Nos levantamos llenos de optimismo. Quedaban unos sesenta kilómetros hasta Salamanca, y teníamos muchas ganas de llegar. Por lo tanto salimos de aquel maloliente pueblo muy temprano, a las 8:20 h. Pedaleamos por la carretera que va a Fuenterroble de Salvatierra. Allí cogimos la que va a Casafranca, y a un kilómetro más o menos retomamos la Cañada Real, como llaman por allí al Camino de la Plata.

Camino de Salamanca
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Después de un buen rato rodando por caminos de tierra y de perdernos unas cuantas veces, para no perder la costumbre, alcanzamos la falda de la Sierra de Frades. Más de una hora tardamos en atravesarla, pues lo empinado y pedregoso del camino nos obligó a bajarnos de las bicis y a arrastrarlas andando, mientras soportábamos el sofocante calor y la asombrosa cantidad de pegajosos insectos que había por la zona. La idea de atravesar esa sierra a saco, es decir, sin dar ningún rodeo y avanzar en línea recta haya lo que haya, no fue nuestra, sino por culpa de las flechas, estratégicamente colocadas, al parecer para espantar a los pocos peregrinos que pasan por allí. No se me ocurre ninguna otra razón.
Pero como nada es eterno, finalmente llegamos de nuevo a la llanura, que por estas tierras es interminable. A partir de aquí circulamos por carreteras comarcales. Paramos en Calzada del Mendigos a pedir un poco de agua, y nos dijeron que quedaban algo más de 20 km para Salamanca. Luego, un poco más adelante, nos topamos con un peculiar pastor, con el que estuvimos charlando un buen rato. Hablamos de bicicletas, de la sequía, de las subvenciones, del aceite de oliva, y de la Biblia en pasta. Lo cierto es que aquel hombre estaba muy bien informado. Era del cercano pueblo de San Pedro de Rozados, donde, según nos contó, iban a construir un albergue. También comentó que el cura de Fuenterroble de Salvatierra estaba muy comprometido con la causa del peregrino, y que nos hubiera dado alojamiento si nos hiciera falta. Bueno es saberlo. Sin duda es muy aconsejable pararse a hablar con las gentes del lugar. Salvo algunas excepciones, son la mejor guía de viajes.
Los kilómetros que nos quedaban transcurrieron apaciblemente, y por fin llegamos a Salamanca, ciudad monumental y rebosante de historia, que no me voy a entretener en contar aquí porque faltaría espacio (y porque no tengo ni idea, que todo hay que decirlo).
Nuestro estímulo para llegar allí había sido el imaginarnos entrando triunfalmente por el puente romano, sueño que teníamos desde que estuvimos allí mismo el año anterior. Por desgracia, estaba cerrado el paso por obras, así que entramos por la carretera, como todo el mundo. Ya eran las dos de la tarde, y nuestros estómagos hacían ruidos terribles, por lo tanto decidimos ir a buscar un bar. Pero cuando íbamos paseando por el extremo del puente más cercano a la ciudad, vimos a lo lejos unas familiares siluetas montadas en bicicleta... y con alforjas.
-Juan- "Oye, Javier, esos de ahí parecen los sevillanos. Me juego el cuello a que lo son."
-Javier- "No puede ser, si iban muy rápido. ¿Seguro que son ellos?."
-Juan- "Pues no sé, pero tengo la intuición, acerquémonos."

En el puente romano de Salamanca, con los sevillanos
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Efectivamente, eran los sevillanos, a los que no veíamos desde que nos encontramos en Cáceres. Mientras se hacían unos macarrones, estuvimos un rato charlando con ellos en la orilla del río Tormes, a la sombra de un árbol. Habían estado en la sierra de Las Hurdes, y se lo habían pasado muy bien. Nos contaron que allí aprendieron a pescar y que por lo menos pescaron quince peces, que les regalaron un montón de cerezas, que se bañaron en unas piscinas naturales construidas en el remanso de un río, que Rafa se cayó cuando entraba a 40 km/h en una curva con gravilla y rompió dos radios sólo. Esa noche habían dormido en el albergue juvenil, y salieron de marcha con quince chicas extranjeras. Mientras nos contaban sus andanzas, una chica con aspecto de turista japonesa nos preguntó si podía hacernos una foto para un concurso de la Universidad de Salamanca, de la que era alumna. Debía de ser una estampa curiosa, la de cinco peregrinos recostados en la hierba junto al Tormes, con el puente romano de fondo. Unos cocinando, otro reparando su bicicleta, que estaba boca abajo, otros charlando y las bicis por ahí tiradas. Tan representativa nos pareció la estampa, que le pedimos que nos hiciera esa misma foto, pero con nuestras cámaras.
Nos volvimos a despedir de ellos, aunque nos los encontraríamos mucho más tarde (pero no adelantemos acontecimientos).
Entre pitos y flautas ya eran las cuatro de la tarde, y nosotros sin comer. Fuimos al bar Felipe II, uno de los pocos que quedaban abiertos. Luego vino el problema de encontrar alojamiento. Después de preguntar en dos o tres hostales, nos quedamos en el HS Tormes, que estaba muy bien. Nos duchamos, porque ya llevábamos un par de días sin hacerlo, nos vestimos de paisano (sin el culotte y el maillot) y salimos a dar una vuelta por la ciudad, y a visitar lo que nos diera tiempo. También nos pasamos por una tienda de bicicletas en la calle Toro y compramos dos cubiertas que le hacían falta a Juan.
En la Plaza Mayor saldamos una cuenta pendiente: tomarnos un batido de helado de chocolate en una cafetería. Ya habíamos estado en ese mismo local en otra ocasión, y recuerdo que me dije que alguna vez me tomaría otro batido tan rico. Pues dicho y hecho.
Entramos en la Catedral, donde estaban dando un concierto de órgano. Al salir, nos sentamos en la escalinata de la Universidad Pontificia a escuchar a unos músicos callejeros muy buenos. Y después de cenar fuimos a un concierto de jazz, en la misma puerta del convento de San Esteban. Una forma brillante de terminar el día.