Día 16: Domingo, 25 de julio de 1999
Día de Santiago Apóstol
Oseira-Santiago de Compostela


Nuestra última jornada amaneció con mucha niebla. La humedad se podía ver en el aire, y nos mojaba la ropa y las gafas. Pero nos gustaba porque nunca antes habíamos montado en bicicleta con estas condiciones.

El día anterior, uno de los frailes nos había contado que en realidad el camino no pasaba por Oseira, sino que seguía por Cea, pero los peregrinos que estaban muy enfermos se desviaban hasta el monasterio para ser atendidos, e incluso, para morir allí.

Al principio tomamos una vereda, indicada por las flechas, pero en vista de lo poco que avanzábamos (1 km en una hora) y de que nos hacía ilusión llegar ese mismo día a Santiago, nos metimos en la primera carretera que cruzamos, hasta dejarnos en la N-525. Si ni siquiera era éste el camino original, para qué torturarnos tanto. Además la niebla impedía ver más allá de unos diez metros.

De esa manera hicimos fácilmente muchos kilómetros, parando en Silleda para comer en un bar. Por cierto, la camarera que nos atendió tenía una cara de muerta que aburría.

Descansamos en nuestra penúltima siesta como peregrinos, y nos pusimos en marcha.

El resto del trayecto hasta nuestro ansiado destino fue coser y cantar, aunque a Inés se le hicieron un poco largas las últimas subidas. No me extraña que estuviera harta, porque llevaban casi tres semanas correteando por el campo.

El privilegio de sufrir el último pinchazo del viaje me correspondió a mí, cuando quedaban catorce kilómetros. A decir verdad no fue el último, porque Juan pinchó a sólo dos kilómetros, pero sí que fue el último que reparamos, pues él siguió con la rueda casi desinflada. Tales eran nuestras ganas por llegar.

Mientras dábamos nuestras últimas pedaladas, íbamos pensando en todo lo que habíamos pasado; en los lugares en los que habíamos estado; en la gente que habíamos conocido; en las dehesas extremeñas; en lo cargados que íbamos; en la belleza de Sanabria; en lo mala que estaba el agua caliente; en lo buena que estaba la nocilla...

Sentíamos alegría por entrar a Santiago, pero también sentíamos tristeza por terminar nuestra aventura. Y así fue pasando el tiempo, entre estos pensamientos y entre los gritos de ánimo de los conductores que nos adelantaban.

Y a las siete horas y veinte minutos de la tarde del domingo, veinticinco de Julio de mil novecientos noventa y nueve, tras desviarnos por la que pensamos que era la última flecha amarilla, llegamos a Santiago de Compostela, donde acababan nuestras penalidades, pero no los buenos ratos.

Tampoco acababan nuestros problemas de orientación. Al entrar en la ciudad, Juan y yo nos picamos, a ver quién llegaba antes al Obradoiro. Mientras subíamos aquella calle en cuesta con todas nuestras fuerzas, las piernas nos ardían, quemando el poco glucógeno que a estas alturas nos quedaba en los músculos. El pique lo gané yo, pero porque a Juan se le enganchó un pulpo en los piñones de la rueda. Con las prisas y la emoción no sabíamos como llegar a la Catedral. Por fin, después de bajar andando por unas escaleras con las bicis a cuestas, entramos a la Plaza del Obradoiro, eufóricos. Era impresionante la cantidad de gente y de peregrinos a pie y en bici que pululaba por allí. Continuamente iban llegando oleadas de gente cargada con mochilas y bastones. Unos habían hecho el camino francés desde Roncesvalles. Otros -la mayoría- desde mucho más cerca. Y algunos locos habían venido por la Ruta de la Plata, como nosotros.

Eduardo, David, Inés, Javier, Juan, Pablo, Yunia y Rafa. Plaza del Obradoiro
Eduardo, David, Inés, Javier, Juan, Pablo, Yunia y Rafa. Plaza del Obradoiro

Juan alzó su brazo en señal de victoria, en silencio, al ver de frente la catedral. De repente oímos unos aplausos. Eran los sevillanos, que estaban sentados en mitad de la plaza, con otros amigos. Habían llegado el día anterior, por la tarde, después de recorrer parte del camino francés desde León. Sabíamos que estarían allí.

En ese momento apareció Yunia corriendo, diciéndonos que fuéramos a la Oficina de Atención al Peregrino, donde nos esperaban sus padres, para recoger la "Compostela" .

Luego un periodista de la COPE entrevistó a Juan. También salieron ese día en la radio Eduardo, Yunia, y los sevillanos, que cantaron e hicieron palmas y todo. Esa cinta hay que conseguirla.

Resulta difícil describir lo que sentíamos. Las palabras me limitan. Alegría, satisfacción, júbilo. Pero también sosiego, paz, confusión y un fondo de tristeza por ser el final del viaje. Recorrimos muchos kilómetros, pasamos por muchos pueblos y grandes ciudades, sufrimos, disfrutamos, comimos bien, otras veces no comimos; nos perdimos, nos encontramos; nos trataron bien, a veces no tan bien; pasamos calor, frío, sudamos, nos picaron los bichos, tuvimos sed, nos enfadamos, discutimos; nos cayó una tormenta, no nos bañamos; nos cansamos, descansamos; fuimos a conciertos, a una misa casi medieval; redescubrimos la nocilla y el tang, tomamos muchos helados y mucha coca-cola; subimos cuestas, las bajamos; nos caímos, hablamos con los pastores, con la gente del campo, con los habitantes de los pueblos; conocimos a otros peregrinos. Todo esto nada tenía que ver con Santiago. Al principio estaba demasiado lejos como para pensar en eso. Pero al llegar allí después de todo lo pasado, nos sentíamos auténticos peregrinos y nada ni nadie nos podía quitar eso.

Cuando pasaron esos momentos de júbilo y de confusión, nos marchamos todos al Seminario Menor, a buscar sitio para dormir. Por quinientas pesetas por persona y noche nos dejaban quedarnos hasta tres días. Pagamos dos porque queríamos estar un par de días en la ciudad. Nos tuvimos que conformar con dormir en el suelo de una clase (antes era un colegio), debido a la cantidad de gente que había, y que ocupaba las camas. Nos duchamos y salimos a cenar, a Casa Manolo. Es un sitio en el que por 750 se come muy bien, por lo que tuvimos que pedir hora, y acabamos cenando a las doce.

Luego dimos una vuelta por la Rua do Franco, donde está todo el ambiente y nos acercamos a una verbena donde tocaban salsa en directo. No nos gusta ese tipo de música, y después de un breve bailoteo nos marchamos, dando un paseo hasta el seminario. Inés y Eduardo se habían adelantado un poco y los perdimos de vista. Yunia, Juan y yo nos perdimos por el laberinto de calles de Santiago, mientras charlábamos sobre cuestiones trascendentales y religiosas. Preguntamos a unos policías, pero se explicaban muy mal, y a las cuatro de la mañana llegamos al albergue, por instinto.

Tabla 16