Nos levantamos más temprano de lo que veníamos haciendo los últimos días, así que antes de las ocho ya estabámos todos en pie, desayunando y preparando las cosas. A las diez partimos hacia nuestro cada vez más cercano destino. Al principio fuimos llaneando por una carretera, pero las flechas amarillas nos meten por caminos que nos devuelven a la realidad. Una brutal y técnica subida nos hizo bajarnos de las bicicletas y caminar. Ya en la carretera otra vez, Eduardo pinchó, y paramos un rato a descansar. En el último pueblo antes de Xunqueira de Ambía, los viejos del lugar nos aconsejaron que no siguiéramos por el camino, que estaba muy mal para ir en bici, y que cogiéramos el cómodo asfalto. La oferta era tentadora, pero teníamos ganas de marcha (unos más que otros) y marchamos por la senda.

Inés, Yunia, Javier, Eduardo y unos pastores, tras salir de Laza
|
Efectivamente, el camino no podía estar peor, sin embargo el optimismo de Eduardo nos animó a continuar. Lo malo fue que Inés se cayó encima de unos brezos, y se llenó la mitad del cuerpo de minúsculas espinas, dolorosas y difíciles de quitar. Un poco más adelante fue Juan el que se cayó, no sobre brezos, pero no podía levantarse, porque la pesada bici le bloqueaba los movimientos.
Es justo decir que en Galicia, aunque los caminos se encuentren en mal estado algunas veces, están muy bien señalizados. No faltan las flechas amarillas en los puntos clave, y hay una gran cantidad de mojones de la Xunta cada ciertos kilómetros. También han puesto unas curiosas esculturas con los elementos representativos de la peregrinación a Santiago: la vieira, el bastón y la calabaza. Su autor es un orensano llamado Carballo.
Pero todo eso no pudo evitar que nos perdiéramos, y que al final acabásemos en una cantera, de la que afortunadamente salía una pista que nos llevó a la carretera. El resto de la jornada no nos despegamos del asfalto. Finalmente llegamos a Xunqueira de Ambía, a las cinco de la tarde. Como no habíamos comido compramos pan y unos embutidos y nos los comimos en unas mesas junto a la piscina municipal. Juan y yo ya estábamos acostumbrados más o menos a eso de perdernos y comer tan tarde, pero a Inés y a Yunia no pareció gustarles mucho (a Eduardo le daba igual porque es el hombre de hierro) a juzgar por sus cansadas caras. Ahora que lo pienso, nuestras experiencias por los campos de Extremadura nos ayudaron a sobrellevar la situación, y nos endurecieron. Fanfarronadas aparte, decía que comimos junto a la piscina y nos tumbamos en el césped, a descansar un rato, que nos lo merecíamos.
Luego proseguimos nuestra marcha, esta vez por carretera, hasta Orense. En este trayecto pinché las dos ruedas, y tuvimos que parar un momento.
En Seixalvo nos detuvimos a charlar con unos niños, y un poco más adelante, frente a una parroquia, con una señora que nos dio un buen rato de conversación. Nos habló, entre otras cosas, de Las Burgas, una fuente de la que mana agua ardiendo, en el mismo centro de la ciudad.
Ya en Orense, nos dirigimos al albergue de San Francisco, que estaba recién inaugurado, y allí dejamos las bicis y el equipaje, para irnos a cenar. Este albergue tiene unas cuarenta plazas en literas, y está situado junto a un antiguo cementerio, que por cierto, estaba siendo desmantelado. A la entrada, un cartel nos avisaba:
El término de la vida aquí lo veis, el destino del alma según obréis.
El guarda era muy majo y nos dejó volver más tarde de las once. Cenamos en el bar Saibo, y nos pusimos morados de churrascos, a un precio muy barato, que Eduardo gorroneó con maestría. Cuando nos terminamos la carne, la camarera venía con ¡otra fuente más!. Pero ya no podíamos más, y pedimos el postre. Eran tan simpáticos, que hasta el cocinero vino a hablar con nosotros.
Luego dimos un paseo por el casco antiguo, que allí está ocupado por la zona de marcha, y volvimos al albergue, a las dos de la mañana.