A las 8:30 h ya estábamos en pie. Hicimos el equipaje y nos marchamos de la pensión (que olía a pis). Desayunamos en el Paseo de Cánovas, unos batidos y unas magdalenas que compramos en un supermercado. Teníamos previsto descansar esa mañana, y visitar el casco antiguo de la ciudad, pero ¡oh, sorpresa!. ¿Dónde demonios está el casco de Juan?. Como eso es algo imprescindible, decidimos comprar otro, a pesar del cariño que le tenía, pues lo llevaba desde hacía ocho años. Como también necesitaba unos guantes y unas cámaras, fuimos a la Boutique Flequi (es una tienda de bicicletas, aunque no lo parezca). Allí no había más que dos cascos marca nisu, no tenían guantes y ni preguntamos por cámaras. Encontramos dos peregrinos que iban a comprar una tija nueva, pero no eran muy locuaces. Con las manos vacías, fuimos al centro comercial Ruta de la Plata, de la cadena EROSKI, a comprar comida.
A pesar de su nombre, no nos dejaron pasar con las bicicletas, y tras una pesada discusión con la guarda jurado, nos invitaron amablemente a salir. Y eso que éramos peregrinos de la Ruta de la Plata. No entiendo qué puede molestar alguien que lleva una bicicleta de la mano. Un carro abulta más, se controla peor, y a nadie le molesta que se paseen con él por en medio (me refiero al centro comercial, no al supermercado). Dimos una vuelta por el casco antiguo y nos sellaron la credencial en la Concatedral de Santa María, donde además, el sacristán insistió en que nos pasásemos por el Monasterio de San Pedro de Alcántara, porque era muy bonito y era año jubilar (lo que ocurre cada cien años). No nos pareció mal la idea, y realmente mereció la pena. Tras eso volvimos a la Plaza Mayor a comer, y a Juan se le ocurrió preguntar en la pensión por el casco. En efecto, allí estaba. Por lo visto se lo había dejado en la otra habitación que nos enseñaron, y la dueña lo había guardado. Menos mal que no compró otro. Solucionado el problema, comimos y echamos una siesta en el (cómo no) Paseo de Cánovas. Más o menos a las 17:30 h salimos para Casar de Cáceres por la comarcal; la idea era llegar temprano al embalse de Alcántara para darnos un baño, como los del artículo de BIKE y dormir por allí. Pero si algo hemos aprendido, es que raras veces las cosas salen como se planean. Pasado el pueblo, ya por una pista de tierra, se nos echaban encima unos negros nubarrones. Poco antes de que empezara a llover, paramos a un pastor que volvía apresurado con su rebaño. Al preguntarle dónde podíamos resguardarnos, nos dijo que no lejos de allí había un cobertizo de madera, donde se guardaba ganado; podíamos estar allí mientras durara la tormenta pero debíamos tener mucho cuidado en cerrar bien la valla al salir. Le hicimos caso, y allí nos plantamos, justo en el momento en que empezó a caer un aguacero. Nuestra presencia asustó a un nutrido rebaño de ovejas, que, durante el tiempo que nos quedamos, no se atrevió a entrar.
Como nada es eterno, paró de llover, y nosotros proseguimos nuestro camino, buscando las flechas amarillas. Estas flechas, pintadas por los miembros de las asociaciones de amigos de la Ruta de la Plata, son las que indican la dirección a Santiago, pasando por un camino, que por Extremadura llaman "cordel de la Plata". Más de un disgusto nos llevamos por la señalización del camino... Pero ya contaré eso más tarde. Como iba diciendo, continuamos pedaleando, cruzando enormes dehesas, y abriendo y cerrando puertas de vallas continuamente, para que no se escapara el ganado. Un tramo por la N-630 nos lleva al embalse de Alcántara, inmenso, que atravesamos por unos puentes, enormes también. Algunos coches nos saludan y nos animan. La verdad es que nos hubiera gustado darnos un baño, pero el día que hacía y la hora que era no lo aconsejaban. Así que nos resignamos y continuamos, hasta que llegamos al hostal-restaurante Miraltajo, un poco después de un club náutico. Como ya pronto iba a anochecer, decidimos dormir allí. Pero rápidamente cambiamos de idea, pues el dueño (un desagradable) no nos dejaba entrar las bicis. Afortunadamente, no hay mal que por bien no venga, y gracias a eso, al volver a la carretera, vimos de nuevo las flechas amarillas, perdidas desde que entramos en la carretera. Varias veces pensamos en parar y quedarnos a dormir en cualquier sitio, pero, animados por unas huellas de bicicleta recientes, seguimos hasta Cañaveral, a donde llegamos ya de noche y a punto de ponerse a llover otra vez. Como ya era costumbre, preguntamos a unos paisanos dónde nos podíamos alojar, y nos dijeron que el alcalde, un hombre muy agradable según sus palabras, nos ayudaría. Mientras tanto, estaba empezando a llover. Hablamos con él en el bar Fontanita, que él mismo regenta, y no nos hizo ni caso. Nos dijo que no disponía de ningún lugar para albergarnos y ni siquiera parecía importarle lo más mínimo. Así que optamos por ir al hostal Málaga, donde el trato fue mejor, claro que, pagando. Al ir a guardar las bicis en el almacén del local, vimos que había varias bicis de otros peregrinos, a los que por cierto ni les vimos el pelo. Una reparadora cena y una buena ducha nos hicieron olvidar las penurias del día, y nos dejaron el cuerpo y la mente listos para afrontar el día siguiente. Un día, por cierto, nada agradable.
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