura, pues allí se encuentran los bares, las fuentes, los parques para descansar y los abuelos, entre otras cosas. Después de una reparadora siesta en un camino a las afueras del pueblo, a las 17:15 h continuamos, con el objetivo de llegar a Cáceres ese mismo día.

Tomamos un polvoriento camino, que transcurre paralelo a la N-630, y a los 3 km nos paramos para ver un miliario romano que se conserva aún en pie, y nos llevamos una pequeña sorpresa. En una especie de hornacina que había en el monolito, un tal Juanpe había dejado una nota diciendo que iba para Cáceres, y que iba a dormir en el convento de los hermanos de la Cruz Blanca (ya hablaremos de ellos). También había firmado un malagueño que estaba haciendo el camino al revés, -qué tío- y nosotros, como no podía ser menos también escribimos algo (esta nota dio mucho juego, al parecer. Pero no adelantemos acontecimientos).




No nos entretuvimos más y seguimos la marcha. Varios km después nos desviamos a Aldea del Cano para coger agua, pues la nuestra estaba calentucha. Un amable hombre nos surtió del preciado y fresquito líquido, que nos sentó de maravilla.

Un rato después, cruzamos un campo de vuelo (lo cruzamos literalmente, por en medio), y otro poco después nos encontramos a un francés en bicicleta. Según nos contó, había venido de vacaciones para practicar el vuelo con ultraligero, y vivía en unas tiendas de campaña, que precisamente habíamos visto al pasar por el campo de vuelo, con unos veinte amigos más. Por lo visto, aquella zona era la mejor de Europa para practicar el vuelo. Esa tarde se dirigía al cercano Valdesalor para bañarse en la piscina municipal. Tenía una pinta cachonda: iba sin camiseta, con un móvil en el bañador, con unas chanclas surferas y un sombrero de paja. Nos costó hacerle entender por qué estábamos allí y qué era eso del peregrino.

Al llegar al citado pueblo nos despedimos, pues la piscina estaba cerrada y él se iba a un lago cercano. A las 20:30 h llegamos a Cáceres, reventados, tras más de 80 km de sufrimiento. Era nuestro primer día y nunca nos habíamos hecho "tantos" km. He entrecomillado la palabra tantos porque a lo largo del viaje nos haríamos unos cuantos más.

Como decía, ya en Cáceres, paramos en el Paseo de Cánovas a descansar. Preguntamos a un matrimonio por los hermanos de la Cruz Blanca, y nos dijeron que estaban en el casco antiguo y que acogían peregrinos (Ja, Ja, Ja). Dicho y hecho, hacia allí nos dirigimos. Pero el destino nos reservaba otra sorpresa. Al llegar a la preciosa Plaza Mayor, nos esperaban los sevillanos, sentados en las escaleras. Habían llegado a las 14:00 h, por la nacional, haciendo relevos y todo, para ir más rápido. Les hablamos de lo de la hermandad y les gustó la idea, así que encaminamos nuestros pasos hacia allí.


-Juan- (llamando a la puerta). ¡toc, toc!
-David- "Quillo, aquí no hay nadie"
-Rafa- "No sé tío, llama otra vez"
-Juan- ¡¡TOC, TOC, TOC!!
(se asoma un joven a un balcón, extrañado)
-Joven- "Hola, qué pasa"
-Juan- "Hola, ¿es aquí donde acogen peregrinos?"
-Joven- "Mmm... No sé, espera un momento" (se mete dentro y esperamos)
(Al rato se asoma un hombre, joven también. Supongo que era un hermano)
-Joven 2- "Hola, ¿en qué puedo ayudaros?" (¡¿Ayudarnos?!)
-David- "Sí, buenas noches. ¿Aquí acogen peregrinos?."
-Joven 2- "No... Creo que no... Esperad un momento. (también se mete dentro)
(Poco después, sale)
-Joven 2- "¿Qué vais, a Santiago?"
-Todos- "Pues sí"
-Joven 2- "Un momento" (Vuelve a desaparecer)
(Unos minutos después reaparece de nuevo)
-Joven 2- "Lo siento, no puedo ayudaros"(Mentira cochina)
-Rafa- "Pero si nos habían dicho que aquí acogían peregrinos"
-Joven 2- "Lo siento, pero no puedo hacer nada. Lo que podéis hacer es hablar con la Policía, y ellos os ayudarán"
-David- "Gracias"
-Joven 2- "Adiós, buenas noches"

Callejeando por Cáceres
Callejeando por Cáceres

Así que nos fuimos, sin más dilación, a buscar la comisaría más cercana. Preguntamos a alguien y nos mandó a una comisaría en las afueras. Una vez allí, nos dijeron que preguntáramos en otra comisaría que había en el centro. Y después de muchos rodeos, llegamos por fin allí, donde los policías nos trataron bien -que todo hay que decirlo- y nos dieron unos vales, subvencionados por Cáritas y el Ayuntamiento, para dormir en una pensión. Aunque eran las 23:00 h, Juana, la dueña de la pensión Márquez, (sita en la calle Gabriel y Galán, en la misma plaza mayor) nos ofreció un par de habitaciones. Una de ellas tenía tres camas y estaba vacía; la otra, con cuatro camas, estaba ocupada por dos tipos un poco raros. Los sevillanos se asustaron y decían que no se atrevían a dormir allí, que preferían dormir en la calle antes que ahí. Nosotros nos quedamos en la habitación vacía, algo cutre y pelagrera, pero tampoco podíamos pedir mucho. Además pudimos dejar las bicis dentro, aunque nos costó Dios y ayuda subirlas por las escalerillas. Nos despedimos de David, Rafa y Pablo, y bajamos a cenar a un mesón de la Plaza Mayor. Un paseíto y una limonada, y a dormir.


Tabla 2