Día 4: Martes, 13 de julio de 1999
Cañaveral-Plasencia


Después de desayunar en el hostal, preparamos las bicis y nos marchamos a las 9:15 h. Según el libro que llevábamos -que comentaremos más adelante- teníamos que dirigirnos a la iglesia de San Cristóbal, donde había una fuente con agua fresca. ¿Agua?. Cosas del verano; la fuente hacía tiempo que se había secado, así que nos aguantamos sin agua fría y encaramos un cortafuegos, por el que tuvimos que subir a patita, empujando las bicis, con las alforjas y todo. Se nota que todavía no estábamos acostumbrados. Mientras subíamos, no parábamos de oír un sonido parecido al crepitar del fuego, o más bien al de la lluvia cuando cae. La verdad es que nos tenía extrañados. Pero no tardamos en averiguar de qué se trataba. Al parecer, era debido a la electricidad al pasar por los cables de alta tensión de las torretas bajo las que estábamos justo en ese momento. Era un ruido un tanto inquietante, por lo que nos dimos un poco más de prisa en subir, no fuera a ser que algún cable se rompiera...

Padre Antonio. Monasterio de El Palancar
Padre Antonio. Monasterio de El Palancar

Superado el cortafuegos, traspasamos un bosquecillo de pinos, que, tras un corto descenso, desembocaba en un cruce, ya con asfalto. Como queríamos visitar el monasterio de El Palancar, cogimos por error (o por intuición) una carretera cuesta arriba, que nos llevó a un repetidor de telecomunicaciones. Volvimos sobre nuestros pasos, o mejor dicho, sobre nuestras pedaladas hasta el cruce de antes, y preguntamos a un matrimonio que andaba paseando por allí. Había que seguir la carretera hacia Pedroso de Acim, y poco antes de llegar a este pueblo, tomar el desvío al monasterio, que estaba indicado con un cartel. Así lo hicimos, y no lo lamentamos. Era curioso que a lo largo de toda la subida hubiera un Via Crucis. Lo cierto es que subir por aquella carretera se nos hizo algo pesado, -como una penitencia- pero mereció la pena hacerle una visita a ese lugar. Rodeado de montes y dehesas, se alza un rústico monasterio, construido en un principio por San Pedro de Alcántara sobre un terreno que le fue donado por unos amigos. Posteriormente se edificó sobre él el actual conjunto, aunque respetando el edificio primitivo. Como curiosidad diré que tiene el claustro más pequeño del mundo, con sólo cuatro columnas, y unos 4 metros cuadrados más o menos. También se conservan las antiguas dependencias del convento, incluida la minúscula celda del santo extremeño. Todo esto nos lo enseñó el padre Antonio, un sencillo y amable fraile, que posó divertido en una foto que le hicimos en la ridícula cocina.

En la fuente del frondoso jardín del monasterio nos refrescamos, y aprovechamos para engrasar las bicis, que ya estaban un poco secas, y probar las moras que había en un árbol.

 Monasterio de El Palancar
Monasterio de El Palancar

Nos fuimos de allí, y volvimos al cruce anterior, siguiendo la carretera hasta un "Night-Club" (nuestro libro dice que es un restaurante), cerca del cual vuelven a aparecer las flechas amarillas. Enseguida nos introducimos en un bosque de alcornoques, sin corteza éstos, seco y lleno de baches y piedras. Nuestro libro dice que es "un apacible bosque, donde la imaginación da vida a los duendes impregnándolo de energía". Si algún hipotético lector va alguna vez por allí, -sobre todo en verano, a las tres de la tarde- es probable que maldiga en arameo a los duendes esos. Llegado un momento, las flechas nos confundieron, y por error cruzamos una valla, cortándola con los alicates y remendándola lo mejor que pudimos. Después de dar vueltas por allí, sin saber hacia donde ir, divisé a lo lejos una flecha amarilla en un muro de piedra. Volvimos sobre nuestros pasos, y nos reenganchamos al camino. Un poco más adelante llegamos a una carretera. A pesar de que las flechas indicaban que había que cruzarla, nosotros la seguimos cuesta arriba hasta alcanzar un pequeño pueblo llamado Grimaldo, porque ya eran casi las 16:00 h y no habíamos comido. Y allí, a la sombra de una casa, junto a la carretera comimos y descansamos, para seguir pedaleando más tarde, cuando el calor apretaba menos. Antes de salir, compramos algo de fruta a un vendedor que pasaba por allí con su furgoneta todos los martes. Menos mal que nos lo dijo una mujer que pasó a nuestro lado, porque por lo visto no había tiendas en aquel pueblo. Nuestro siguiente objetivo era Riolobos, pero definitivamente aquél no era nuestro día, y después de atravesar pedregales, veredas de mala muerte, zarzas que nos herían las piernas, y a veces por en medio del campo, volvimos a perder de vista las malditas flechas. Finalmente, encontramos una carretera (eso sí, todo subida) que desembocaba en la N-630. Preguntamos en una gasolinera cercana y nos dijeron que quedaban unos 18 km hasta Plasencia. Hartos de dar vueltas por el monte, decidimos acabar el día en esta ciudad, y gastamos nuestras últimas fuerzas en cubrir esos interminables 18 km. Aquello no se acababa nunca, la carretera era totalmente recta, y nuestro perinech* sufría mucho.

Plasencia
Plasencia

A las 22:00 h más o menos estábamos allí, exhaustos y con hambre. Aunque esto último no fue problema porque cenamos muy bien en un bar de la Plaza Mayor (cervecería El Globo). Por supuesto, después de cenar dimos un paseo nocturno por la zona monumental, aunque en realidad buscábamos una heladería. Dormimos en el hostal Dora, cerca de la muralla. Los dueños eran muy agradables, y tuvieron nuestras bicis bien vigiladas.

* Perinech: periné; región corporal situada entre la zona genital y la anal. Punto débil de los ciclistas.

Tabla 4