Día 11: Martes, 20 de julio de 1999
Calzada de Tera-Lago de Sanabria


Menos mal que dormimos en tienda y cubrimos las alforjas con sacos de plástico. Allí por el Norte hace más frío por las noches, y en la ribera de un río hay una humedad bestial. Aún así al despertarnos la tienda estaba empapada por dentro, pero nosotros dormimos bien en nuestros sacos.

Puebla de Sanabria
Puebla de Sanabria

A las diez más o menos salimos, pero nos tuvimos que parar a los quinientos metros. El portaequipajes de Juan se había salido, pues le faltaba un tornillo (al portaequipajes, no a Juan). Reparada la avería, seguimos, por carretera como de costumbre últimamente.

Al pasar por el cruce a la presa del embalse del Tera, el dormido instinto ingenieril de Juan despertó, y quiso ir a ver la central hidroeléctrica. Casualmente encontramos las flechas amarillas, y las seguimos por una carreterilla que bordea una parte del pantano, hasta Villar de Farfón, una aldea de la que parte un caminillo que, cruzando una serrezuela, nos dejó en la nacional de nuevo.

Como teníamos muchas ganas de llegar a Puebla de Sanabria, subimos el ritmo, lo que no impidió que parásemos en Mombuey para comprar un señor pan y unos señores chorizos (los mejores del pueblo, y no es por presumir, sino que nos lo dijo la mujer de la panadería).

Continuamos rodando por la carretera, a un ritmo infernal, y nos plantamos en Palacios de Sanabria, donde un chico nos consultó sobre componentes de bicicletas porque quería comprarse una, y nos habló de una excursión muy bonita por el lago de Sanabria, a la laguna d los peces. También pasó un grupo de cicloturistas, que no saludaron ni se pararon a charlar. Los primeros peregrinos que vemos en doscientos kilómetros y son unos desagradables. Eso sí que es mala suerte. Afortunadamente más adelante conoceríamos a otros mucho más simpáticos. Pero eso es harina de otro costal.

Como decía, habíamos parado en Palacios para coger agua, pero las fuentes estaban secas. Incluso las de los pueblos de alrededor estaban secas, así que nos vimos obligados a comprar un par de botellas en un bar. Luego continuamos y paramos en Remesal a comer. Es un pueblo minúsculo, y muchas casas están casi derruidas. Sin embargo su iglesia -San Mamés- no tiene desperdicio. Es un sencillo templo románico, con un campanario al que se puede subir por una angosta escalera de caracol. Nosotros no pudimos evitar la tentación de hacerlo, y el gamberro de Juan tocó la campana y todo. En medio de aquel medieval entorno comimos y descansamos, hasta las seis de la tarde, hora a la que salimos. Pedaleamos tres cuartos de hora más y llegamos a Puebla de Sanabria. Este precioso pueblo está en lo alto de una mole de piedra, a 960 m de altitud, vigilado por un impresionante e inexpugnable castillo del siglo XV. Los tejados de pizarra de sus casas más nuevas recuerdan a una estación de esquí. En la parte baja, un montón gente se bañaba en el río Tera, que pasa por allí mismo con un gran caudal.

En el mismo castillo, entramos a una exposición de fotografías sobre el Camino Francés y disfrutamos de una de las mejores vistas de las provincia desde sus torres. En la bella iglesia románica de Nª Sª del Azogue, en la plaza mayor, nos sellaron las credenciales. Hicimos unas compras en un supermercado, y nos marchamos hacia el Lago de Sanabria (parque natural), porque ya teníamos pensado hacerle una visita y descansar allí.

La subida al lago no es tal, sino más bien una sucesión de toboganes, que se nos hizo un tanto pesada (sobre todo a Juan, que hasta vació las botellas de agua para quitar lastre). Nos pasamos por Ribadelago Nuevo, que se llama así porque hace años hubo una riada que destrozó el Ribadelago primitivo, y construyeron el actual, unos kilómetros antes. Como apunte escabroso, -para el que sea morbosillo- diré que los cadáveres de los que murieron ahogados aún están en el fondo del lago. Cansados ya del duro día, nos quedamos a dormir en el camping "Los Robles", donde pusimos la tienda de campaña por segunda y última vez en todo el viaje.

Tabla 11